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2013-09-03 | Reflexión para el Encuentro Regional de la Pastoral Familiar del NEA
Estilo pastoral en el Año de la fe
Resistencia, 24 de agosto de 2013
Introducción

Las Orientaciones Pastorales para el trienio 2012-2014, que promulgó la Comisión Permanente del Episcopado Argentino el 7 de marzo de 2012, tienen como finalidad “responder a la necesidad de contar con una herramienta programática que nos ayude a tener algunas “políticas pastorales” estables y a largo plazo, a partir de la centralidad del Año de la fe”. Todo ello enmarcado en un determinado estilo pastoral, al cual dedican una especial atención.
¿A quiénes van dirigidas esas Orientaciones? En la mencionada carta se aclara que “[Las Orientaciones] pueden ser un buen material para trabajar con el Consejo Pastoral Diocesano, esperando que sea conocido también por todos los sacerdotes, religiosos/as, los agentes de pastoral más comprometidos con las acciones evangelizadoras ordinarias”. Pues, aquí nos encontramos agentes de pastoral comprometidos en la pastoral familiar del NEA, por consiguiente, esas Orientaciones nos interesan.
¿Cuáles son los principales acentos de las Orientaciones? Ya desde el comienzo de las Orientaciones se valora y reconoce que “la convocatoria del Santo Padre al Año de la fe ha posibilitado mirar, con ojos nuevos, la misión que nos ha sido confiada” y “unificar las tareas evangelizadoras en estrecha vinculación con la Nueva Evangelización y la Misión Continental” (1). El cuerpo central del documento aparte de la Introducción y la Conclusión, cuenta con tres capítulos (2): 1. El Año de la Fe; 2. Estilo pastoral; y 3. Ámbitos pastorales prioritarios.
Nos vamos a detener en el estilo pastoral, pero antes veamos, aunque sea someramente los otros dos capítulos. El primero, el Año de la fe, desarrolla tres puntos: a) La Fe como encuentro personal con Cristo; b. El conocimiento de los contenidos de la fe para dar el propio asentimiento; y c) La profesión y comunicación de la Fe. Por otro lado, en el tercer capítulo se presentan cuatro ámbitos pastorales prioritarios: a) Iniciación cristiana; b) Evangelización de la cultura; c) Pastoral vocacional; y d) Gestos misioneros con ocasión del “Año de la Fe”.

El estilo pastoral es esencialmente vincular
Hay un estilo cristiano que caracteriza y define la pastoral del vínculo. Ese Estilo pastoral –según leemos en las Orientaciones– debe distinguirse por la alegría, el entusiasmo y la cercanía, como consecuencia de vivir el encuentro personal con Cristo Resucitado y la fe en él (3). Allí se afirma que la alegría proviene de la experiencia de un Dios activo en mí, (en-theos), es decir, que lleva un dios adentro. Por ello, “la nueva evangelización requiere de agentes evangelizadores entusiastas, que confían en la fuerza del Espíritu que habita en cada uno y lo impulsa desde dentro para anunciar el Evangelio” (4).
La misión es relación, porque parte de la visión sobre el Dios de Jesús que sale de sí mismo y se hace cercano y amigo del hombre. Por eso, el estilo de Jesús se distingue por la cercanía cordial. Desbordado de gozo por ese encuentro, el discípulo busca acercarse a todos con ese estilo para compartir su alegría, generando relaciones interpersonales que susciten, despierten y enciendan el interés por la verdad (5).
Así como ese determinado estilo pastoral parte de la fe y tiene como eje principal el encuentro, el vínculo con el otro; así también la Misión continental es vista desde el prisma de la relación, a tal punto que se llega a definir la misión como ‘relación’, como ‘vínculo’ que siempre tiende a la comunión. Para la nueva evangelización, el criterio de la comunión, es el punto de partida y de llegada. La Iglesia se manifiesta como una realidad de comunión misionera. Ese espíritu es el que propone nuestro episcopado en la Carta pastoral con ocasión de la Misión continental, donde se explica que “en la tarea pastoral ordinaria la gran “conversión pastoral” pasa por el modo de relacionarse con los demás. Es un tema “relacional”. Importa el vínculo que se crea, que permite transmitir “actitudes” evangélicas (…) La pastoral, entonces, parece desarrollarse en lo vincular, en las relaciones. (…) Antes de la organización de tareas, importa el “como” las voy a hacer, el modo, la actitud, el estilo. Entonces las tareas son herramientas de un estilo comunional, cordial, discipular, que transmite lo fundamental: la bondad de Dios. (…) Por consiguiente, la misión es relación, es vínculo. La misión lleva a encuentro personal para transmitir a Cristo” (6).
