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2013-08-16 | 
 Homilía para la Misa de Profesión Solemne de la Hna. María Pía OSC
 Monasterio de Santa Clara, Corrientes, 15 de agosto de 2013
  Estamos asistiendo a un acto solemne en el cual una joven mujer va a ser tomada como esposa por Jesús, el Esposo eternamente joven. Por la eterna juventud del Esposo, el compromiso de la joven también es perpetuo, es decir, para siempre. Dijimos que va a ser tomada por esposa, porque la iniciativa de desposarla fue de Jesús, Él es quien elige y llama, dejando muchas veces perpleja y sin respuesta a la joven que le toca en gracia oír su voz y quedar seducida por su invitación. Esto no es fabulación o una especie de construcción fantasiosa que compensaría los deseos de felicidad que hay en el ser humano, sino una realidad vivida intensamente por una multitud de mujeres y varones a lo largo de los siglos. Si todo se redujera a mera fantasía, una comunidad de mujeres consagradas jamás podría ser un punto de encuentro y un oasis paz y de oración para muchos.
Dios es lo más real que tenemos en la vida. Todo lo demás es pasajero e inconsistente. ¿Qué sentido tienen el afán y las preocupaciones cotidianas, si al final no hay nada? Más aún, supongamos que al término de la vida hubiera algo, pero que en realidad desconocemos de qué se trata, ¿tiene sentido ocuparse de eso ahora? Es triste escuchar a un pensador contemporáneo decir que el único sentimiento que tiene hacia el futuro es la incertidumbre. En cambio, qué bello y consolador es tener la certeza de que Dios nos abraza con su amor; y que Jesús es una Persona real y viva, y no un dios que se esfuma en el ambiente como un spray, diría el Papa Francisco.
El Evangelio en la fiesta de la Asunción de la Virgen María nos muestra la realidad concreta de nuestro Dios: María está embarazada de Él y estando de seis meses se pone camino para ayudar a su prima Isabel. María es Virgen y Madre. En esta aparente contradicción hay una verdad muy profunda: solo el Amor de Dios puede colmar y hacer fecunda la vida del ser humano. A ninguna criatura se le puede decir: ‘soy todo tuyo’, o ‘sos toda mía’. Esas expresiones son, en todo caso, solamente figurativas, un modo de hablar. En cambio, cuando un hombre o una mujer expresa delante de Dios su respuesta de amor total hacia Él, esa respuesta deja de ser una expresión solo figurativa y se convierte en lo más real que existe en este mundo y en el venidero. Por ello, el carácter virginal y esponsal es propio de todo ser humano, porque todos venimos de Dios y estamos orientados hacia Él.
Sin embargo, esa entrega total a Dios que se manifiesta en la vocación a la virginidad, no anula la maternidad, todo lo contrario, la potencia. Otra vez la figura de María Virgen embarazada y de camino a servir a su prima, es un modelo de virginidad consagrada a Dios y al prójimo. La clarisa, mediante su consagración virginal, al mismo tiempo que entrega toda su vida a Jesús, se integra a la fraternidad con las otras hermanas, para ponerse al servicio de ellas y no para vivir cómodamente sin esposo y sin hijos. En ese sentido, Santa Clara exhorta a sus hermanas a que “se amen mutuamente con la caridad de Cristo, muestren exteriormente por las obras el amor que tienen interiormente, para que, estimuladas por este ejemplo, las hermanas crezcan siempre en el amor de Dios y en la mutua caridad” (1). Así, la fraternidad de las hermanas, con el testimonio de su vida de fe, se convierte en un foco de luz y de gracia para la Iglesia y para el mundo.
El Papa Benedicto, dirigiéndose a las comunidades contemplativas, advertía que “El mundo de hoy está con frecuencia demasiado preocupado por las actividades exteriores, en las que corre el riesgo de perderse. Los contemplativos y las contemplativas, con su vida de oración, escucha y meditación de la Palabra de Dios, nos recuerdan que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (cf. Mt 4,4). Por tanto, todos los fieles han de tener muy presente que una forma de vida como ésta «indica al mundo de hoy lo más importante, más aún, en definitiva, lo único decisivo: existe una razón última por la que vale la pena vivir, es decir, Dios y su amor inescrutable» (2).
La presencia de Dios se manifiesta siempre como plenitud de vida y misión, es decir, como don y tarea. Por ello, el desposorio virginal de María Pía es una respuesta a Jesús que la elige y llama entregarle toda su vida a Él, como lo hace también Él hacia ella. Como decíamos al inicio, Jesús elige, llama y promete. Su promesa no es algo que Él reserva solo para después de esta vida, sino que ya está presente durante nuestra peregrinación terrena, aunque todavía no plenamente. Se trata de la promesa que hizo Jesús a los que lo han dejado todo y lo han seguido: “Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo recibirá el ciento por uno (…) en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la vida eterna” (3). ¿En qué consiste esa promesa? En el amor, que es Él mismo. Como dice San Agustín: nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti.
Sin embargo, en esa promesa hay una sombra que aparece en la frase algo enigmática de Jesús: “en medio de las persecuciones”. Son los ‘dolores de parto’ que acompañan la vida nueva en Cristo, cuya dinámica se desarrolla con la cruz a cuestas y la confianza puesta en el Crucificado. La clarisa se mira en ese espejo, en cuyo centro contempla a Jesucristo pobre y crucificado. En el crucifijo de San Damián, “el Cristo de los grandes ojos que habían fascinado a Francisco, se transformaron en el «espejo» de Clara. No por casualidad el tema del espejo le resultará muy querido y, en la IV carta a Inés de Praga, escribirá: «Mira cada día este espejo, oh reina esposa de Jesucristo, y escruta en él continuamente tu rostro» . Allí, querida Hna. María Pía, está todo lo que necesita el corazón de una clarisa para ser dichosa y poder alabar a Dios, exclamando junto con María, Virgen y Madre: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios mi Salvador”. Y luego, partir en seguida, sin andar perdiendo el tiempo en cosas superficiales, y ponerse al servicio de las hermanas para lo que necesiten, y para estar con el Señor. Él te eligió como esposa y quiere conducirte amorosamente a vivir en plenitud tu consagración. No le tengas miedo, vale la pena, en realidad, es lo único que realmente vale la pena. Amén.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

NOTAS:
(1) CLARA DE ASÍS, Testamento, n. 59-60.
(2) BENEDICTO XVI, Verbum Domini, n. 83.
(3) Mc 10, 29-30.




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