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2012-08-28 | Encuentro Nacional de Dirigentes Jóvenes - Corrientes, 25 de agosto de 2012
Panel sobre la “Dimensión ética de la política"
 En esta presentación nos vamos a acercar al tema de la ética en el ejercicio de la política. Nuestro ‘acercamiento’ se limitará a mostrar algunos aspectos sustanciales de la ética cristiana. Todo el mundo está de acuerdo en que la función pública debe regirse por una ética de valores, pero debería alarmarnos que en la práctica no sea así. Mahatma Gandhi (1869-1948) denunció esa nefasta incongruencia en los siete pecados capitales: 1. Política sin principios; 2. Economía sin moral; 3. Bienestar sin trabajo; 4. Educación sin carácter; 5. Ciencia sin humanidad; 6. Placer sin responsabilidad; 7. Religión sin sacrificio.
 En el documento de Aparecida se dice que es necesario llevar a cabo “la reorientación y consiguiente rehabilitación ética de la política”. En términos muy similares se expresaban los obispos franceses en una carta titulada “Rehabilitar la política”, aplicando esa rehabilitación a todos los ciudadanos (1999): “La política es obra de todos, es en vano esperar de la clase política, de los empresarios, de los miembros de la policía, de los magistrados y de quienes tiene el poder… un civismo distinto del resto de la población (…) La democracia necesita virtudes para sus dirigentes al igual que para los ciudadanos. Necesita una ética basada en los valores esenciales: libertad, justicia, igual dignidad para las personas, lo que llamamos el respeto de los derechos humanos”. La urgencia de regenerar el ejercicio de la política se destacó también en el en el documento Hacia un Bicentenario, donde se constata que “uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo es recuperar el valor de toda sana militancia” .
Me gustaría empezar recordando con Ustedes una verdad muy elemental de nuestra fe, cuyas consecuencias nos interpelan en cada paso que damos en la vida: el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. El Apóstol Juan, en su Primera carta, afirma categóricamente: “El que dice «Amo a Dios» y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (Jn 4,20). De allí que el amor a Dios tiene un necesario componente social, del cual la política es una de las expresiones más elevadas. Por eso, el Papa Pío XI definió la política como la forma eminente de la caridad. Años más tarde, Juan Pablo II, dijo que “para los fieles laicos, el compromiso político es una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás”. En el mismo sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “la caridad representa el mayor mandamiento social”. Por consiguiente, la vocación al ejercicio de la política, es una de las tareas más nobles que puede desarrollar el ser humano.
El año pasado en una jornada para jóvenes con vocación a la actividad política –que realizamos en esta capital– recordábamos que es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común. ¿Cuál es el fundamento de ese liderazgo? El testimonio personal. El verdadero dirigente, deberá construir su liderazgo sobre la coherencia y la ejemplaridad. Si no hay coherencia, tampoco podrá haber ejemplaridad. Una comunidad no puede desarrollarse si sus dirigentes no son coherentes y ejemplares, tanto en su vida privada como en la función pública. ¿Cuáles son los valores propios de los auténticos líderes? En el documento Hacia un Bicentenario decimos que son “la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida” . No hace mucho leí que “Lo único verdaderamente importante de los políticos es su vida privada.” Deberíamos extender esa afirmación a toda persona que está investida de alguna autoridad, empezando por los padres, y siguiendo con los docentes, funcionarios públicos y eclesiásticos. A diferencia de un ciudadano común, que puede hacer todo lo que sea lícito y no esté prohibido por las leyes, al político le es exigible algo más, un plus respecto a la observancia estricta del ordenamiento jurídico. Escuché decir que el peor enemigo de cualquier dirigente no es la oposición política sino sus propios defectos y, entre los principales, se cuenta la ambición y las pretensiones individuales, que lo encierran en rivalidades estériles y lo alejan irremediablemente del cumplimiento de sus funciones. Hay aquí una batalla personal permanente y ardua, de la cual ningún funcionario debe claudicar.
