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2013-03-18 | 
 Homilía en la Misa de acción de gracias por el Papa Francisco
 Corrientes, Iglesia Catedral, 17 de marzo de 2013

Nos hemos reunido esta noche para dar gracias a Dios por el Santo Padre Francisco y responder a su pedido de oración para que Señor lo bendiga. El primer impacto que recibimos del nuevo papa fue cuando se inclinó profundamente ante el Pueblo de Dios y le pidió que rezara por él. Hoy nos unimos a esa plegaria en comunión con todas las comunidades parroquiales de la arquidiócesis, que en estos momentos agradecen y oran con nosotros por el Papa Francisco.
Aún nos embarga la intensa emoción que hemos vivido con la noticia del nuevo papa, al que los cardenales han ido a buscar casi al fin del mundo, como dijo él mismo. Los medios visuales y gráficos nos han inundado en estos días de imágenes, comentarios y reflexiones sobre este inédito acontecimiento: por primera vez en dos mil años de historia de la Iglesia es elegido un papa del hemisferio sur del planeta, latinoamericano y argentino. Nos hemos dado cuenta que la Iglesia católica es mucho más universal de lo que creíamos. Gran parte del mundo sentía que estaban sucediendo grandes cosas, que todavía no alcanzamos a medir, sobre todo en los primeros gestos de humildad, sencillez y cercanía, con los cuales nos ha sorprendido el Papa Francisco.
Hace un momento respondíamos a cada estrofa del salmo: “Grandes cosas hizo el Señor por nosotros”. De pronto esas palabras cobran un significado nuevo para nosotros. Es verdad, también nosotros somos testigos de grandes cosas que Dios hace por nosotros. Dios siempre actúa, sólo que a veces no lo notamos y nos parece que está ausente, como en la barca, cuando sus discípulos entraron en pánico por la tormenta y creían que se hundían. Pero Jesús estaba allí, con ellos. El pueblo de Israel en el destierro no podía comprender que Dios los estuviera llevando por ese camino tan duro y extraño. Sin embargo, Dios estaba allí, caminando con ellos. El profeta Isaías se encarga de refrescar la memoria de su pueblo y de levantarle el ánimo. Y así como lo hizo en otro tiempo, también hoy, en medio de la crisis, Dios actúa siempre a favor de los que él ama.
De esa presencia fiel de Dios da testimonio San Pablo en la segunda lectura con una hermosa confesión de fe: “Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”. Para el Apóstol, conocer a Jesús es el don que no tiene punto de comparación, por eso, a continuación añade: “Por Él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él”. Definitivamente Dios hace grandes cosas por nosotros. Pero para darnos cuenta de ello es necesario conocer a Cristo Jesús y abrirle de par en par las puertas de nuestro corazón.
Y así llegamos al Evangelio, donde a Jesús le presentan una mujer pecadora. La llevaron los hombres del rigor en aplicar la ley de Moisés. Según esa ley había que ejecutar a esa mujer. Sin embargo, no sabían qué hacer con ella, porque de otra parte la ley romana no les permitía ejercer ese derecho. Entonces la llevaron a empujones y la pusieron delante de Jesús para tenderle una trampa: si no aplicaba la ley de Moisés lo acusarían de blasfemo; y si no respetaba la ley romana lo juzgarían por subversivo. Jesús enfrenta la realidad con calma, como nos dice el relato evangélico. Ante la insistencia de los acusadores, Jesús se dirige a ellos y les dice: “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. Con esa respuesta desenmascaró a los rigoristas, que se fueron yendo de a uno, comenzando por los más ancianos. Pero tampoco quedó lugar para el libertinaje, porque se dirigió a la mujer con infinita misericordia y le dijo: “Vete y no peque más en adelante”. No le dijo, ‘zafamos, pero en adelante cuidate’. La misericordia de Dios actúa transformando desde dentro a la persona y sana sus vínculos con él y con los otros. Por eso, la misericordia va siempre de la mano con la verdad y la justicia.
La profunda conversión que anhelamos, el cambio de estilo de vida y de estructuras que vemos tan necesario y urgente en la Iglesia y en el mundo, es posible, pero con la condición de que nos inclinemos profundamente –como lo hizo el Papa Francisco– para que Dios actúe en nosotros. Un modo equivocado de pretender el cambio es el que practicaron aquellos hombres que llevaron a la mujer pecadora delante de Jesús: es la hipocresía de exigir que el otro cambie, pero con la intención de dejar que todo siga igual. La verdadera conversión empieza por uno mismo, entonces todo cambia y la verdad nos hace libres, libres para amar y para construir juntos un proyecto de vida. Este principio vale tanto para el matrimonio y la familia, como para la convivencia social y política de un pueblo.
