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2013-06-24 | 
Homilía en la festividad del Nacimiento San Juan Bautista
Corrientes, 24 de junio de 2013

   En todos los tiempos y en todas las culturas, el ser humano celebró la vida. Las fiestas y los aniversarios en la historia de las personas y de los pueblos están vinculadas a la vida y no a la muerte. Aun la conmemoración del Viernes Santo tiene sentido solo desde el Domingo de Resurrección. No hay alegría mayor que celebrar la vida. Por eso, los cultos que colocan la muerte en un altar y la representan con personajes esqueléticos, no son cultos cristianos y ni siquiera humanos. Fuimos creados para la vida y no para la muerte, por eso nos alegramos y conmemoramos los aniversarios, las fechas patrias y las festividades religiosas; y también nos sentimos felices cuando logramos una meta o, por ejemplo, conseguimos un buen trabajo.
Los cristianos, además de todo eso, poseemos motivos aún más hondos para alegrarnos y agradecer el don de la vida: en ella reconocemos a Dios. Él es el autor de la vida y de él la hemos recibido. Jesús mismo afirmó que nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos (cf. Lc 20,38). Y efectivamente, Dios se identifica tanto con la vida humana, que se hizo hombre, para mostrarnos cómo hay que tratarla para no extraviarnos por caminos equivocados. Por eso, la fe en Dios es, junto con la vida, otro don extraordinario que proviene de Él. En realidad, el don principal es la fe, porque gracias a ella, nos damos cuenta de que la vida es don de Dios. La fe en Dios y la gratitud por el don de la vida van siempre juntas y se complementan una con la otra.
La fe nos da una visión más amplia, más respetuosa y más comprometida con la vida, porque nos abre la mente para conocer que pertenecemos a Dios y darnos cuenta de que él nos ama. Para Dios, todo lo humano es hermoso y está hecho a su imagen y semejanza, menos el pecado. Por eso, la persona que cree, aprende también a valorar la vida humana y todas las potencialidades que Dios puso en ella. Una simple observación, aun para los que no son creyentes, nos dice que no somos dueños de la vida, que no la hemos fabricado nosotros, ni siguiera hemos colaborado para tenerla, sino que la recibimos. Esta verdad tan objetiva y tan simple, debería llevarnos, por una parte, a tener sentimientos de gratitud y de respeto hacia quienes nos dieron la vida, y hacia todos aquellos que la protegen y contribuyen a su desarrollo.
Es razonable, pues, pensar que la vida humana debe ser respetada desde la fecundación como lo recordó hace poco el Papa Francisco: "invito a mantener viva la atención de todos sobre el tema tan importante del respeto por la vida humana desde el momento de su concepción”, afirmó. Este tema vuelve a ser noticia con la ley recientemente sancionada sobre la fertilización asistida, que genera preocupación por la legalización de nuevas formas de manipulación de vidas humanas en etapa embrionaria. Además, la recientemente sancionada ley de "acceso integral a la reproducción médicamente asistida" genera preocupación. “El embrión es uno de nosotros”, se titula la reflexión que hizo pública la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, en la que advierte sobre la manipulación y destrucción de embriones humanos. Además, en ese mensaje se recuerda que no todo lo técnicamente posible es ética y jurídicamente aceptable. Una ley que no protege suficientemente el derecho a la vida de todo ser humano, pierde sustento razonable y se convierte en algo perjudicial para la persona y para la comunidad. Al fundamento racional sobre el cuidado y la defensa de toda vida humana, se añade la luz de la fe, por la que se ilumina aún más ese fundamento con la convicción de que la vida es un don de Dios, y que el hombre no puede atribuirse el derecho de atentar contra ella bajo ningún pretexto.