Las expresiones ‘rehabilitación ética de la política’, ‘sana militancia’, ‘integridad moral’, coherencia de vida’…, nos remiten a la observación que hizo el Papa Pablo VI sobre la época que nos toca vivir: “La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo” , observación que luego fue retomada muchas veces y aplicada al binomio fe-vida y a otras situaciones de incongruencia entre lo que se dice y hace, o entre la vida privada y pública, porque hay que explicar, decía Juan Pablo II, “que para los cristianos no puede haber separación entre la fe que se ha de creer y poner en práctica y el compromiso de participar de forma plena y responsable en la vida profesional, política y cultural” . Esa separación o ruptura no es apenas una realidad tangencial o periférica en la vida de la persona, sino una alteración mucho más grave de lo que pensamos, porque impacta sobre la conciencia –que es el núcleo íntimo del ser humano– y provoca un desorden que abarca la totalidad de su existencia y cuyas consecuencias dañan gravemente el tejido social. Así lo entiende el Papa Benedicto XVI cuando afirma que “la reciente crisis financiera global ha mostrado claramente la inadecuación de soluciones pragmáticas y a corto plazo relativas a complejos problemas sociales y éticos. Es opinión ampliamente compartida que la falta de una base ética sólida en la actividad económica ha contribuido a agravar las dificultades que ahora están padeciendo millones de personas en todo el mundo. Ya que "toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral" (Caritas in veritate, 37), igualmente en el campo político, la dimensión ética de la política tiene consecuencias de tal alcance que ningún gobierno puede permitirse ignorar” . La coherencia entre fe y vida, en el ámbito político, económico y social exige la formación de la conciencia, porque “la vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas” , nos recordó el Benedicto XVI al inaugurar la Asamblea de Aparecida.
La ética: más allá de un elenco de valores
No podemos soslayar la pregunta sobre qué es la ética. En el diccionario de la RAE ‘ética’ nos remite inmediatamente al adjetivo ‘ético’, donde entre paréntesis coloca el término latino ethicus que a su vez deriva del griego ethikós, y a continuación añade: recto, conforme a la moral; conjunto de normas que rigen la conducta humana. De allí tenemos por ejemplo una ética profesional. Si nos quedamos sólo con esta primera aproximación sobre el significado de la palabra ética, corremos el riesgo de comprenderla como un mero elenco de normas objetivas que se nos presentan y que debemos incorporar. Eso jamás funcionó bien, ni como disciplina individual, ni como sistema de moralización de las costumbres. La imposición como método pedagógico o como instrumento para el ejercicio de la política, es algo ajeno al pensamiento de la Iglesia y contrario a la enseñanza de Jesús.
Voy a tratar de ejemplificar esto con una experiencia sencilla. De mi infancia recuerdo dos expresiones que solía usar la maestra para hacernos callar y ordenar la clase. Una era: “¡Hagan silencio, chicos!”; la otra: “Chicos, guarden silencio”. A mí me gustaba más esta última, porque me parecía que hasta el tono con el que se pronunciaba era diferente, como más cálido y persuasivo, respecto del primero, que parecía oírse más el grito que el contenido de la frase, pero que lograba un efecto inmediato, sin embargo el orden y el silencio no duraba mucho tiempo. Luego, con los años, uno empieza a diferenciar entre ‘hacer’ y ‘guardar’: “guardar silencio” es más una invitación que sugiere disponerse interiormente a descubrir un bien y cuidarlo, es un llamado a esperarlo y acogerlo. En cambio, el mandato de “hacer silencio”, producía un efecto distinto: ante todo, paralizaba por causa del miedo, pero pronto resultaba fastidioso e insoportable, porque se vivía como algo ajeno, una cosa que se adhería a la persona pero no entraba en ella. Ese silencio que se ‘hacía’ producía fatiga; en cambio el silencio que se ‘guardaba’ era reconstituyente, cuando menguaba, se lo volvía a esperar, casi a suplicar… La verdadera ética es como el silencio que se aprende a guardar y a desear intensamente. Surge más desde adentro que venido de fuera.
