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2013-07-17 | CONFERENCIA EN LA II FERIA MUNICIPAL DEL LIBRO
El regalo del Papa Francisco a la Presidenta de la Nación
Ciudad de Corrientes, 13 de julio de 2013
Cuando recibí la invitación a dar una conferencia en esta sede, lo primero que me vino a la mente fue el libro que el Papa Francisco le obsequió a la Presidenta de la Nación. El hecho cobra trascendencia cuando el obsequio se considera en el marco de la alta función que desempeñan el Papa y la Presidenta. Y si miramos a los protagonistas en clave representativa, el regalo que el Papa le hizo a la Señora Presidenta, se convierte en un presente dirigido a todos los argentinos. Por lo tanto, en cuanto ese presente nos incluye, vamos a abrirlo y, aunque muy someramente, intentaremos ver de qué se trata, para adherirnos también nosotros a las expresiones de gratitud que manifestó la Señora Presidenta al recibir el obsequio de manos del Papa Francisco.
Recordemos aquel lunes 18 de marzo –cuando aún no había transcurrido una semana de la elección al solio pontificio del Arzobispo de Buenos Aires–, el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, recibe en audiencia a la Señora Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, y, además, la invita a compartir el almuerzo. De este acontecimiento histórico quisiera destacar el presente más significativo que le entregó el Papa a la Señora Presidenta: el Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, más conocido como el Documento de Aparecida, nombre que toma del lugar donde se desarrolló la mencionada Conferencia, una ciudad que se encuentra aproximadamente en la mitad del trayecto de la autopista, que une las grandes ciudades de San Pablo y Rio de Janeiro, y donde está emplazada la enorme basílica de Nuestra Señora de Aparecida, santuario nacional del hermano país del Brasil.
Como hemos sabido por los medios, el encuentro entre el Papa y la Presidenta fue distendido y cordial. Con ocasión del intercambio de regalos hubo un breve diálogo entre ambos, al que se puede acceder a través de las redes sociales. Quisiera reproducir a continuación solo la última parte de ese diálogo, allí donde se refiere al momento en que el Santo Padre entrega el Documento de Aparecida a la Jefa de Estado.
- El Papa: Y esto es una mayólica que es de toda la Plaza de San Pedro. Es una mayólica especial que se hace.
- La Presidenta: ¡Qué lindo! Muchas gracias, esto es para colgar. Lo voy a colgar.
- El Papa (saca documentos): Sí.
- La Presidenta: Ah bien, libros.
- El Papa (le entrega el Documento de Aparecida): Esto para que pesque un poco lo que pensamos en este momento los padres latinoamericanos.
- La Presidenta: Para los discursos...
Antes de comentar ese diálogo, me gustaría que escucháramos unas palabras que pronunció el Papa Francisco hace pocos días referidas a las ‘periferias intelectuales’. Ustedes saben que una de las expresiones muy usadas por él es “ir a las periferias”, geográficas, culturales, sociales, etc. Pues bien, el Papa dijo que “Algunos piensan que el mensaje de Jesús está destinado a quienes no tienen una preparación cultural. No es así. El Apóstol afirma con fuerza que el Evangelio es para todos, también para los doctos. La sabiduría que deriva de la Resurrección no se opone a la humana, sino que, al contrario, la purifica y la eleva. La Iglesia siempre ha estado presente en los lugares donde se elabora la cultura. Pero el primer paso es siempre la prioridad a los pobres. Pero también debemos ir a las fronteras del intelecto, de la cultura, en la altura del diálogo, del diálogo que hace la paz, del diálogo intelectual, del diálogo razonable. ¡El Evangelio es para todos!” (1). Como podemos apreciar, el libro que le regala el Papa a la Presidenta de la Nación, es un regalo-mensaje, en el que se expone el pensamiento, como lo dijo él mismo, de los ‘padres latinoamericanos’.