Hoy la Iglesia celebra el Nacimiento de San Juan Bautista. Conmemora a un grande, podríamos decir. De él se afirma, ya desde la concepción, que será grande a los ojos del Señor (Lc 1, 15). Y, luego, cuando los discípulos le preguntan a Jesús sobre Juan, él les dijo: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista” (Mt, 11,11). El Evangelio nos habla hoy del precursor de Jesús. Su nacimiento llenó de gozo a sus familiares y amigos: “Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella” (Lc 1,57). Ese hijo es manifestación de la misericordia de Dios y motivo de alegría para familiares y amigos. Destaquemos una vez más el valor de la vida y del cuidado que la misma merece. Ese valor no se lo damos los hombres, sino Dios mismo, que tiene el poder de crearla.
Nos estremece profundamente cuando nos damos cuenta cuánto vale la vida humana. Recordemos, por ejemplo, con qué ansiedad hemos acompañado la espera del corazón para el pequeño Renzo, y por fin la emoción de que había llegado a tiempo. La noticia corrió como una fiesta. En realidad, ese pequeño corazón no cayó del cielo, fue un corazón que lograron mantener vivo en un cuerpo sin vida de una niña muy pequeña, fallecida en un accidente, no lejos de donde nos encontramos hoy nosotros. En medio del dolor, conmueve ver cómo la donación genera vida, la solidaridad nos salva, el amor al prójimo es un verdadero regalo del cielo. Ahora sí, vistas las cosas con los ojos del amor, que son los ojos de Dios, podemos decir que ese pequeño corazón es realmente un regalo del cielo. Como dijimos hace un momento, no hay nada en el mundo que se compare al don de la vida. Los que creemos en Dios, recibimos la vida como el don más grande que Él nos ha dado. En realidad, la fe en Dios y el don de la vida no se pueden separar: ambos son regalos del Dios de la Vida.
Nos alegramos profundamente cuando superamos algo que amenace con dañar o destruir la vida. Las costumbres ancestrales que relacionamos con la noche de San Juan, como por ejemplo la quema de muñecos que representan la muerte, las luminarias que hacen retroceder las tinieblas, o el Tatá yehasá que desafía el peligro de caminar sobre las brasas y lo festeja ruidosamente cuando sale airoso, son expresiones mediante las cuales celebramos la vida. La fe nos hace ver a través de esos signos la victoria de Jesús sobre la muerte. Sólo él nos salva del pecado, de la muerte y del mal. La figura de Juan Bautista se agranda definitivamente cuando se reconoce pequeño ante Jesús y exclama: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). En la fiesta de san Juan todo nos remite a Jesús. Y ante él estamos llamados a renovar nuestra fe y nuestro compromiso de vivir como discípulos misioneros suyos.
En el Año de la fe decimos que la Cruz y la Virgen son para nosotros ‘puerta de la fe’. La fiesta de San Juan tiene que entusiasmarnos a entrar por esa puerta y renovar la Vida nueva de Jesucristo resucitado que recibimos en el Bautismo. Las señales de que estamos creciendo en esa Vida se deben notar, fundamentalmente en dos cosas que nos recordó el Papa Francisco: en rezar más y en tratar mejor a nuestros semejantes. Si dejamos de rezar, se debilita en nosotros la capacidad para tratar bien a los otros. Dejamos de ver en ellos la imagen de Dios y los tratamos como objetos. Por eso, es imprescindible que los matrimonios recen juntos y lo hagan también con sus hijos; los que tenemos responsabilidades en la función pública, que conlleva un trato frecuente con los semejantes, debemos recurrir a Dios para recibir de él la fortaleza que necesitamos en el cumplimiento fiel de nuestros deberes. Si no lo hacemos, poco a poco perdemos la orientación del servicio que debemos prestar a los otros y lo torcemos hacia los propios intereses, causando un daño gravísimo a la comunidad, porque la privamos de los beneficios a los que deberíamos responder con nuestra función. La fiesta patronal, junto con ser una ocasión para expresar nuestra profunda gratitud a Dios porque nos ama, nos alimenta con su Palabra y con el Pan de Vida, debe ser también un momento para suplicar, por intercesión de San Juan Bautista, la gracia de una sincera y profunda conversión, que nos haga salir de nuestra mediocridad y nos dé la alegría de tratar bien a nuestros semejantes y de ser responsables en nuestras tareas. Así sea.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes
En todos los tiempos y en todas las culturas, el ser humano celebró la vida. Las fiestas y los aniversarios en la historia de las personas y de los pueblos están vinculadas a la vida y no a la muerte. Aun la conmemoración del Viernes Santo tiene sentido solo desde el Domingo de Resurrección. No hay alegría mayor que celebrar la vida. Por eso, los cultos que colocan la muerte en un altar y la representan con personajes esqueléticos, no son cultos cristianos y ni siquiera humanos. Fuimos creados para la vida y no para la muerte, por eso nos alegramos y conmemoramos los aniversarios, las fechas patrias y las festividades religiosas; y también nos sentimos felices cuando logramos una meta o, por ejemplo, conseguimos un buen trabajo.
