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2013-03-31 | 
 Homilía para la Misa en la Vigilia Pascual
 Corrientes, Iglesia Catedral, 30 de marzo de 2013
 La Vigilia Pascual en la Noche Santa es la mayor y la más noble entre todas las fiestas cristianas, y a ella hacen referencia todas las demás. Esta noche, la Iglesia se reúne para expresar el inmenso gozo que siente porque Jesús está vivo en medio de ella. Su presencia luminosa da sentido a la existencia del hombre y a toda la creación. No es casual que sea precisamente la luz el primer signo que nos brinda la liturgia de la Vigilia pascual. La luz es señal de vida, como lo son el agua, el aire, el fuego. En la vida ordinaria, la tecnología nos pone la luz a la distancia de un clic y la luz se hace. Casi en todas partes podemos ‘hacer’ la luz, por así decir. En la práctica hemos dominado la oscuridad, salvo cuando nos someten a los cortes de luz. Esos cortes, sobre todo cuando son prolongados, nos hacen sentir la importancia que tiene la luz en lo cotidiano de la vida: ¡por fin, llegó la luz!, exclamamos aliviados.
Esto que en el mundo material nos parece tan obvio, no lo es tanto cuando se trata de realidades más profundas de la vida. Allí la luz ya no está a un toque de la mano. Veamos qué les sucedió a aquellas mujeres, que fueron de madrugada al sepulcro para completar la tarea que no pudieron realizar el día anterior: terminar de preparar el cadáver para la sepultura como lo prescribía la costumbre de la época. Al ver el sepulcro vacío, quedaron desconcertadas porque no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Cuando fueron a contárselo a los otros discípulos, éstos las trataron de delirantes y no les creyeron. La realidad para todos era obvia: del sepulcro no sale la luz; de un crucificado, muerto y sepultado no se podía esperar nada; la cruz fue siempre señal de humillación y fracaso. Sin embargo, tuvieron que rendirse ante la evidencia de los hechos: también ellos vieron a Jesús resucitado, comieron con él y descartaron que se tratara de un espíritu o de un fantasma (cf. Lc 24,36-42). Y, poco a poco, Jesús mismo les fue dando a entender que el misterio de la Cruz, vivido con amor hasta el extremo, forma parte de la estructura íntima del misterio pascual (cf. Lc 24,44-46). La cruz es una realidad inseparable de la resurrección; la dinámica del morir para vivir, que nos deja perplejos y nos cuesta asumir, se convierte en clave cristiana que da verdadero sentido a la vida.
Los comienzos de la creación y de la historia humana, el presente que nos toca vivir y el futuro que nos espera, se iluminan a partir de esa nueva luz que brilla en Jesucristo Resucitado. La liturgia de la Vigilia Pascual es muy hermosa y rica de signos, a través de los cuales se deja entrever algo de la extraordinaria belleza y verdad que hay en Dios. Dios sabe que el hombre necesita de la luz para vivir, pero también sabe que no puede dársela a sí mismo, lo que equivale a decir que el hombre por sí sólo no alcanza a dar respuesta a los interrogantes más profundos de su existencia: el sentido de la vida presente y la futura; por qué el mal, el dolor, la muerte. Por eso se presenta ante él como un Dios de luz: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn 8,12), dijo Jesús. Esa luz que brilló en las tinieblas cuando el Hijo de Dios nació en Belén (cf. Lc 2,32), resplandece en la mañana de la resurrección con todo su fulgor iluminando la creación entera.
En el Año de la fe es necesario que digamos con fuerza y claridad que nuestra fe se apoya en el hecho de que Cristo, la Palabra hecha carne, “rompió las ataduras de la muerte y surgió victorioso de los abismos”. Esta victoria sobre la oscuridad del pecado, nos revela que Dios es bueno y que todo lo que hace lo hace por amor a los hombres. Gracias a Jesucristo muerto y resucitado, la noche de la historia humana se convierte en una peregrinación llena de luz y de alegría, en la que nos reconocemos Hijos de Dios y hermanos unos de otros. Cuando exclamamos ‘creo’, estamos convencidos de que el bien es más fuerte que el mal y que el amor vence realmente la muerte. Todo lo que no es bueno y todo aquello que no esté inspirado por el amor y vivido en la verdad, es inconsistente y dañino para las personas y la comunidad.
Nuestra respuesta a la Pascua del Señor es la fe. Esa fe ilumina a todo el hombre: espíritu y cuerpo, inteligencia y voluntad. Por eso, profesar a Jesucristo Resucitado nos debe llevar a un verdadero cambio en el trato que tenemos con nuestros semejantes. Si decimos que creemos en Jesús, eso se debe notar en el modo cómo nos conducimos entre nosotros: “munición pesada” –en el lenguaje periodístico– dirigida a quien fuere, descalifica al que la descarga, ya se trate de la relación en el ámbito de la pareja, de la familia, del comportamiento en la calle, o del modo de tratarse mutuamente los que tienen responsabilidades públicas. El daño que causa en la comunidad un modo inapropiado de dirigirse a otra persona aumenta en proporción a la importancia de la función que se tiene. Para construir vínculos duraderos y fecundos entre las personas, sea en el orden interpersonal, sea en el ámbito de la vida pública, hay que volver a la sabiduría de la Cruz y aprender del Maestro crucificado en ella. Allí resplandece el verdadero poder del amor y del servicio que no tiene límites ni exclusiones.
La sabiduría de la Cruz de Jesús nos enseña que los vínculos humanos se construyen en la medida en que nos ponemos en el lugar del otro, estemos dispuestos a caminar juntos, y nos decidamos a sobrellevar mutuamente las cargas de la vida; a cuidar de las personas más vulnerables y a colocar la vida humana por sobre cualquier otro interés. El Papa Francisco recordó en estos días la ejemplar actitud de Jesús, que toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, y lo lava con su sangre, con el amor de Dios. Abrazados a él, nos purifica del amor al dinero y al poder, de la corrupción y de las divisiones, nos limpia la vista para ver de otro modo a los que tenemos a nuestro lado y enciende en nuestros corazones sus mismos sentimientos para que en esa luz nos amemos, caminemos y construyamos un mundo más humano. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz –continuó diciendo el Santo Padre Francisco–, la cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte.
La luz de la fe jamás impide nada de lo que hace al bien integral de la persona humana y de la comunidad. Al contrario, le proporciona claridad para discernir aquello que favorece la vida y beneficia su auténtico desarrollo. Solo las tinieblas que oscurecen la mente no nos permiten ver una verdad tan sencilla y tan razonable como es la necesidad de escucharnos, respetarnos y trabajar en conjunto. En el camino luminoso que nos abre Jesucristo Resucitado, nos alientan las palabras del apóstol San Juan: “Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad” (Ef 5,8-9).
Finalmente, como expresión de nuestra fe y alegría pascual, comprometámonos a ser más tolerantes y amigables en la familia, y en los demás ámbitos de nuestra convivencia social y pública; y acompañemos esos gestos de amistad y buen trato con acciones efectivas que alivien el sufrimiento y la pobreza de nuestros hermanos. Entonces, los deseos de felicidad, de alegría y de paz que intercambiamos con el saludo pascual, no quedarán apenas como una piadosa comunicación de buenos sentimientos, sino una real y gozosa manifestación de esa verdad que ya resplandece con toda su belleza en la Santísima Virgen, “vida, dulzura y esperanza nuestra”. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

NOTA:
a la derecha de la página el texto completo en formato de wrd: HOMILIA


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