Retomemos ahora las palabras con las cuales el Papa acompañó el gesto de la entrega del libro. A primera vista, se podrían interpretar como unas palabras dichas como al pasar, sin embargo, contienen mucho más de lo que parece. Notemos que el Papa le entrega a la Señora Presidenta el pensamiento de los “padres latinoamericanos”, es decir, de los obispos, que son quienes se hacen cargo de ese pensamiento. Aquí deberíamos precisar que se trata del pensamiento de la Iglesia católica que vive y trabaja en América Latina y El Caribe, recogido, asumido y elaborado por los obispos que participaron en la Asamblea de Aparecida, en el año 2007. Ese documento fue entregado en su momento al Papa Benedicto XVI, y luego presentado por él como el pensamiento común y colegial de las 22 conferencias episcopales que se encuentran en esta región. De ese modo, el Documento de Aparecida se convierte en el pensamiento oficial y actualizado de Iglesia católica en esta parte del mundo.
Antes de continuar, conviene esclarecer un error muy común que ocurre cuando entendemos que ese documento habría sido elaborado por un grupo de obispos y expertos. Para despejar el error, es muy importante conocer cómo se llega a sistematizar ese pensamiento, de manera que se pueda considerar realmente como el pensamiento oficial de la Iglesia latinoamericana y caribeña. Por consiguiente, para orientar esta exposición, podríamos preguntarnos quién es el autor de ese libro; cómo fue el proceso de elaboración del mismo; y, finalmente, qué mensaje nos deja a todos los argentinos.

El camino se hace al andar, ¿hasta qué punto?
Para introducirnos en el proceso de gestación y confección de ese libro, es necesario que digamos unas palabras sobre el método que se utilizó para ello. La opción por un determinado modo de hacer las cosas, no es algo neutro, en el sentido que daría lo mismo elegir una cosa que la otra. La decisión por un estilo de hacer las cosas marca luego ‘esas cosas’, les confiere un perfil propio, una identidad que se va construyendo durante la trayectoria. Recordemos, por ejemplo, aquellos versos de Antonio Machado: “se hace camino al andar”, lo cual sugiere que el ‘modo de andar’ va haciendo camino. Para el tema que nos ocupa, podríamos decir, que el modo de hacer el libro, hace a su contenido.
Sin embargo, esto es verdad solo en parte, porque nadie ‘anda la vida’ a partir de cero. Baste una simple observación sobre el dato que nos da la naturaleza: hemos recibido la vida y con ella un maravilloso bagaje de recursos vitales que nos permiten subsistir y desarrollarnos. Este dato elemental, nos sirve para darnos cuenta de que en las cosas de la vida es prácticamente imposible hacer borrón y cuenta nueva. Todo ser humano, ya sea en forma individual o colectiva, parte de una herencia a la que inevitablemente debe serle fiel, tendrá que asumirla, purificarla, agradecerla y hacerla producir. Es decir, por una parte deberá ser fiel a lo que ha recibido, y, por otra parte, deberá ser creativo y abierto a la novedad que le viene del entorno.
La tentación que acompaña al ser humano en todas las épocas es, por un lado, romper con el pasado y consagrar todo lo nuevo como verdadero; o romper con todo lo nuevo, para consagrar como verdadero el pasado. Para superar ese riesgo, hay que abrirse a un camino superior: es el camino del amor, el amor concebido en su máxima expresión así como lo conocemos en el cristianismo, es el amor que asume y purifica, rescata y renueva, es fiel y creativo.
La pregunta que podemos hacernos ahora es la siguiente: Ese amor, ¿se hace al andar o lo recibimos y nos interpela a dar una respuesta? Si se hace al andar, como lo canta el poeta, entonces el amor lo construye el caminante, y no sería más que la proyección de su propia obra y, en consecuencia, se agotaría también en él mismo, porque terminaría convirtiéndose en la medida del amor. El amor cristiano es de naturaleza totalmente diferente, porque parte de la radical experiencia del don y de la gratuidad de Dios. Él tuvo la infinita bondad de compartirlo con los seres humanos. Por eso, hay camino que nos precede, Él es el Camino, la Verdad y la Vida, camino que no anula en nada los ‘andares’ individuales y comunitarios de las personas, al contrario, los ilumina, fortalece y lleva a la madurez, cuya plenitud se dará al final de los tiempos.
