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2013-03-11 | 
 Homilía en la Ordenación diaconal del Acólito Luis Alberto Molina
 Iglesia Catedral, 8 de marzo de 2013

Nos hemos reunido para celebrar el Sacrifico de la Santa Misa y en este contexto vamos a administrar el Sacramento del Orden Sagrado en el grado de Diaconado al Acólito Luis Alberto Molina.
Sin embargo, antes de proceder al rito de ordenación, quisiera recordar con ustedes el Día Internacional de la Mujer, que se conmemora en este día. Por tal motivo, el Consejo Provincial de la Mujer, solicitó que se celebrara la Misa por esta intención, razón por la cual están presentes los miembros de ese Consejo y otras personas que se sintieron convocadas por este acontecimiento. Como lo hace todos los años, dicho Consejo quiere distinguir en esta oportunidad la memoria de la prof. Margarita Noemí Kofman, cuyo fallecimiento se produjo en el año 2008, siendo la primera presidente del Consejo Provincial de la Mujer. Quienes la conocieron valoran en ella su dedicación ejemplar en la defensa de los valores y derechos de las mujeres, luchó incansablemente para que las mujeres ocupen un lugar en el seno familiar y en todos los ámbitos en donde desarrollasen sus actividades.
El Día Internacional de la Mujer es un día de conmemoración, de gratitud y de compromiso. De conmemoración, porque el 8 de marzo de 1908 murieron quemadas en el incendio de una fábrica textil 129 trabajadoras por reclamar derechos de dignidad en el ámbito del trabajo. Al conmemorar este trágico acontecimiento nos sentimos solidarios de todas aquellas mujeres que luchan por la dignidad de la mujer. Pero es también un día de gratitud, ante todo a Dios, que en su infinita sabiduría y amor ha creado al hombre varón y mujer, y los hizo semejantes a Él. Es maravilloso el espejo que Dios nos ha puesto delante para que podamos reconocernos quiénes somos, cuál es nuestra misión y hacia dónde vamos. Para comprender al hombre, es necesario acogerlo en esa hermosa diversidad natural que proviene de las manos amorosas del Creador. Hoy damos gracias, por la mujer hija, madre y esposa: tres dimensiones universales y fundamentales para que la mujer descubra su identidad más profunda y su principal misión. También agradecemos la creciente actuación de la mujer en la construcción de la sociedad, con el aporte valioso e irremplazable de su visión femenina sobre la vida y los acontecimientos. Pero en este terreno será fecunda y aportará su originalidad si madura las dimensiones de filialidad, maternidad y esponsalidad que le son propias. Es enorme la gratitud que siente la Iglesia por la presencia y compromiso que tiene la mujer en la comunidad cristiana, tarea en la que debemos seguir avanzando. Finalmente, es un día de compromiso. Es necesario que las instituciones civiles y de gobierno sumen esfuerzos para desterrar la violencia y todo tipo de destrato contra la mujer. En este campo tenemos aún una deuda muy grande respecto de la mujer.
Cuando se descubre que la vida que recibimos no es para gastarla en beneficio propio sino, sino que es para darla, se produce en el ser humano un cambio radical, una luz nueva lo invade todo. Esa luz es el Señor Jesús, quien asegura que el que lo sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8,12). En ese espíritu de servicio y entrega de la propia vida a la Iglesia, ordenamos hoy para el servicio del diaconado al Luis Molina.
Al comienzo decíamos que nos ha convocado el Señor que es quien obra todo en todos (1Cor 12,6) por el poder del Espíritu Santo. Por eso, luego en la Plegaria de la Ordenación le pedimos al Señor que envíe el Espíritu Santo sobre el que va a ser ordenado, para que desempeñe su ministerio fortalecido con su gracia. Es decir, pedimos que su vida y se identifique cada vez más con la obra de Dios, para que por medio este instrumento, que de por sí es humanamente frágil, el Señor actúe para el bien de su Cuerpo que es la Iglesia y para la salvación de todos.
