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2013-05-25 | 
 Te Deum
 Corrientes, 25 de mayo de 2013.
Santuario de Nuestra Señora de la Merced.

   En la República Argentina, los Te Deum se enmarcan a lo largo de nuestra historia. A las pocas horas de la derrota del invasor inglés, y ya instalado el primer Gobierno Patrio, sus integrantes celebraron este gran acontecimiento con un solemne Te Deum en acción de gracias, y así lo notificó la Junta al Cabildo Eclesiástico. A la Primera Junta corresponde también el honor de haber documentado la primera profesión de Fe católica en nuestra historia independiente, y en los propósitos del Primer Gobierno Patrio –exponiendo el ideal de mayo– la religión aparece como el primer cuidado del gobierno provisional. Hasta nuestros días el Te Deum se celebra en las fiestas patrias en las distintas Catedrales y en las principales iglesias de ciudades y pueblos del país (1) .
Hoy estamos oficiando el Te Deum en la mitad del período conmemorativo del Bicentenario de la Independencia. Esta referencia cronológica nos ubica a dos siglos de la creación del Himno nacional argentino, cuya letra y composición musical –como sabemos– se deben a Vicente López y Planes y Blas Parera Moret, precisamente entre los años 1812 y 1813. Luego, a partir del año 1900, se empiezan a interpretar sólo 12 versos de los 76 que tenía la pieza original. Con esta mención al aniversario bisecular de nuestra canción patria, quisiera compartir con ustedes algunos pensamientos sobre la letra de este poema.
En la versión que se canta en los actos oficiales se destacan dos grandes valores: la libertad y la igualdad, a los cuales se les confiere un carácter sacro: ‘Oíd, mortales, el grito sagrado’. A ellos se podría añadir también el valor de la unidad, que aparece nombrado en las ‘Provincias unidas del Sud’. Éstas se convierten, como lo señala la letra, en ‘trono dignísimo’ de los valores mencionados. Finalmente, el coro –que se inicia con el verso ‘Sean eternos los laureles’– coloca aquello ‘que supimos conseguir’, vale decir, la libertad y la igualdad, en términos de compromiso que no admite ninguna reducción: ‘coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir’.
Prestemos atención al término ‘gloria’: el verso da a entender que por ella se vive si hay libertad e igualdad y por ella se da la vida si esos valores fueran ultrajados. Gloria es grandeza, honor, bendición, digna de los hombres que se sienten libres y se tratan entre sí como iguales. En cambio, a ‘gloria’ se opone la vulgaridad, el descrédito, la reprobación. De este modo, el último verso del coro de nuestro himno patrio: ‘coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir’, nos enfrenta a una disyuntiva extrema, en la cual la restricción a la libertad, a la igualdad y a la unidad, iría en contra de la grandeza, el honor y la bendición. Se convertiría en algo ajeno a la gloria del hombre y, por lo tanto indigno de la condición humana.
Notemos, además, que el verso “o juremos con gloria morir”, es la única frase que en el poema nacional se repite tres veces, acompañado de un fuerte acorde musical, que confirma la trascendencia de esas palabras. El aplauso que culmina ese momento profundamente emotivo, deja en el ánimo la sensación de algo grande y categórico que se acaba de declarar: o vivir coronado de gloria, o jurar con gloria morir. Preguntémonos sinceramente si creemos en lo que proclamamos y si estamos realmente convencidos de ello. ¿De qué gloria queremos vivir coronados? ¿Qué motivos justificarían jurar con gloria morir? Los argentinos, después de casi dos siglos de independencia y de casi cinco siglos de historia de nuestro pueblo, ¿estamos realmente dispuestos a esa gloria? Hoy, los libres del mundo ¿responderían: ¡al gran pueblo argentino, salud!?