Cuando decimos que la Iglesia es misterio de comunión y misión, y que ese misterio se revela mediante un determinado estilo de relación que Dios establece con su Iglesia, vínculo que es fuente y modelo para todos los demás vínculos que se conforman en la comunidad eclesial, sea los que se cultivan en la pastoral ordinaria, sea los que se orientan a la misión, vale también para la Iglesia doméstica. De ella podríamos decir que es misterio de comunión y misión, y que su realidad se desarrolla fundamentalmente mediante un estilo peculiar de vincularse sus miembros entre sí y con los otros. La familia es una realidad de comunión, que jamás se vuelve sobre sí misma, sino que permanece siempre abierta a la misión. La familia, como la Iglesia, es misión, y lo es tanto y en cuanto se redescubre como una realidad fundada en la fe.

La pastoral del vínculo: desde dónde partir
“Aportes para la Pastoral Familiar de la Iglesia en la Argentina”, a la par que reconoce y analiza la crisis de los vínculos, propone también una pastoral del vínculo. El esquema que sigue el documento parte de la realidad en la que se encuentra el matrimonio y la familia en el actual contexto de cambio cultural. En efecto, el primer capítulo lleva como título: “El Matrimonio y la Familia en el contexto del cambio cultural”.
Sin embargo, quisiera llamar la atención sobre el modo cristiano de situarnos ante la realidad, en este caso referida al matrimonio y la familia. Ese modo se define sustancialmente en el primer paso que damos o con la primera mirada que dirigimos sobre la realidad. Dicho de otro modo, hay un ver cristiano sobre la crisis por la que atraviesa el matrimonio y la familia, como también sobre el gran cambio cultural del fenómeno humano, que trae consecuencias en todos los ámbitos de la convivencia humana. En un período de crisis y de profundos cambios es muy importante ver claro.
A propósito, la encíclica del Papa Francisco profundiza sobre la luz de la fe, de allí el título de que lleva el escrito: Lumen fidei. Ya al inicio leemos allí que “Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado” (7). Lo primero es el acto de fe: “Quien cree, ve”. En otro lugar afirma que también quien cree, comprende; quien cree, conoce; quien cree, ama; quien cree, espera. Aquí nos encontramos en el núcleo del tema: el don de la fe es condición indispensable para que podamos entender y vivir, porque gracias a ella, podemos ver y caminar. Por eso decimos que para comprender el matrimonio cristiano y la familia, es necesario creer.
A la luz de esto podemos recordar las palabras luminosas del Papa Benedicto en Aparecida: “Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo… Quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas” (8). Y, en consecuencia, sostiene que “la primera afirmación fundamental es, pues, la siguiente: sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano” (9). Esto nos ayuda a entender la importancia que tiene el punto de partida para dar el primer paso en la dirección correcta. Depende entonces el ‘desde donde’ parto, cuál es la experiencia fundamental que me proporciona la perspectiva para ver la realidad.
Un ejemplo sencillo y profundo para ilustrar cómo nuestra gente humilde experimenta la luz de la fe que da sentido y plenitud a la vida. “En la puerta de la Basílica de Itatí, una mujer de cierta edad se acercó a los que estábamos en procesión esperando para comenzar la Santa Misa, preguntó por el obispo y le dijo: “Bendígame, Padre, porque estoy perdiendo la vista; pero no importa si pierdo la vista, con tal que no pierda la fe”. La fe es esencial para ver lo esencial: lumen fidei. Esa mujer, al mismo tiempo que renovaba su profesión de fe, hacía un acto de amor y de confianza en Dios: se fiaba de él, podríamos decir también que ‘veía a Dios’, y, viéndolo a Él, tenía ojos para ‘ver’ y comprender su propia situación.