El método cristiano parte del amor de Dios manifestado en Jesucristo y se encamina hacia él. Puesto que parte de la experiencia de un amor que cree y confía en el hombre, el método cristiano promueve la participación de todos, valora la contribución que aporta cada uno, e integra activamente a sus miembros en la gestión de la comunidad. La Iglesia cree en el hombre, en todos los hombres, más allá de sus opciones confesionales y políticas, y se brinda como casa y escuela de comunión, como lo recordó el beato Juan Pablo II. El libro que el Papa Francisco le regaló a la Presidenta Cristina fue el resultado de un método ampliamente participativo, en el que estuvo implicado de un modo efectivo, como ya dijimos, todo el Pueblo de Dios. Pero para que eso se convierta en método, es preciso confiar en el otro, abrirse realmente a todos los sectores y a todos los pensamientos, con la convicción de que todos tienen algo bueno para aportar. El obsequio del Papa es, entonces, mucho más que un gesto de cercanía y afecto, es un mensaje-programa, en el que hay un fuerte llamado al encuentro de los argentinos, al diálogo social y político, y a la recuperación de la confianza entre los argentinos. Ese diálogo es una gran deuda que arrastramos, nos debilita como nación, y perjudica especialmente a los sectores más vulnerables y más pobres.

Quién es el autor y cómo se elaboró el documento de Aparecida
Como decíamos al comienzo, vamos a abrir este regalo, pero empezando por describir algunas características que le dan un perfil propio y original al autor de este libro. Ante todo, no hay un autor individual. El libro es resultado de una ‘conferencia’, pero no en el sentido de charla o exposición, sino entendido como confluencia de pareceres y de voluntades. El significado etimológico del término puede ayudarnos un poco más. ‘Conferencia’ viene del latín y quiere decir ‘llevar conjuntamente’, ‘reunir’. En nuestro caso, se trata de la asamblea que protagonizan las 22 conferencias episcopales de América Latina y El Caribe, en Aparecida, hace seis años. La primera conferencia tuvo lugar en Río de Janeiro (1955), la siguiente en Medellín (1968), luego Puebla (1979) y Santo Domingo (1992). En todas ellas, los documentos son el resultado de una acción que fue ‘llevada conjuntamente’ por las mencionadas conferencias episcopales.
Ahora veamos más en detalle quiénes fueron los diversos actores que han intervenido tanto en el proceso de preparación, como luego en el momento de la elaboración. Es muy importante detenernos en esto, porque configura un mensaje importante que el Papa Francisco comunica a nuestra Presidenta al entregarle el libro de Aparecida. El proceso de gestación de ese libro se inicia en las comunidades católicas esparcidas en el continente, dos años antes de celebrarse la Conferencia. Con un material guía y mediante una motivación para realizar la tarea en espíritu de oración, reflexión y diálogo, las comunidades cristianas, los institutos de vida consagrada, los movimientos de espiritualidad, las instituciones educativas de todos los niveles, incluyendo el universitario, se aplicaron a esa enorme tarea. Es importante que en este punto destaquemos la extensa movilización que se generó en la base del Pueblo de Dios, dando lugar a una participación amplia y activa de todos los fieles.
Al hablar del modo cómo se gestó ese libro, nos estamos refiriendo al método que es el que luego condiciona el contenido. El método, como ya dijimos, fue ampliamente participativo y de allí fueron surgiendo los principales temas, que luego aparecieron sistematizados en el documento. Podríamos sintetizarlos en tres grandes preguntas: 1. ¿Cuáles son los desafíos más importantes del momento histórico que nos toca vivir en América Latina? 2. ¿Qué iluminación nos brinda el mensaje del Evangelio para comprender esa realidad? Y 3. ¿Cuáles son las acciones que se deberían realizar para responder a esos desafíos? En el libro podemos comprobar que ese esquema tripartito se mantuvo durante las deliberaciones de Aparecida, que se realizaron luego que finalizó el proceso de reflexión en las comunidades.