Demos ahora un paso más y veamos el significado originario de la ética. Como decíamos, viene de ethos. A continuación tomo la explicación que ofrece el Dr. Komar . Para eso tenemos que ir al origen de la palabra. En griego, ethos puede escribirse con épsilon o con eta. Épsilon es e corta, y eta es e larga. Ethos con e corta significa costumbre, uso. Ocurre que los latinos tradujeron –y no siempre traducían bien– ética por moral, por mores, que significa costumbres. La moral así entendida conlleva un matiz sociologista y relativista; depende de lo que dicen la sociedad y los usos. En cambio, ethos con e larga significa carácter, personalidad. En este sentido la Ética a Nicómaco, o a Eudemo, todas las éticas aristotélicas se podrían llamar, o traducir, con justicia y exactitud como tratado de carácter y personalidad. De este modo la ética no es sólo algo extrínseco, sino que es exigencia, necesidad, deseo que proviene de la naturaleza misma. En este caso, la norma indica lo que debo hacer, pero no imponiéndoseme como algo extraño, sino ayudando y ordenando para que las tendencias se expliciten mejor y no caigan en la anarquía. La ética es así una aliada de mis profundas tendencias que piden este orden. Se descubre, podríamos decir, desde dentro, no como propiedad, sino como don, como resultado de un encuentro. Traducido al lenguaje del amor podríamos decir que asumo con alegría estos valores que exigen determinadas conductas, porque te amo y siento que me amas. Esta experiencia del vínculo interpersonal, debe llevarse a todas las demás esferas de la convivencia humana: familiar, social y política. La amistad social y todas las consecuencias que ello implica es un profundo reclamo de los hombres de todos los tiempos y culturas, porque constituye una de las dimensiones más hondas de su existencia.
A la luz de lo que estamos diciendo, recordemos aquella inspirada afirmación del Papa en su Carta encíclica Deus Caritas est: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” . Nos salvamos por la adhesión a una Persona y no por adherirnos a un programa o una doctrina. El hombre se salva por un encuentro, por la invitación a entrar en una alianza de amor. No son los valores en sí mismos los que salvan al hombre y por eso no es suficiente hablar de educar en valores, sino descubrir que “hay muchos valores, pero estos valores nunca están solos, siempre forman una constelación ordenada explícita o implícitamente. Si la ordenación tiene como fundamento y término a Cristo, entonces esta educación está recapitulando todo en Cristo y es una verdadera educación cristiana; si no, puede hablar de Cristo, pero corre el riesgo de no ser cristiana . De allí que el método cristiano no puede ser otro que la comunión, método que se inspira en la contemplación de Dios, Uno y Trino, el Dios que nos reveló Jesús. La confusión y el error sobrevienen cuando el hombre rompe esa alianza y objetiva una salvación sólo desde sí mismo.
“En mi encíclica más reciente, Caritas in veritate, -advertía Benedicto XVI– dirigiéndome a los hombres de buena voluntad que trabajan para que la acción social y política nunca se aleje de la verdad objetiva sobre el hombre y su dignidad, escribí: «La verdad y el amor que ella desvela, no se pueden producir, sólo se pueden acoger, Su fuente última no es ni puede ser, el hombre, sino Dios, o sea Aquel que es verdad y Amor. Este principio es muy importante para la sociedad y para el desarrollo, en cuanto que ni la verdad ni el amor pueden ser sólo productos humanos; la vocación misma al desarrollo de las personas y de los pueblos no se funda en una simple deliberación humana, sino que está inscrita en un plan que nos precede y que para todos nosotros es un deber que ha de ser acogido libremente» (n. 52). Este plan que nos precede –esta verdad del ser– debemos buscarlo y acogerlo, para que nazca la justicia, pero sólo podemos encontrarlo y acogerlo con un corazón. Una voluntad, una razón purificados en la luz de Dios” .
El hombre es un ser ético porque es “encuentro”
Si queremos entender al hombre de todos los tiempos es necesario volver a leer y pensar el Capítulo dos y tres del Génesis. Allí encontramos la primera clave para responder a tres interrogantes fundamentales de la vida humana. El primero es sobre la verdad de Dios: quién es, y si el ser humano puede encontrarse con él; el segundo interrogante es sobre la verdad del ser humano: ¿qué es el hombre y cuál es su identidad y su misión? Y el tercero, tiene que ver con la perplejidad que provoca la conducta incoherente del ser humano. San Pablo la expresó diciendo: “El deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” . Detengámonos un momento en el texto bíblico de la creación del hombre.
