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2013-08-05 | 
 Homilía para la Misa de la Peregrinación de los Trabajadores
 San Cayetano, 4 de agosto de 2013

  Hoy damos gracias a Dios porque nos ha dado el regalo de poder realizar la Peregrinación de los Trabajadores, acompañados de sus familias. Hemos venido de los diversos lugares de la ciudad y de los entornos hasta el Santuario de San Cayetano, para agradecer su intercesión por el pan y el trabajo, para suplicarle por aquellas personas y familias a las que no llega el pan o éste es insuficiente, sobre todo cuando se trata de que alcance para satisfacer la nutrición básica de nuestros niños; para pedirle por un trabajo digno, un trabajo que nos ayude a crecer como personas y como cristianos, nos haga más solidarios unos con otros y colaboradores generosos en la obra que Dios Padre y Creador confió en nuestras manos.
Ser peregrino es todo lo contrario de lo que hizo el hombre de la parábola, que escuchamos en el Evangelio. Éste decidió instalarse en la riqueza que había acumulado a lo largo de los años, pero se equivocó. El grave error que cometió ese hombre fue pensar que asegurándose un porvenir material iba a disfrutar de una vida tranquila y placentera. Sin embargo, la Palabra de Dios nos advierte que la vida no se puede asegurar con las riquezas. Pero pongamos atención en quién narra esta parábola: es Jesús, el hijo del carpintero. Él tenía experiencia de trabajo y de ganancias, de previsión y de gastos; pero además, era el Hijo de Dios, Peregrino del Padre, que vino hasta nosotros para enseñarnos el sentido que tiene la actividad humana y para qué debe servir el producto de nuestro esfuerzo. Es importante que destaquemos la autoridad de su Palabra, para que nos animemos a confiar en ella y a ponerla en práctica.
El Papa Francisco, en la reciente encíclica sobre la fe, explica que “quien no quiere fiarse de Dios se ve obligado a escuchar las voces de tantos ídolos que le gritan: «Confía en mí» con la trágica demanda de exigir el precio de la vida entera” (1). Por eso, la encíclica insiste en recordar que la fe consiste en el encuentro personal y liberador, cuya iniciativa parte de Dios, que se revela como alguien de quien vale la pena fiarse y confiar en Él. Ese es el Dios se revela en Jesús, el mismo que hoy en la Iglesia, y en esta peregrinación de los trabajadores, se dirige a nosotros con su palabra, para que confiemos en ella, y dejemos que esa palabra oriente el rumbo de nuestra vida.
Y ahora volvamos al ejemplo del hombre rico. El texto nos asegura que poseía mucho más de lo que necesitaba. Entonces pensó que lo mejor era agrandar sus depósitos y asegurarse definitivamente el futuro. Pero no pensemos solo en el que tiene mucho, sino también en el que tiene poco y se desespera por tener más solo para tener más. Una persona que vive motivada sólo por el dinero y las cosas materiales, tarde o temprano arruina su vida, porque termina identificándose con los objetos que acumula. Por eso, el que posee mucho o el que posee poco, pero lo tiene por así decir, mal, se lo ve continuamente contando cuánto hay en las arcas y cómo se puede hacer para aumentarlo.
Ese modo malsano de tratar las cosas, ya se trate de dinero, de bienes, de poder; o del alcohol, la droga, el sexo, conduce a las personas a un grave desequilibrio espiritual, y con frecuencia también a la destrucción física de sus cuerpos. Además del daño que se ocasionan a sí mismos, producen un enorme perjuicio a su alrededor. Pensemos, por ejemplo, una persona adicta al juego, al alcohol o a la droga, y que tenga a cargo una familia; o, un funcionario público, adicto al poder, cuya responsabilidad debería conducirlo a utilizar el poder para el servicio al bien de la gente; o un empresario o ganadero, cuya única preocupación fuera hacer plata o agrandar los campos.
En otras palabras, el que amontona por amontonar, contagia esa enfermedad a los demás. Hay padres de familia que vivieron movidos solo por la codicia de acumular riquezas y que luego sus hijos, con ese mal ejemplo, padecieron el mismo mal. El pecado de la codicia divide, enfrenta y finalmente destruye a sus víctimas. Así el maligno consigue su victoria: endemoniar al ser humano mediante la fantasía de pensar que las cosas materiales aseguran el bienestar, quitándole su dignidad de hijo de Dios.
Ese mal, si atendemos a la parábola de Jesús, está ejemplificado en el hombre rico, cuando éste orienta mal su pensamiento. En efecto, Jesús cuenta que ese hombre “se preguntaba a sí mismo: ¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Con ese pensamiento dio el primer paso en la dirección equivocada: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida” (2). Ante ese peligro, Jesús pone en alerta a todos los que toman ese rumbo y advierte: “«Pero Dios le dijo: insensato, esta misma noche vas a morir». Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios” (3). Por eso, el Papa Francisco es contundente cuando afirma que “el dinero debe servir, no gobernar”. Cuando los intereses se colocan por encima del bien de las personas, tenemos el trabajo esclavo, el empleo sin las condiciones adecuadas para la salud y la seguridad del trabajador, una remuneración insuficiente e injusta, y unas políticas que promueven vivir sin trabajar, un mal que se ha propagado y está provocando un enorme daño en la sociedad.
Para superar esos intereses particulares, pongamos atención en las palabras que dirigió el Papa Francisco durante los días que estuvo en la Jornada Mundial de la Juventud, en Brasil: “Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta es siempre la misma: Diálogo, diálogo, diálogo. El único modo de que una persona, una familia, una sociedad, crezca; la única manera de que la vida de los pueblos avance, es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos pueden recibir algo bueno a cambio. El otro siempre tiene algo que darme cuando sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios. Sólo así puede prosperar un buen entendimiento entre las culturas y las religiones, la estima de unas por las otras sin opiniones previas gratuitas y en el respeto de los derechos de cada una. Hoy, o se apuesta por la cultura del encuentro, o todos pierden; seguir la vía correcta hace el camino fecundo y seguro”.
Queridos hermanos trabajadores y trabajadoras, además de agradecer el pan y el trabajo, y de pedirlo para los que no lo tienen, pidamos a Dios, por intercesión de nuestro querido San Cayetano, que nos dé la gracia del diálogo y nos enseñe a promover la cultura del encuentro, en el matrimonio y la familia, en nuestras instituciones barriales, en la escuela y en la parroquia, en los clubes, en el ámbito del quehacer político y, sobre todo, en este tiempo que resta de la campaña electoral.
Y por último, pidamos a Jesús que no nos pase como al rico insensato, quien acumuló riquezas para sí, y no era rico a los ojos de Dios. Dejémonos guiar más bien por la enseñanza de San Pablo, que en la segunda lectura nos invita a “tener el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no las de la tierra”, para que iluminados por la luz de la fe sepamos orientar las cosas de la tierra para el bien de todos y para gloria de Dios. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

Notas:
(1) Lumen fidei, n. 13.
(2) San Lucas, 18,19.
(3) San Lucas, 20,21.





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