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2013-08-05 | 
 Homilía en la Misa de Acción de gracias por la JMJ
 Iglesia Catedral, 3 de agosto de 2013
Hoy nos reunimos alrededor de la mesa de la Palabra y de Eucaristía para dar gracias a Dios por la maravillosa experiencia de fe que hemos vivido en la Jornada Mundial de la Juventud, en Río de Janeiro. Pero, al mismo tiempo, estamos aquí para poner en práctica inmediatamente la provocación que nos hizo el Papa Francisco de “hacer lío”. Pero un ‘lío’ en serio, no sólo la revuelta pasajera que luego deja todo como está. Todos los que fuimos a la Jornada entendimos lo que dijo el Papa, nos impactó y nos quedó grabado en la memoria, porque fue una de las frases más repetidas luego en los reportajes que les hicieron a los jóvenes: “Hagan lío, jueguen para adelante, vayan al frente”. Palabras que no fueron dichas sólo para los jóvenes, sino para todos, para los niños, los adultos y los ancianos. A partir de ahora, ningún cristiano, puede dejar de hacer lío, si quiere ser coherente con su fe. ¿Pero qué quiso decir el Papa con esa frase?
Anttes de recordar lo que dijo el Santo Padre, vayamos a la Palabra de Dios que acabamos de escuchar. El Papa y cada uno de nosotros, queremos escuchar a Dios y ser fieles a Él, a su Palabra, que siempre ilumina la vida, también a la hora de hacer ese “lío” al que nos invitó Francisco. La primera lectura nos recuerda que todo es vanidad. El sabio autor reflexiona sobre la vida y dice que nada en este mundo tiene consistencia, todo pasa: “¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!” (1). Y tiene razón, no vale la pena poner el corazón en las cosas, porque éstas nunca podrán satisfacer los anhelos de vida y felicidad del hombre. En cambio, si miramos alrededor nuestro, todo nos invita precisamente a lo contrario: consumí, disfrutá, date los gustos ahora, pero cuidáte. En el Evangelio de hoy, Jesús es aún más contundente con el rico insensato, a quien la cosecha abundante lo llevó a pensar: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida” (2). Ante esta ‘vanidad, pura vanidad’, cuenta Jesús en la parábola que “Dios le dijo: “insensato esta misma noche vas a morir, ¿y para quién será lo que has amontonado?” (3).
Ahora bien, ante esa propuesta insensata, que deja afuera de la mesa de los bienes comunes a mucha gente, especialmente a los niños, jóvenes y ancianos, el Papa Francisco propone hacer lío, jugar para adelante, ir al frente. En el encuentro con los jóvenes argentinos el Santo Padre Francisco les habló así: ¿Qué es lo que espero como consecuencia de la Jornada de la Juventud? Espero lío. Quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos. Las parroquias, los colegios, las instituciones son para salir. Y más adelante añadió: La fe en Jesucristo no es broma, es algo muy serio. Es un escándalo que Dios haya venido a hacerse uno de nosotros, es un escándalo que haya muerto en la cruz. La cruz sigue siendo escándalo, pero es el único camino seguro. Por favor, ¡no licúen la fe en Jesucristo! ¡La fe es entera, no se licúa, es la fe en Jesús!, es la fe en el hijo de Dios hecho hombre que me amó y murió por mí. Y concluyó pidiendo a los jóvenes: Que no se olviden: hagan lío, cuiden los dos extremos de la vida, los dos extremos de la historia de los pueblos que son los ancianos y los jóvenes, y no licúen la fe.
En la homilía de la bienvenida a la JMJ, el Papa Francisco habló de la fe. Inició su reflexión a partir del lema brasileño que inspiró la preparación de esa Jornada: “Bota fe”, “Pon fe”. ¿Qué significa "Pon fe"? –se preguntó el Santo Padre y se respondió diciendo– Cuando se prepara un buen plato y ves que falta la sal, "pones" sal; si falta el aceite, "pones" aceite… "Poner", es decir, añadir, echar. Lo mismo pasa en nuestra vida, queridos jóvenes: si queremos que tenga realmente sentido y sea plena, como ustedes desean y merecen, les digo a cada uno y a cada una de ustedes: "pon fe" y tu vida tendrá un sabor nuevo, tendrá una brújula que te indicará la dirección. ¡Pon fe, pon esperanza, pon amor! Hoy les digo con fuerza: "Pon a Cristo" en tu vida y encontrarás un amigo del que fiarte siempre; "pon a Cristo" y verás crecer las alas de la esperanza para recorrer con alegría el camino del futuro; "pon a Cristo" y tu vida estará llena de su amor, será una vida fecunda.