El ser humano, en la mentalidad bíblica es una pareja y no un mero individuo. La separación y aislamiento tienen lugar luego que la tentación logra confundir a la pareja e inducirlas a una opción engañosa. En Génesis 1,27 encontramos la antropología de la «imagen» de Dios: «Dios creó al hombre a su imagen» y enseguida invierte la afirmación insistiendo: «A imagen de Dios lo creó» . A continuación hay una sorprendente puntualización: «Varón y mujer los creó». La pareja humana que se ama y genera se convierte en la imagen más semejante de Dios. Nuestro vínculo natural con el Creador hay que buscarlo en la persona humana, en cuanto comprende la bipolaridad sexual, la fecundidad, la capacidad de poseer y dar la vida y, por tanto, en el sentido más amplio, el amor. En esto se debe ver el rasgo distintivo de nuestra «semejanza» con Dios.
Esa semejanza con Dios se desfigura, como vemos luego en el capítulo que narra la caída del hombre. A la amistad con Dios, esa alianza con él, que vivía “desde adentro”, el hombre prefiere los códigos que le ofrece la tentación, porque se proponen como aceleradores del placer inmediato, excitan la ambición de la posesión total, y desatan la fantasía del “vamos por todo”. La confusión se produce cuando el ser humano coloca a Dios fuera de sí mismo como uno que compite con su realización y felicidad. Una vez objetivado y alejado –aquel Dios Padre y Creador, amigo del hombre– se convierte en un objeto de conquista o, por el contrario, en un objetivo a ser eliminado. En ambos casos, sea para conquistar a Dios, sea para eliminarlo hombre se las ingeniará fabricando itinerarios espirituales que le aseguren el acceso a él, o inventando estrategias para deshacerse de su figura. En cualquiera de los casos, el ser humano reedita aquella autosuficiencia original que lo llevó al aislamiento y la confusión. Por eso, una ética de valores que se presente exclusivamente como un itinerario que se debe cumplir es una sutil tentación de omnipotencia. En esa propuesta el hombre se pone en el lugar de Dios, a quien convierte en un objeto funcional a sus propias aspiraciones. En esa irracional confrontación con el absoluto, el hombre fabrica sus propios sistemas, que tarde o temprano juegan en contra de su propia vida y del medio en el que vive. La dictadura del relativismo, de la cual habló el Papa Benedicto XVI, tiene sus raíces en esa apetencia inmoderada del hombre a “ir por todo”, para utilizar una expresión que se familiarizó en el lenguaje político actual. Cuando se objetivan los valores y éstos se pretenden imponer, o se los ‘siente’ como una carga, produce rechazo, porque el ser humano está creado para una alianza de amor, y el amor puede respirar sólo donde hay verdad y libertad.
El ejercicio ético de la política promueve la amistad social
Juan Pablo II advierte sobre ese refinado artificio de la omnipotencia del ser humano cuando propone como principio educativo, para todos los lugares donde se forma el hombre, la espiritualidad de comunión. “Espiritualidad de la comunión –explica– significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como ‘uno que me pertenece’. (…) No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento” .
En Sollicitudo rei socialis, Juan Pablo II hizo como un manifiesto para trabajar propositivamente por el desarrollo y por la cosa pública a partir de la solidaridad, a partir del amor que se hace método . Esto es lo que edifica la "subjetividad social", es decir, que la sociedad no sea mero objeto del poder sino sujeto solidario de su propio destino. Aún falta mucho por asimilar estas novedades "metodológicas" de la Doctrina social de la Iglesia contemporánea. No basta conocer los "principios" sino que es necesario dejar educarse - también en política - por el testimonio de los santos y por la vida del propio Jesús. La política no es un paréntesis en dónde no se pueda vivir la novedad del evangelio hasta el extremo.