La paradoja de una cultura que parte del individuo y lo coloca como medida exclusiva de su propio yo, está en desconocer que la persona nace como un ser dependiente y relacional por naturaleza. En cambio, Lumen fidei recuerda que “la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro «yo» pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común” (10).
Entonces, ante las amenazas y turbulencias por las que atraviesa el matrimonio y la familia, propia de una época de crisis y de grandes cambios, estamos llamados a una renovación profunda y gozosa de nuestra fe, que nos permita ver con ojos nuevos el don maravilloso que es el matrimonio cristiano y la familia para la humanidad. Tener ojos nuevos significa ver el matrimonio y la familia con la mirada de Jesús. Esa mirada es siempre y ante todo positiva, motivo de alabanza y de gratitud a Dios, dador de todo bien. Ése es el ‘desde donde’, el punto de partida, que necesitamos renovar para poder anunciar con entusiasmo la buena nueva del matrimonio y la familia. Ese punto de partida es un don y como tal configura luego un estilo pastoral.

Confesar, vivir y comunicar la fe cristiana en la familia (11)
En el Encuentro mundial de las Familias, que se celebró en Milán, se dijo que la crisis actual es una crisis antropológica y cultural. Individualismo, hedonismo, relativismo lo invaden todo y reducen horizontes: la persona se reduce al individuo; la felicidad al placer; la familia a residencia de individuos bajo un mismo techo; y el trabajo a mercado de intercambio. Esto lleva a dolorosas consecuencias. Por ello, es necesario ampliar la visión de individuo a persona, como ser relacional y abierto a la trascendencia.
El nivel antropológico y cultural de la crisis remite a otro más profundo que es el religioso. Los síntomas más hondos de la crisis del matrimonio cristiano y la familia hay que buscarlos en el debilitamiento de la vida de fe. Y esa fragilidad sobreviene con una pérdida gradual de la visión cristiana de la vida, en este caso de la vida conyugal y familiar, causada por múltiples factores, entre los cuales debemos colocar una cierta inconsistencia en la formación cristiana y, en consecuencia, una escasa práctica de la vida de fe. En una homilía reciente, el Papa, recodaba que “el matrimonio está unido a la fe, no en un sentido genérico. El matrimonio, como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que viene de dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel hasta la cruz” (12).
La ruptura entre Evangelio y cultura que denunciaba Pablo VI, ahora se constata en forma dramática sobre la concepción cristiana de la familia y la vida, realidades que van estrechamente unidas. Esa ruptura es señal de una profunda crisis de fe. “Ya no podemos considerar la fe como un presupuesto obvio de la vida común, porque de hecho este presupuesto no aparece como tal, sino incluso con frecuencia es negado” –afirmó con razón el Papa en Porta fidei”. Precisamente por eso, la preocupación central del reciente Sínodo fue la ‘transmisión de la fe cristiana’.
Al final de cuentas, la causa principal de la crisis de los matrimonios y de las familias es la misma que percibimos en el sacerdocio y en la vida consagrada: el debilitamiento en la vida de fe. Y cuando ésta disminuye, la vida en lugar de expandirse se repliega sobre sí misma y, como consecuencia, padece también el entusiasmo por la misión, que siempre supone salir al encuentro, dejar la propia orilla, y ‘navegar mar adentro’. La fe solo crece y se fortalece creyendo (13), es decir, llevándola a la práctica.
