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2013-02-02 | 
Homilía en la Misa de clausura de la OSAR
Itatí; 30 de enero de 2013
El encuentro de la OSAR concluye a los pies de esta bella imagen de la Virgen de Itatí, en el santuario que está bajo su advocación. Hasta aquí llegan innumerables peregrinos de todas partes para agradecer el don de la fe, buscar alivio a sus fatigas y suplicar gracia para sus familiares y amigos. También nosotros, responsables de formar a los jóvenes que aspiran al ministerio sacerdotal, nos sumamos a esa peregrinación.
El Año de la fe nos hace pensar con las palabras de Aparecida que la decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe y el caminar es un verdadero canto de esperanza, porque Cristo mismo se hace peregrino y camina resucitado entre los pobres. Él nos reveló que la principal fuerza de atracción es Dios Padre y Creador cuando dijo que «nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede» (Jn 6,65). La peregrinación cristiana es una profunda experiencia de fe, de comunión y de misión. Su origen y su fuente es la Trinidad: de ese misterio de comunión y misión venimos y hacia allá nos dirigimos.
El Hijo de Dios se hace peregrino porque parte del Padre y regresa al Padre: «Dios de Dios…, engendrado no creado…, que procede del Padre y del Hijo», confesamos en el Credo niceno constantinopolitano. Jesús nos enseña que el Padre es el punto de partida y también el puerto de llegada. Él es el origen y la fuente de la comunión y la misión. Es importante que digamos esto en el contexto formativo-pedagógico que brinda esta reunión de formadores de los Seminarios de la República Argentina y los formadores del Seminario Nacional del Paraguay, quienes, durante estos días, reflexionaron sobre cómo educar y formar en y para la comunión.
Los formadores son hombres de Dios, con un profundo sentido de Iglesia, hombres de fe y de comunión , cuya función es preparar a los jóvenes candidatos para ser hombres capaces de presidir la comunión y animar la misión de la Iglesia. La sociedad que vivimos ha vaciado de contenido esa función, que se origina en la paternidad, y por eso se siente desorientada y dispersa. Un desempeño insuficiente o la ausencia de esa función ‘paternal’, genera individuos incapaces de caminar juntos, porque siempre giran en torno a algo sin consistencia. El formador, como el padre de familia, o como el que tiene una función de gobierno, posee de por sí una responsabilidad irremplazable.
Para educar y formar cristianamente es fundamental la referencia a la figura de Dios Padre. Jesucristo nos reveló que Dios, Creador y Padre, es el principio y el fin de toda la creación y, en consecuencia, también de la formación de los candidatos al sacerdocio. Ellos se inician en el proceso de maduración humana y espiritual para ser reflejo de la paternidad de Dios en la comunidad eclesial, pero con el estilo de paternidad que nos fue revelado por el Señor Jesús. Madurar la vocación a la paternidad –que corresponde a todo ser humano que ha nacido varón– no se opone a la espiritualidad del discipulado.
La autoridad del presbítero aporta determinados aspectos que son propios de la paternidad, como por ejemplo: la estabilidad, la seguridad, la capacidad de convocar y hacer participar, de suscitar la colaboración, de discernir y orientar. Con otras palabras, se trata del talento que debe adquirir el presbítero para saber estar ‘en medio y delante de su pueblo’, como rezaba la oración del Año Sacerdotal. Su condición de presbítero discípulo lo coloca como hermano ‘en medio de su pueblo’. Pero hay que aprender a estar ‘en medio’ y no diluirse en el medio; como también a estar delante y no dominar “como hacen los poderosos de este mundo” (cf. Mc 10,41-45).
María, Virgen y Madre, es la gran maestra de la pedagogía cristiana y del estilo formativo: Ella parte de la obediencia total al proyecto del Padre y se convierte en tierra buena que recibe la semilla de la Palabra y la hace fecunda. El secreto pedagógico de María está en su obediencia evangélica y liberadora que vive ante la autoridad poderosa del Altísimo. La figura de Dios Padre no era para ella un poder ‘aplastante’, no necesitaba negar su omnipotencia, ni se sentía oprimida y desvalorizada ante su presencia. La Virgen Madre se siente ‘contenida’, para decirlo de algún modo, por la profunda y serena experiencia de la paternidad de Dios. Esa experiencia la hizo hija, esposa, madre y hermana, en unas dimensiones únicas y, en consecuencia, ejemplares para todos los creyentes.
Jesús vive de cara a su Padre y enseña lo mismo a sus discípulos. Los inicia en la oración del Padrenuestro, exhortándoles a suplicar al Padre de los Cielos que venga su Reino y que se haga su voluntad (cf. Mt 6,9-10); porque él no vino a otra cosa que hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 6,38); su alimento consiste precisamente en cumplir esa voluntad (cf. Jn 4,34); su misión de Buen Pastor consiste en que no se pierda nada de lo que el Padre le ha dado (cf. Jn 6,39); cuando lo solicitan sus parientes, les recuerda que el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (cf. Mc 3,35). Sus discípulos lo reconocen más que un profeta, porque en él se manifiesta el poder de Dios Creador y Padre, que es el que tiene Vida y envía a su Hijo, quien a su vez vive por él (cf. Jn 6,57).