La ética cristiana no suprime ni quita nada de la ética que se alcanza con un recto raciocinio de la inteligencia. Al contrario, amplía sus horizontes y conduce hacia una plena humanización. Pero hay que recordar siempre que el ser humano se humaniza en la medida que madura sus vínculos primarios: con Dios, con sus semejantes y con el medio en el que vive. Por consiguiente, la ética cristiana nace y se desarrolla por medio del encuentro y, por el contrario, se desfigura mediante la confusión, el enfrentamiento y la ruptura de esos vínculos. Cuando decimos que la ética cristiana parte del encuentro, estamos diciendo que el ser humano se realiza como tal sólo mediante el encuentro con el otro, y sobre todo con el totalmente Otro, con mayúscula, que se ha revelado en Jesucristo. La ética cristiana se confronta con una Persona, antes de hacerlo con las ideas. Por eso, para el cristiano lo ético o no ético se decide ante Alguien y no ante algo, y ese alguien tiene rostro, es persona, en sentido pleno, es decir, persona que ha superado el límite de la muerte y nos ha abierto el camino seguro hacia Dios, que es la meta de la felicidad del hombre y de la creación.
Una cultura sin Dios o contra él, lleva a la ruptura de los vínculos esenciales del ser humano: la relación con su Creador, con su semejante y con el medio en el que vive. Por eso, en el Mensaje de estos días, decimos que “Queremos una sociedad en la cual se fomenten los vínculos estables y en donde se dé prioridad a la protección de los niños y de los más indefensos”. Y, al finalizar, se enfatiza diciendo que “la hora nos reclama a los cristianos el testimonio personal y comunitario de Jesucristo para que resplandezca en medio de los hombres el amor de Dios, que es el verdadero fundamento y modelo de las relaciones humanas. Las reformas propuestas, junto con otras ya producidas o en curso de tratamiento legislativo, interpelan fuertemente a la Iglesia. A nosotros como pastores. A las madres y los padres de familia, a quienes corresponderá vivir su matrimonio aún más comprometidamente y formar a sus hijos en los valores evangélicos y en la verdad sobre la persona, con mirada lúcidamente crítica sobre lo que nos rodea. A los sacerdotes, diáconos, consagrados y catequistas, que deben comunicar estos contenidos y compromisos vitales con su palabra y testimonio. A las escuelas y docentes, llamados a acompañar y apoyar a los padres en esta difícil tarea con coherencia y valentía. A los profesionales de la salud, quienes pueden verse enfrentados a situaciones en que tengan que decidir en conciencia. A los abogados y jueces, llamados a defender la justicia y el bien de la persona en todas las situaciones que se les presenten.”
Mahatma Gandhi, que no era cristiano, advierte por la luz de la razón que no puede haber política sin principios ni religión si sacrificio. Por su parte, la fe cristiana no se contrapone a ese pensamiento, al contrario, le da aún mayor trascendencia, como la que podemos ver en la enseñanza de Jesús, a propósito de los dos discípulos que negociaban, con la ayuda de su madre, los puestos de privilegio que querían tener junto a él: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo” .
Para quienes tenemos la responsabilidad y misión de servir al bien común de las personas, y para aquellos que aspiran a ellas, debemos plantearnos seriamente ese desafío, porque de la respuesta que demos dependerá la mayor o menor humanización de nuestra sociedad. La Cruz, la que en Corrientes conocemos como la Santísima Cruz de los Milagros, que se clavó junto a la entrada del primer asentamiento español, presencia que amenazó la seguridad de los pobladores originarios de Corrientes, provocó el milagro del encuentro y la aparición de un pueblo nuevo. Este pueblo fue comprendiendo que, abrazando la cruz cotidiana, se entra en las dimensiones más profundas de la existencia, se arraiga en los valores de la verdad, la justicia, la libertad y el amor, que le dan consistencia como pueblo de hermanos, abierto y peregrino. Por eso conserva viva su fe en Dios y en la Virgen de Itatí, los valores de la familia y de la amistad social, del respeto por la vida, del sentido de justicia y el hondo anhelo por la paz.
Esa Cruz, que es el signo del cuerpo entregado y de la sangre derramada, revela que hay una ley profunda de la realidad, como leemos en Aparecida: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros . Esto es en definitiva la misión de todo ser humano y muy especialmente la misión de todo hombre y mujer cristianos con vocación para la dirigencia.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

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