Las secuelas de ese debilitamiento y aun de pérdida de la fe, se manifiestan en la confusión sobre la identidad del individuo y su dificultad para establecer vínculos duraderos y profundos con los otros. Por eso, en los Aportes para la Pastoral Familiar de la Iglesia en Argentina, como conclusión al análisis sobre el matrimonio y la familia en el contexto del cambio cultural, se llega a constatar dos cuestiones desafiantes para la vida conyugal y familiar: 1. Integración de la autonomía personal y el vínculo relacional; y 2. Nuevo estilo de vinculación del varón y la mujer, de padres e hijos. En ambas cuestiones, atendiendo a los factores culturales que provocan la inestabilidad de los vínculos, el gran desafío es redescubrir el aporte fundamental que proviene de la luz de la fe y la visión cristiana de la vida, e implementar los medios para alimentarla con la enseñanza, es decir, con los contenidos esenciales de la fe, y alentarla con la práctica de esa fe mediante la oración, la Palabra de Dios, los sacramentos y la vida de caridad.
Reavivar la fe significa devolverle una nueva vitalidad. Puesto que la fe es ante todo don y no producto de estrategias pastorales, es necesario suplicarlo. Tanto el Papa Benedicto como el Papa Francisco, coinciden en la importancia primordial de la oración y la adoración. Benedicto XVI afirmaba que la adoración debe anteceder a cualquier actividad: “Antes que cualquier actividad y que cualquier cambio del mundo, debe estar la adoración. Sólo ella nos hace verdaderamente libres, sólo ella nos da los criterios para nuestra acción. Precisamente –concluye constatando– que en un mundo, en el que progresivamente se van perdiendo los criterios de orientación y existe el peligro de que cada uno se convierta en su propio criterio, es fundamental subrayar la adoración” (14).
En el mismo sentido, el Santo Padre en su primera encíclica enseña que en la oración –especialmente en la oración del Padrenuestro– “el cristiano aprende a compartir la misma experiencia espiritual de Cristo y comienza a ver con los ojos de Cristo. A partir de aquel que es luz de luz, del Hijo Unigénito del Padre, también nosotros conocemos a Dios y podemos encender en los demás el deseo de acercarse a él” (15). Todo esto nos conduce a redescubrir y valorar la fe como encuentro personal con Cristo, que se manifiesta como escucha, acogida y envío, y que, en consecuencia, cualifica los vínculos con los otros e ilumina todas las dimensiones de la existencia humana.
Ante la crisis actual, se anuncia la buena nueva de la familia como don de Dios y plenitud de las relaciones interpersonales. “Familia” significa ser útil a alguien: famulus, en latín, de donde proviene el término familia, quiere decir servidor, esclavo, esto es: el que sirve. En Gen 1,27 encontramos la antropología de la «imagen» de Dios: «Dios creó al hombre a su imagen» y enseguida invierte la afirmación insistiendo: «A imagen de Dios lo creó». Y esta imagen se transparenta cuando, por ejemplo, Jesús lava los pies a sus discípulos y ante ese gesto el Papa Francisco invita a que “cada uno de nosotros piense, «¿yo realmente estoy dispuesta, estoy dispuesto a servir, a ayudar al otro?» Pensemos esto, solamente. Y pensemos que este signo es una caricia de Jesús, que hace Jesús, porque Jesús vino precisamente para esto: para servir, para ayudarnos” (16). Este gesto de servicio debe empezar en el matrimonio y extenderse luego a la familia, si queremos construir una ciudad en la que habite la justicia y la paz.
“En un trabajo de investigación que se está llevando a cabo en el Pontificio Consejo para la Familia, se dice que “la Familia es un recurso para la sociedad porque genera virtudes sociales, y esto se realiza cuando la Familia vive según la ética del don. Si observamos el coro de las virtudes, no sólo las ‘grandes’ virtudes –las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cardinales (prudencia, fortaleza, justicia, templanza)– sino también la multitud de las ‘pequeñas’ virtudes de la vida cotidiana (orden, puntualidad, laboriosidad, atención al otro, disponibilidad a la escucha, sinceridad, gratitud, reconocimiento, etc.), vemos que las bases humanas de tales virtudes residen en el ‘humus’ de una vida familiar en la que cada uno se orienta al otro en ‘un cierto modo’, el que llamamos precisamente ‘familiar’, caracterizado por el don recíproco”. Sobre esta base humana, la diferencia cristiana aporta la luz y la belleza de la fe, que transforma al matrimonio cristiano y la familia en la imagen más fiel del Dios Uno y Trino” (17).