A todos nos ha sorprendido gratamente el nombre que eligió el Papa Bergoglio. Sabemos que eligió llamarse Francisco por San Francisco de Asís. En ese nombre hay un programa de vida y un estilo de pontificado, como pudimos observar en los pocos días que lleva en la Sede de Pedro. Él mismo se encargó de explicar el porqué de ese nombre: “Francisco es el hombre de la paz. El hombre que ama y custodia la creación, en este momento en que nosotros tenemos con la creación una relación no muy buena. Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre. ¡Ah, como querría una Iglesia pobre y para los pobres!” De su explicación podemos deducir que Francisco es mucho más que un nombre distinto y original que el Papa eligió para sí mismo. Con esta elección, el Papa revela que tiene intenciones de marcar con un estilo propio el ejercicio de su pontificado.
Para ilustrar un poco más sobre el nombre que eligió el Papa, es necesario recordar el momento decisivo que vivió Francisco de Asís delante del Crucifijo de San Damián, que aún se conserva en el Monasterio de las Hermanas Clarisas de la ciudad de Asís. En el año 1206, luego que el joven Francisco había tenido ese conmovedor abrazo con el leproso, fue a rezar a una antigua capilla a la que se llega en media hora bajando a pie la colina de Asís. Allí, delante de un enorme crucifijo, escuchó una voz que le decía: “Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala”. Y él, con gran temblor y estupor contesto: “De muy buena gana lo haré, Señor”. El biógrafo añade que Francisco entendió que se trataba de la reconstrucción de ese templo que estaba en muy mal estado, y puso manos a la obra. Pero pronto comprendió que no se trataba de reparar templos materiales, sino esa otra Iglesia, la que vive en los fieles, en los sacerdotes, los obispos y el papa, una Iglesia que necesitaba de una profunda reforma. ¿En qué consistió ese giro radical que hizo el Hermano de Asís, que aún hoy sigue siendo una fuente de inspiración para mucha gente y, ahora, sorprendentemente, también para el Papa?
Del abrazo al leproso que todos y aún él mismo rechazaba, al abrazo del Crucificado que curaba las profundas heridas que el egoísmo había abierto en su corazón, el Hermano Francisco descubrió que la reconstrucción debía empezar por uno mismo. A tal punto estaba convencido de que era él quien debía cambiar, que en su Testamento confesó que no quería ver la miseria del pecado en los sacerdotes y en la Iglesia, porque veía en ellos al Hijo de Dios y eran solamente ellos quienes reciben y solo ellos administran a otros el santísimo cuerpo y la santísima sangre del mismo Altísimo Hijo de Dios. No era ingenuo, conocía muy bien la miseria moral del clero y de la gente, pero había aprendido que no se consigue nada si no se empieza en serio por uno mismo. El Santo de Asís fue un profundo reformador de la Iglesia de su tiempo, porque empezó a reformarla en sí mismo con gran amor a la Iglesia, a la Eucaristía y a los pobres. En él no hay una sola palabra de crítica a la Iglesia institución de su tiempo, tan en crisis y tan sucia como la podemos ver hoy, porque aprendió a mirarla y a quererla con el mismo amor con que la mira y ama Jesús desde la cruz. Sólo el amor que se aprende a los pies del Crucificado limpia la suciedad del egoísmo en el corazón de los hombres y los convierte en seres cercanos, fraternos, generosos y sensibles a las necesidades de sus hermanos.
También la beata Madre Teresa de Calcuta entendió así las cosas de Dios. Una vez le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo. La Iglesia que necesita de una reforma profunda empieza por uno mismo. Esa Iglesia, que es la Iglesia real y la que vivimos todos los días, esa puede cambiar, si abrimos nuestros corazones a la misericordia de Dios, y si la dejamos actuar en vos y en mí.
Antes de concluir, quisiera recordar las palabras proféticas que pronunció el Papa Francisco en su primera homilía ante los cardenales: “Cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del diablo. Cuando caminamos, edificamos, y confesamos sin llevar la cruz de Cristo, obispos, cardenales y papas somos mundanos pero no discípulos de Cristo. Hay que tener el coraje de caminar con la cruz del Señor y edificar la Iglesia sobre la sangre de Cristo y de confesar la única gloria: Cristo Crucificado”. Que también nosotros seamos alcanzados por Cristo Jesús –como san Pablo– y lo confesemos con alegría y sin miedo, reconfortados por las palabras del Santo Padre Francisco. Oremos por Papa, ahora con un compromiso mayor por la alegría y emoción que sentimos de tener al Papa Francisco tan cercano y tan hermano, fiel cristiano, obispo y compatriota nuestro. Encomendamos su pontificado y nuestra obediencia filial a su magisterio en las manos tiernas de la Virgen de Itatí, para que ella lo sostenga y consuele en las dificultades, y nos proteja de todos los peligros. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


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