Las Iglesias locales, esparcidas por todo el continente, fueron las que protagonizaron, con la participación activa de todo el Pueblo de Dios, la primera etapa de la gestación del libro de Aparecida. Esa etapa finalizó cuando se recogió y sintetizó la contribución que realizaron esas comunidades. Esa síntesis la elaboró, obviamente, un grupo de expertos, a los que se ha convocado para esa tarea, con la consigna de reflejar con fidelidad el pensamiento de quienes intervinieron en los debates. Además, durante ese tiempo, se celebraron más de veinte seminarios y congresos a nivel continental, cuya contribución se recogió en respectivas publicaciones. Así llegamos a las puertas de la Asamblea, que el Papa Benedicto XVI convocó e inauguró el 13 de mayo del año 2007, en Aparecida. Antes de pasar a la etapa siguiente, considero importante reiterar el valor que significa la participación activa y responsable de toda la comunidad eclesial en la gestación y elaboración del documento. Porque el punto de partida y el modo de hacer las cosas, se transforma en fuente que ilumina la presencia y actuación de la Iglesia católica en la vida de los pueblos de América Latina y El Caribe.
El otro momento importante fue la realización de la Asamblea propiamente dicha. Fue una asamblea de naturaleza episcopal, no obstante participaron en ella, además de los 160 obispos, 105 que no eran obispos. Este dato pone de manifiesto una significativa representatividad de la entera comunidad eclesial. Entre los participantes quisiera mencionar una destacada presencia de fieles laicos, de representantes de otras confesiones cristianas y del judaísmo. La reflexión de la asamblea estuvo acompañada de un grupo de peritos, entre los cuales había obispos, religiosos y religiosas, laicos y laicas, con especialidades en teología dogmática, bíblica y pastoral; en eclesiología y espiritualidad, en filosofía y en ciencias sociales. Este panorama nos revela la y diversidad que tuvo la Asamblea de Aparecida.
La asamblea sesionó durante 19 días. Cada participante tenía consigo la síntesis de las aportaciones que provenían de los dos años de trabajo previos en las comunidades de la región, de los seminarios que habíamos mencionado anteriormente, de las universidades y de otros centros de investigación. Además, cada participante tenía la posibilidad de estar conectado en tiempo real con los asesores que libremente quería consultar. La dinámica de trabajo que se implementó respetaba las normas universales que rigen toda asamblea, estableciendo la soberanía del voto por mayoría simple o calificada; la elección del tema y del programa; la conformación de las comisiones de trabajo en orden a los diversos núcleos temáticos; la votación por parte de las comisiones y de la asamblea de los respectivos textos, que se elaboraban para su aprobación o desaprobación. Durante el proceso de elaboración hubo cuatro redacciones sucesivas, cada una de ella sometidas a la votación de la asamblea y sujeta a todas las eventuales modificaciones que los participantes, en forma individual o grupal, consideraban importante introducir al texto. En fin, comparto estos aspectos para mostrar el espíritu de libertad, de diálogo y de encuentro, con el que estaba impregnada la asamblea, que dio como fruto el libro del que estamos hablando.

Una visión global sobre el contenido de Aparecida
En primer lugar, debemos recordar la razón por la cual se convocó esta asamblea. La Iglesia, cuando se reúne, cualquiera sea la naturaleza de la reunión, lo hace básicamente por tres motivos: para alabar a Dios y agradecer el don de la fe y la vida; para reconocer humildemente que no estuvo a la altura de la fidelidad al mensaje del Evangelio de Jesucristo y disponerse a escucharlo de nuevo y acogerlo más responsablemente; y, finalmente, para discernir y ponerse de acuerdo en las líneas de testimonio y acción que se derivan luego de haber profundizado el encuentro con Jesús. En síntesis, todo encuentro eclesial se orienta a renovar el ardor de la misión, como sucedió con el que se realizó en Aparecida. Por ello, al finalizar la reunión, se acordó unánimemente convocar a una Misión Continental, que abrace con el amor de Dios a todos y especialmente a los pobres y a los que sufren, razón por la cual –se dice en el documento– no podrá separarse de la solidaridad con los necesitados y de su promoción humana integral (2).