“Por la historia de las revoluciones, sabemos que el grito de libertad, tan importante y positivo, tiene siempre el peligro de olvidar un aspecto, una dimensión fundamental de esa libertad, que es la tolerancia hacia el otro, el hecho que la libertad humana es siempre una libertad compartida, que solo puede crecer en el compartir, en la solidaridad, en el vivir juntos, con determinadas reglas” , (2) reflexionó Benedicto XVI en la conferencia de prensa durante el vuelo hacia la capital libanesa el año pasado. La verdadera gloria, con la que vale la pena coronar la vida, consiste en la libertad que nos hace capaces de convivir en el respeto y la amistad. Cuando éstas desaparecen, caemos en el mal trato, el agravio y la mentira, práctica que descalifica en primer lugar al autor, y luego hace mucho daño a la comunidad.
Hace poco, el Papa Francisco se dirigió a los argentinos y nos dijo: “Les quiero pedir un favor: caminemos todos juntos, cuidémonos los unos a los otros, cuídense entre ustedes, no se hagan daño; ¡cuídense! Cuiden la vida, cuiden la familia, cuiden la naturaleza, cuiden los niños, cuiden a los viejos. Que no haya odio, que no haya peleas. Dejen de lado la envidia y no le saquen el cuero a nadie; dialoguen, vayan creciendo en el corazón y acérquense a Dios”. Y en otro momento, para que esas recomendaciones no se restrinjan a una ética de buenas costumbres, que de por sí no es poco, el Santo Padre afirmó que tengamos el valor de caminar en presencia del Señor, con la Cruz del Señor, y de confesar la única gloria: a Cristo crucificado. La patria, como la familia, se construye con hombres y mujeres convencidos de la verdad del amor, que es sacrificio de sí mismo en bien del prójimo, y estén decididos a ponerlo en práctica. Para ello, nos advirtió el Santo Padre, necesitamos vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura (3).
Es saludable que el Papa nos recuerde que nos tratemos bien y que jamás hay que devolver mal por mal, antes ‘jurar con gloria morir’, como lo proclamamos en el himno nacional. No a la rivalidad ni a la disputa, que sólo buscan eliminar al interlocutor, antes ‘jurar con gloria morir’. La verdadera gloria que hace vivir y progresar, es la que resulta de hombres capaces de dialogar con recta intención y buena voluntad para buscar consensos, con el único fin de servir al bien de nuestro pueblo. La democracia no se construye agudizando conflictos, sino concretando ideales de una verdadera amistad social. Se hace cada vez más necesario generar contextos de encuentro y de diálogo que nos ayuden a salir de los desencuentros y polarizaciones, y nos permitan reconocernos hermanos y tratarnos bien unos a otros. En esto consiste vivir coronado de gloria, sobre todo para los que tenemos responsabilidades públicas, y luego para todos aquellos que las ejercen en la familia y en los diversos ámbitos de la sociedad.
En la mitad de la fase conmemorativa del Bicentenario y en el espíritu del Te Deum, recordamos que nuestra patria es un don de Dios, que nos sentimos profundamente agradecidos por las personas que a lo largo de la historia forjaron el país y por la presencia de la Iglesia desde los momentos fundacionales hasta nuestros días. “En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales, que tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina” (4) . Esos valores, que se fundamentan en la dignidad que tenemos todos como hijos de Dios, nos hacen iguales y libres, y sobre los cuales vale la pena ‘jurar con gloria morir”.
Nos encomendamos confiados a la tierna protección de Nuestra Señora de Itatí y le suplicamos humildemente que nos enseñe a transitar con valentía y generosidad el camino del encuentro y la amistad, para vivir ‘coronados de gloria, o jurar con gloria morir”. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes



Notas:
(1) 
Estos datos históricos están sacados de la página web del arzobispado de Buenos Aires, en la cual se notifica la celebración del Te Deum en el corriente año.
(2) 
BENEDICTO XVI, Conferencia de Prensa durante el vuelo hacia la capital libanesa, 14 de septiembre de 2012; L’Osservatore Romano, Edición española, 23.09.2012; p. 2.
(3) 
PAPA FRANCISCO, Homilía en el inicio del Ministerio petrino, 19 de marzo de 2013.
(4) Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016), CEA, 14.11.2008.


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