Conclusión
En las Orientaciones pastorales del episcopado para estos años establecen como prioridad la familia y la vida y exhortan a “recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas” (18). Y a continuación añade que “En medio de los cambios culturales a los que asistimos, invitamos a encarar una pastoral familiar que acompañe a las familias y las ayude a ser “lugar afectivo” y cultural en el que se generan, se transmiten y recrean los valores comunitarios y cristianos más sólidos y se aprende a amar y a ser amado.”
La realidad cristiana del matrimonio y la familia está unida esencialmente a la fe, que la sostiene y le da sentido. Por eso, el primer síntoma de debilitamiento de esa arquitectura básica de la Iglesia y de la sociedad, que es la familia, se nota en el abandono de la oración y la práctica de la vida cristiana. Por lo tanto, el gran reto al que se enfrenta hoy la familia, es vivirla renovada desde la fe y la práctica de la misma, sobre todo recuperando la oración en la pareja.
En la clausura del VII Encuentro Mundial de las Familias, entre las propuestas luminosas sobre la pastoral familiar, se dijo que para salir al paso de las amenazas a la identidad cristiana de la familia, no hay nada mejor que ser testigos agradecidos, que transmitan mediante el testimonio y con palabras bellas la alegría de estar casados, de tener una familia y valorar la identidad del ser humano creado por Dios varón y mujer.
La conciencia de la magnitud y trascendencia que tiene el don de la familia basada en el vínculo estable entre un varón y una mujer, debe llevarnos a una pastoral familiar intensa y vigorosa.

Mons. Andrés Stanovnik
Arzobispo de Corrientes

NOTA:
(1)
Cf. Orientaciones Pastorales para el trienio 2012-2014, Conferencia Episcopal Argentina, n. 5-6. (2) En el texto de las Orientaciones los capítulos centrales (1, 2 y 3) aparecen con los números II, III, y IV, porque está numerada la Introducción y la Conclusión con los números I y V respectivamente. 
(3) Cf. Orientaciones…, n.16.
(4) Orientaciones…, n. 19.
(5) Orientaciones…, n. 20.
(6) Carta Pastoral de los obispos argentinos con ocasión de la Misión Continental, 20 de agosto de 2009.
(7)  Lumen fidei, n. 1.
(8) BENEDICTO XVI, Discurso inaugural, Aparecida, 13 de mayo de 2007, n. 3.
(9)  Ibídem, n. 3.
(10) Lumen fidei, n. 25. Y más adelante amplía el aspecto relacional de la fe y la importancia de la memoria: “El ser humano proviene de otros, pertenece a otros, su vida se desarrolla en el encuentro con otros. Incluso el conocimiento de sí, la misma autoconciencia, es relacional y está vinculada a otros que nos han precedido: en primer lugar nuestros padres, que nos han dado la vida y el nombre. El lenguaje mismo, las palabras con que interpretamos nuestra vida y nuestra realidad, nos llega a través de otros, guardado en la memoria viva de otros. El conocimiento de uno mismo sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande. Lo mismo sucede con la fe, que lleva a su plenitud el modo humano de comprender. El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia” (n. 38).
(11) El valor del laicado en una misión concreta: la familia, conferencia con ocasión del 30º aniversario de Hogares Nuevos, San Luis, 27 de octubre de 20012.
(12) BENEDICTO XVI, Homilía en la misa de proclamación de doctores de la Iglesia a san Juan de Ávila y a santa Hildegarda de Bingen, 7 de octubre de 2012.
(13) BENEDICTO XVI, Porta fidei, n. 7.
(14) BENEDICTO XVI, Discurso a miembros de la Curia Romana, 22 de diciembre de 2005.
(15)
Lumen fidei, n. 46.
(16)  PAPA FRANCISCO, Homilía en Casal del Marmo, lugar de detención para menores, Roma, 29 de marzo de 2013.
(17) Palabras de inicio a la presentación del tema Familia en la Asamblea plenaria de la CEA, 6 de noviembre de 2012.
(18) Orientaciones…, n. 30.







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