En segundo lugar, la necesidad de realizar estos encuentros se produce a causa de los grandes cambios que experimentamos y que afectan profundamente la vida de las personas y de los pueblos (3). Todo cambio debe ser discernido para ver en qué beneficia la vida del ser humano y del ambiente donde habita, y cuáles son los riesgos que eso conlleva. Al respecto, podríamos decir que la reunión de Aparecida es el esfuerzo de reflexión que realizó el pueblo de Dios en América Latina sobre el momento presente. Reflexión que se hizo a la luz de la persona y el mensaje de Jesucristo, con el fin de discernir cuáles son las acciones que corresponden realizar hoy, para ser fieles a lo que Dios quiere para los hombres y mujeres de este continente. O dicho con las palabras del texto de Aparecida, la finalidad que se propone la asamblea es “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Con los ojos iluminados por la luz de Jesucristo resucitado, podemos y queremos contemplar al mundo, a la historia, a nuestros pueblos de América Latina y El Caribe, y a cada una de sus personas” (4).
La visión que brinda el libro sobre la realidad que viven los pueblos de este continente, es una visión iluminada por la fe. Eso no quiere decir que prescinde de la razón, sino todo lo contrario. La cooperación de las ciencias, en su más amplia expresión, es una contribución altamente valorada y beneficiosa en la vida de la Iglesia. Por ello, cuando se trata de interpretar los signos que revelan la aparición de una nueva época con sus desafíos y exigencias, es necesario recurrir también a la aportación que ofrecen las ciencias sociales y la filosofía. En efecto, la asamblea que dio origen al libro, tal como lo habíamos adelantado, contó con el asesoramiento de expertos en las diversas disciplinas, sobre todo en temas como la vida, la familia, el medio ambiente, la política y la economía.
Y en tercer lugar, veamos el panorama general del contenido del libro. Se divide en tres partes, con sus respectivos títulos, que son de por sí muy elocuentes: 1. La Vida de nuestros pueblos hoy. 2. La Vida de Jesucristo en los discípulos misioneros. 3. La Vida de Jesucristo para nuestros pueblos. Como podemos notar, el factor común es la vida, porque de ello se trata: Jesucristo es Camino, Verdad y Vida, y por Él, con Él y en Él, tenemos más y mejor vida en esta tierra y la promesa de una vida plena en el cielo. La primera parte del libro se abre con una confesión gozosa que nace del corazón creyente de la Iglesia. Luego, desde esa perspectiva, iluminada por la fe, se realiza un análisis de la realidad sociocultural, económica, sociopolítica, del cuidado de la naturaleza, de la presencia de los pueblos indígenas y afroamericanos y, finalmente, se examina la situación de la Iglesia en esta hora histórica de grandes desafíos.
La segunda parte está dedicada a la iluminación teológica, donde empieza reconociendo, ante todo, el don de la fe y la alegría de la misión que de allí se deriva. A continuación, desarrolla la buena noticia que proviene de la fe sobre la dignidad humana, sobre la familia y la vida, sobre la actividad humana; profundiza la vocación y la misión de los creyentes; y concluye proponiendo las grandes líneas del itinerario formativo de los discípulos misioneros, destacando la importancia que tiene la formación en dicho itinerario.
Y la tercera y última parte, está dedicada a la misión, que deberá estar al servicio de la vida, de la vida plena –el Reino de Dios–, y de la promoción de la dignidad humana. Por eso, en esta parte se detiene en la justicia social, en los pobres y excluidos, en identificar los rostros sufrientes que vemos en las personas que viven en la calle, en los migrantes, enfermos, adictos, y detenidos en las cárceles. Luego se examina realidades que tienen especial relevancia en los últimos tiempos, como son el matrimonio y la familia; los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos; las mujeres y la responsabilidad del varón y padre de familia; la cultura de la vida, el cuidado del medio ambiente. El último capítulo se cierra con la cultura de nuestros pueblos, donde se reflexiona sobre la educación, la pastoral de la comunicación social, la vida pública, la integración de los indígenas y afroamericanos, para concluir con una motivación sobre la reconciliación y solidaridad.