Hoy es importante señalar que el fiel cristiano jamás debe obrar por su propia cuenta. Eso sería presunción y estaría en oposición al querer de Dios. El motivo de nuestro gozo es haber sido llamados por Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tm 2,4). Por eso, la única respuesta que cabe darle a Dios es la que nos enseña el Evangelio, en aquel hombre que se acerca a Jesús y le pregunta cuál es el primero de los mandamientos, y él le responde: «El primero es: Escucha Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas». Ésa es la voluntad de Dios y también su obra. Decir ‘creo’, ‘creemos’, en el espíritu del Año de la fe, es para todo fiel cristiano disponerse totalmente a hacer la voluntad de Dios.
Como lema para su ministerio diaconal, Luis eligió justamente una frase literal de la oración del Padrenuestro: «Hágase tu voluntad”. En esa oración, Jesús enseña a sus discípulos lo primero que deben pedir a Dios: que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo. Jesús llevó hasta el sacrificio de la Cruz esa súplica al Padre: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas, y el Padre sostuvo en sus brazos la entrega obediente y amorosa de su Hijo. La fe de María, forjada también en la obediencia del «cúmplase en mí lo que has dicho» se une íntimamente al sacrifico de amor y de entrega de su Hijo al Padre. La Iglesia y todos los fieles cristianos, pero muy especialmente sus ministros, estamos llamados a buscar afanosamente en todas las cosas la voluntad de Dios, que se manifiesta ante todo en el amor a Dios y como consecuencia en el amor al prójimo.
Sin embargo, ese modo de pensar y de vivir está en oposición a la mentalidad que domina la sociedad. En la vereda opuesta al lema ‘hágase tu voluntad’, se coloca ese otro modo de pensar que fascina a mucha gente, sobre todo a los jóvenes y que se podría sintetizar así: ‘hacé lo que sentís, sentí lo que hacés, decí lo que sentís, sentí lo que decís’. Así como ese modo de pensar fascina y seduce, así también se agota en su propia satisfacción. En cambio, en el trasfondo del ‘hágase tu voluntad’, está el llamado amoroso a la obediencia, a la escucha, al diálogo y a la entrega de la propia vida en el servicio a Dios y a los otros. Esa es la vocación a la santidad, a la cual todos estamos llamados, aunque no todos en la Iglesia hagamos las mismas cosas. Hay diversidad de dones y ministerios, pero deben ponerse al servicio los unos de los otros, sin olvidar que Cristo es el origen de toda verdad, santidad y piedad (Cf. Lumen Gentium, n. 32 y 67). Es una elección que sigue siendo un misterio y revela el estilo de Dios, que llama a algunos no para excluir a otros, sino para que hagan de puente para conducir a Él: elección es siempre elección para el otro (BENEDICTO XVI, Audiencia general, 16 de enero de 2013).
Antes de concluir, veamos en qué consiste el ministerio del diaconado para responder al llamado a la santidad que consiste en hacer la voluntad de Dios y no la propia. El diácono, con el don del Espíritu Santo, se dispone a ayudar al Obispo y a su presbiterio, anunciando la Palabra de Dios, actuando como ministros del altar y atendiendo las obras de caridad como servidores de todos los hombres, especialmente de los miembros más débiles y excluidos de la mesa de los bienes comunes. Como ministros del altar proclamarán el Evangelio, prepararán el sacrifico de la Eucaristía y repartirán el Cuerpo y la Sangre del Señor a los fieles. También podrán dirigir las celebraciones litúrgicas, administrar el bautismo, autorizar y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos y presidir las exequias. Consagrados por la imposición de las manos, practicada desde el tiempo de los Apóstoles, y estrechamente unido al altar, cumplirán el ministerio de la caridad en nombre del Obispo o del párroco.
Querido Luis: el ministerio diaconal te acercará más al Sacrificio de la Eucaristía, misterio de amor en el que Cristo cumple la voluntad del Padre en la entrega total de su Cuerpo y de su Sangre. Deberás unirte cada día más estrechamente a él, para darte generosamente en el servicio a tus hermanos. En esa íntima unión encontrarás la fuerza para llevar a cabo tu misión. Con la ayuda de Dios, y la poderosa intercesión de la Santísima Virgen, obrarás de tal manera que en todas partes te reconozcan como discípulo de Aquel que no vino a ser servido sino a servir, para que al fin de los tiempos puedas escuchar de sus labios: “Bien, servidor bueno y fiel, entra a participar del gozo de tu Señor”.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


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