La parábola del Sembrador muestra la generosidad del que siembra la semilla y la esperanza que deposita en los diversos terrenos, aun en aquellos que presentan condiciones desfavorables para acogerla. San Juan Crisóstomo, comentando esta parábola dirá que «de la piedra puede hacerse tierra fértil, y puede conservarse el camino y destruirse las espinas. Si así no fuera, [el sembrador] no hubiera sembrado allí, y haciéndolo nos da la esperanza de la penitencia” . La clave es, pues, confiar en el poder del sembrador y en la virtualidad de la semilla. En otros términos, podríamos decir que una clave importante para educar y formar está en confiar que el Espíritu Santo puede convertir la ‘tierra miedosa e insegura’, por el camino de la penitencia, en ‘tierra buena y fecunda’. La pedagogía de la libertad, la obediencia y la autoridad maduran y alcanzan su culminación en el amor llevado hasta la Cruz.
La Carta a los Hebreos afirma un aspecto esencial del sacerdocio del Nuevo Testamento allí donde dice que Jesucristo, mediante una sola oblación, ha perfeccionado para siempre a los que santifica (Hb 10,14). Esa oblación llegó a su punto culminante en la Cruz, cuando Cristo se entregó totalmente en las manos de su Padre. Santificar a los hombres significa, entonces, separarlos para Dios, consagrarlos a Él. No para meterlos en una intimidad que se cierra por dentro, sino para ponerlos en la misma dinámica del amor de Jesús: en la entrega total de sí mismo. Verbum Domini, en el apartado que dedica a los sacerdotes, explica que la plegaria de Jesús al Padre, «santifícalos en la verdad», quiere decir en el sentido más profundo: «Hazlos una sola cosa conmigo, Cristo. Sujétalos a mí. Ponlos dentro de mí”.
La tarea del formador es introducir a los candidatos al sacerdocio a la conciencia de esa realidad: ayudarlos a poner la vida entera, con todas sus potencialidades, al servicio de Jesucristo, sujetos en todo a Él, vale decir, ungidos, atados sólo a Él, porque Él es el único que puede convertir la persona toda y todo en ella en don para los demás. Ese encausamiento formativo nunca fue tarea fácil: a los jóvenes hoy les fascina hacerse a sí mismos, reinventarse todos los días, dejarse llevar por el ‘hacé lo que sentís, sentí lo que hacés, decí lo que sentís, sentí lo que decís’. A los jóvenes candidatos al sacerdocio, influenciados por ese pensamiento, les produce vértigo sólo pensar que deben entregarlo todo y para siempre. Por eso se hace difícil colocar la vocación al martirio en el horizonte de las expectativas de nuestros candidatos.
Sin embargo, la tarea del formador es justamente la de suscitar en los candidatos una confianza tal que se animen a entregarlo todo. Pero, para que eso sea posible, es preciso afianzar en ellos la experiencia de un Dios que es Padre y que los ama y abraza incondicionalmente. Este proceso de maduración debe tocar el fondo último de la persona y colocarla ante Dios y nadie más. Solo él puede liberarlo de sus inseguridades y de sus afanes de posesión; sólo el Señor Jesús, amoroso redentor, puede sacarlo del abismo de sus egoísmos. El formador tiene aquí una misión insustituible y sumamente delicada: la de estar cerca, animar, sostener y orientar; pero al mismo tiempo, la de saber apartarse y dejar que Dios actúe, de discernir su presencia y su obra, y advertir los peligros que acechan al que se dispone hacer la voluntad del Padre.
Esto implica necesariamente que los seminaristas maduren la experiencia de autoridad y la figura del padre que le es inseparable, realidad que está muchas veces ausente o vivida de manera traumática sea en sus propias familias, sea luego durante el proceso de educación e inserción en la sociedad. Indisolublemente vinculado a la maduración de la autoridad, está también la capacidad para establecer vínculos profundos y duraderos con los otros, ser animadores de la comunión y para estar en su justo centro al frente de la comunidad.
Los santuarios son lugares donde nuestra gente aprende la belleza y profundidad de la pedagogía cristiana. El peregrino vuelve a su hogar y a sus quehaceres cotidianos con la experiencia de comunión y renovado para la misión. De la mano de María, Virgen y Madre, siente que Dios es pureza, bondad y ternura; pero al mismo tiempo profesa, tal vez con un cierto temor reverencial, que Dios es Creador y Padre, que lo impulsa a caminar y a dar todo de sí mismo para el bien de la familia y de la sociedad. Sin embargo, la presencia tierna de la Santísima Virgen lo llena de confianza y lo anima a poner sus pasos en el camino de su Hijo Jesús, con la certeza de que se hará realidad la anhelada plenitud que Él nos promete en la bienaventuranza de la semilla. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

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