Los cristianos, además de todo eso, poseemos motivos aún más hondos para alegrarnos y agradecer el don de la vida: en ella reconocemos a Dios. Él es el autor de la vida y de él la hemos recibido. Jesús mismo afirmó que nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos (cf. Lc 20,38). Y efectivamente, Dios se identifica tanto con la vida humana, que se hizo hombre, para mostrarnos cómo hay que tratarla para no extraviarnos por caminos equivocados. Por eso, la fe en Dios es, junto con la vida, otro don extraordinario que proviene de Él. En realidad, el don principal es la fe, porque gracias a ella, nos damos cuenta de que la vida es don de Dios. La fe en Dios y la gratitud por el don de la vida van siempre juntas y se complementan una con la otra.
La fe nos da una visión más amplia, más respetuosa y más comprometida con la vida, porque nos abre la mente para conocer que pertenecemos a Dios y darnos cuenta de que él nos ama. Para Dios, todo lo humano es hermoso y está hecho a su imagen y semejanza, menos el pecado. Por eso, la persona que cree, aprende también a valorar la vida humana y todas las potencialidades que Dios puso en ella. Una simple observación, aun para los que no son creyentes, nos dice que no somos dueños de la vida, que no la hemos fabricado nosotros, ni siguiera hemos colaborado para tenerla, sino que la recibimos. Esta verdad tan objetiva y tan simple, debería llevarnos, por una parte, a tener sentimientos de gratitud y de respeto hacia quienes nos dieron la vida, y hacia todos aquellos que la protegen y contribuyen a su desarrollo.
Es razonable, pues, pensar que la vida humana debe ser respetada desde la fecundación como lo recordó hace poco el Papa Francisco: "invito a mantener viva la atención de todos sobre el tema tan importante del respeto por la vida humana desde el momento de su concepción”, afirmó. Este tema vuelve a ser noticia con la ley recientemente sancionada sobre la fertilización asistida, que genera preocupación por la legalización de nuevas formas de manipulación de vidas humanas en etapa embrionaria. Además, la recientemente sancionada ley de "acceso integral a la reproducción médicamente asistida" genera preocupación. “El embrión es uno de nosotros”, se titula la reflexión que hizo pública la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, en la que advierte sobre la manipulación y destrucción de embriones humanos. Además, en ese mensaje se recuerda que no todo lo técnicamente posible es ética y jurídicamente aceptable. Una ley que no protege suficientemente el derecho a la vida de todo ser humano, pierde sustento razonable y se convierte en algo perjudicial para la persona y para la comunidad. Al fundamento racional sobre el cuidado y la defensa de toda vida humana, se añade la luz de la fe, por la que se ilumina aún más ese fundamento con la convicción de que la vida es un don de Dios, y que el hombre no puede atribuirse el derecho de atentar contra ella bajo ningún pretexto.