A modo de ejemplo, veamos algunas observaciones de la primera parte del documento, sobre el momento social y político del continente. Al respecto, se constata que en América Latina se da “un cierto progreso democrático (…) pero se observa “con preocupación el acelerado avance de diversas formas de regresión autoritaria por vía democrática que, en ciertas ocasiones, derivan en regímenes de corte populista”, y declara que “es necesaria una democracia participativa” (5). Sin embargo, se nota “una presencia más protagónica de la Sociedad Civil y la irrupción de nuevos actores sociales”, con lo cual “se está fortaleciendo la democracia participativa, y se están creando mayores espacios de participación política”. No obstante, se advierte que “no faltan actuaciones que radicalizan las posiciones, fomentan la conflictividad y la polarización extremas (…) lo que a la larga, puede frustrar y revertir negativamente sus esperanzas (6). ” Por otra parte, se aprecia un esfuerzo de los Estados por definir y aplicar políticas públicas en varios campos de la vida social, lo cual “refleja que no puede haber democracia verdadera y estable sin justicia social, sin división real de poderes y sin la vigencia del Estado derecho (7)”.
El documento también advierte “como un gran factor negativo en buena parte de la región, el recrudecimiento de la corrupción en la sociedad y en el Estado, que involucra a los poderes legislativos y ejecutivos en todos los niveles” (8). Se manifiesta la preocupación por el crecimiento del desencanto por la política, particularmente por la democracia en amplios sectores de la población, especialmente entre los jóvenes, por el incumplimiento de las promesas de una vida mejor y más justa. Se observa deterioro en la convivencia armónica y pacífica por el crecimiento de la violencia, que alcanza límites extremos en los asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera (9). Es preocupante el hecho que “algunos parlamentos o congresos legislativos aprueban leyes injustas por encima de los derechos humanos y de la voluntad popular, precisamente por no estar cerca de sus representados ni saber escuchar y dialogar con sus ciudadanos, por también por ignorancia, por falta de acompañamiento, y porque muchos ciudadanos abdican de su deber de participar en la vida pública” (10). Aquí tenemos una muestra del pensamiento acerca de la realidad sociopolítica del continente, que se fue gestando en el Pueblo de Dios durante el período de preparación de la Asamblea, y que luego fue asumido y profundizado en la reunión de Aparecida.
Espero que el ‘sobrevuelo’ que hicimos sobre el contenido del Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, despierte en ustedes el deseo de leerlo. Y por último, quisiera finalizar esta exposición con algunas palabras de ese escrito que nos sirven de impulso y entusiasmo para la misión: “Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vida de sentido, de verdad y de amor, de alegría y de esperanza. No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia” (11).
El libro se cierra con una hermosa oración del beato Juan Pablo II, de cual extraigo unos pocos versos, que se abren evocando a la Madre de Dios: “Guiados por María, fijamos los ojos en Jesucristo, autor y consumador de la fe, y le decimos con el Sucesor de Pedro: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado” (Lc 24, 29). Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo más densas las sombras, y tú eres la Luz. Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día, cuando en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares, para que sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural. Quédate, Señor, con aquéllos que en nuestras sociedades son más vulnerables; quédate con los pobres y humildes. Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que son la esperanza y la riqueza de nuestro Continente, protégelos de tantas insidias que atentan contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas. ¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos! ¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!” .

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

Notas:
(1)
PAPA FRANCISCO, Catequesis a la Diócesis de Roma, 18 de junio de 2013.
(2) Cf. Documento conclusivo de Aparecida, n. 550.
(3) Cf. Ibídem, nn. 33-42.
(4) Ibídem, n. 10 y 18.
(5)  Ibídem, n. 74.
(6) Ibídem, n. 75.
(7) Ibídem, n. 76.
(8)  Ibídem, n. 77.
(9) Ibídem, n. 78.
(10) Ibídem, n. 79.
(11) Ibídem, n. 548.

 
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