Hoy me gustaría que todos nos preguntásemos sinceramente: ¿en quién ponemos nuestra fe? ¿En nosotros mismos, en las cosas, o en Jesús? Tenemos la tentación de ponernos en el centro, de creer que nosotros solos construimos nuestra vida; o que es el tener, el dinero, el poder lo que da la felicidad. Pero no es así. La juventud tiene que ser fuerte, alimentarse de su fe y no empacharse de otras cosas. Miren, queridos amigos, la fe lleva a cabo en nuestra vida una revolución que podríamos llamar copernicana, porque nos quita del centro y pone en él a Dios; la fe nos inunda de su amor que nos da seguridad, fuerza, esperanza. Aparentemente no cambia nada, pero, en lo más profundo de nosotros mismos, todo cambia.
En nuestro corazón habita la paz, la dulzura, la ternura, el entusiasmo, la serenidad y la alegría, que son frutos del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22) y nuestra existencia se transforma, nuestro modo de pensar y de obrar se renueva, se convierte en el modo de pensar y de obrar de Jesús, de Dios.
También tú, querido joven, querida joven, puedes ser un testigo gozoso de su amor, un testigo entusiasta de su Evangelio para llevar un poco de luz a este mundo nuestro.
Puedo asegurarles que los jóvenes captaron el mensaje y reaccionaron con un entusiasmo que es difícil describir con palabras, como lo dicen ellos mismos. Un entusiasmo del que nos contagiamos todos. Les comparto un testimonio que recibí de dos peregrinas sobre cómo vivieron la jornada. Una de ellas dijo que la marcó la cercanía del Papa, poder sentirlo nuestro. Su firmeza al hablar y su constante forma de enseñar con cada mínimo detalle, tanto en sus actos como en sus palabras, y su entrega profunda a Dios, sentir que todo lo que venía de él era fruto de esa entrega y de la gracia divina, su sabiduría, su fortaleza y, al mismo tiempo, su sencillez y humildad. Me sentí Iglesia joven que alaba a Dios en todos los idiomas, un verdadero Pentecostés actual. Presenciar cómo la fe une corazones por más que lo único que podamos entender del otro es que ama a Cristo, pero sólo eso bastaba para que lo recibas como tu hermano. La felicidad, la alegría, el poner en manos de Jesús y María cada uno de nuestros esfuerzos y el cansancio para transformar todo en una sonrisa, en música, en una hermosa canción de vida.
El otro testimonio decía que tenemos un líder que es reflejo de Dios, algo de lo cual los jóvenes estábamos necesitados, hambrientos. El Papa nos trajo un aire tan nuevo y lleno de amor de confianza. Es Pedro, es Padre y es amigo, es un joven más. Es nuestro, es de todos. Él, si bien es argentino, pasó a ser de todos porque su mensaje es la respuesta del mismo Cristo para nuestro tiempo. Es cercano, claro, amoroso pero firme, sólido, contundente. No te genera sólo una emoción momentánea, como decir “hay que lindo”. No, te genera ese querer ir a conquistar el mundo. Nos dio un impulso de movimiento tan grande que, creo con toda seguridad que esos millones de jóvenes van a ser causa de muchos milagros. Ahora no nos para nadie, esta juventud sale a hacer lío, remató el testimonio.
Quisiera concluir, recordando con ustedes el envío a la misión del Papa Francisco. Vayan, sin miedo, para servir. Siguiendo estas tres palabras experimentarán que quien evangeliza es evangelizado, quien transmite la alegría de la fe, recibe alegría. Queridos jóvenes, cuando vuelvan a sus casas, no tengan miedo de ser generosos con Cristo, de dar testimonio del evangelio y de ir a contracorriente. ¡No tengan miedo a lo que Dios pide! Vale la pena decir "sí" a Dios. ¡En Él está la alegría! Esto lo confirmó una peregrina con su propio testimonio diciendo: A felicidade com Deus não tem fim. Amén.

  Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

Notas:
(1) Eclesiastés 1,2.
(2)
Lucas, 12,19.
(3)
Lucas, 12, 20.




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