Hoy la Iglesia celebra el Nacimiento de San Juan Bautista. Conmemora a un grande, podríamos decir. De él se afirma, ya desde la concepción, que será grande a los ojos del Señor (Lc 1, 15). Y, luego, cuando los discípulos le preguntan a Jesús sobre Juan, él les dijo: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista” (Mt, 11,11). El Evangelio nos habla hoy del precursor de Jesús. Su nacimiento llenó de gozo a sus familiares y amigos: “Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella” (Lc 1,57). Ese hijo es manifestación de la misericordia de Dios y motivo de alegría para familiares y amigos. Destaquemos una vez más el valor de la vida y del cuidado que la misma merece. Ese valor no se lo damos los hombres, sino Dios mismo, que tiene el poder de crearla.
Nos estremece profundamente cuando nos damos cuenta cuánto vale la vida humana. Recordemos, por ejemplo, con qué ansiedad hemos acompañado la espera del corazón para el pequeño Renzo, y por fin la emoción de que había llegado a tiempo. La noticia corrió como una fiesta. En realidad, ese pequeño corazón no cayó del cielo, fue un corazón que lograron mantener vivo en un cuerpo sin vida de una niña muy pequeña, fallecida en un accidente, no lejos de donde nos encontramos hoy nosotros. En medio del dolor, conmueve ver cómo la donación genera vida, la solidaridad nos salva, el amor al prójimo es un verdadero regalo del cielo. Ahora sí, vistas las cosas con los ojos del amor, que son los ojos de Dios, podemos decir que ese pequeño corazón es realmente un regalo del cielo. Como dijimos hace un momento, no hay nada en el mundo que se compare al don de la vida. Los que creemos en Dios, recibimos la vida como el don más grande que Él nos ha dado. En realidad, la fe en Dios y el don de la vida no se pueden separar: ambos son regalos del Dios de la Vida.
Nos alegramos profundamente cuando superamos algo que amenace con dañar o destruir la vida. Las costumbres ancestrales que relacionamos con la noche de San Juan, como por ejemplo la quema de muñecos que representan la muerte, las luminarias que hacen retroceder las tinieblas, o el Tatá yehasá que desafía el peligro de caminar sobre las brasas y lo festeja ruidosamente cuando sale airoso, son expresiones mediante las cuales celebramos la vida. La fe nos hace ver a través de esos signos la victoria de Jesús sobre la muerte. Sólo él nos salva del pecado, de la muerte y del mal. La figura de Juan Bautista se agranda definitivamente cuando se reconoce pequeño ante Jesús y exclama: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). En la fiesta de san Juan todo nos remite a Jesús. Y ante él estamos llamados a renovar nuestra fe y nuestro compromiso de vivir como discípulos misioneros suyos.
En el Año de la fe decimos que la Cruz y la Virgen son para nosotros ‘puerta de la fe’. La fiesta de San Juan tiene que entusiasmarnos a entrar por esa puerta y renovar la Vida nueva de Jesucristo resucitado que recibimos en el Bautismo. Las señales de que estamos creciendo en esa Vida se deben notar, fundamentalmente en dos cosas que nos recordó el Papa Francisco: en rezar más y en tratar mejor a nuestros semejantes. Si dejamos de rezar, se debilita en nosotros la capacidad para tratar bien a los otros. Dejamos de ver en ellos la imagen de Dios y los tratamos como objetos. Por eso, es imprescindible que los matrimonios recen juntos y lo hagan también con sus hijos; los que tenemos responsabilidades en la función pública, que conlleva un trato frecuente con los semejantes, debemos recurrir a Dios para recibir de él la fortaleza que necesitamos en el cumplimiento fiel de nuestros deberes. Si no lo hacemos, poco a poco perdemos la orientación del servicio que debemos prestar a los otros y lo torcemos hacia los propios intereses, causando un daño gravísimo a la comunidad, porque la privamos de los beneficios a los que deberíamos responder con nuestra función. La fiesta patronal, junto con ser una ocasión para expresar nuestra profunda gratitud a Dios porque nos ama, nos alimenta con su Palabra y con el Pan de Vida, debe ser también un momento para suplicar, por intercesión de San Juan Bautista, la gracia de una sincera y profunda conversión, que nos haga salir de nuestra mediocridad y nos dé la alegría de tratar bien a nuestros semejantes y de ser responsables en nuestras tareas. Así sea.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
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