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2013-12-26 | 
 Homilía para la Misa de Nochebuena
 Corrientes, 24 de diciembre de 2013
 
  La Nochebuena inspira calidez, ternura, cercanía y una bondad sin límites. Esa hermosa palabra despierta confianza y borra distancias. Pero es aún mucho más que eso. Es una realidad que sucedió hace dos mil años. Un acontecimiento anunciado por los profetas –como dice la Escritura– al menos con diez siglos de anticipación. ¿Qué sucedió para que esa noche recibiera el privilegio de llamarse ‘Nochebuena’? Hace unos instantes escuchamos el relato del Evangelio de san Lucas sobre lo sucedido. Digamos de paso que el evangelista Lucas era un hombre instruido que se propuso, como él mismo afirma al inicio de su evangelio, escribir un relato ordenado, después de informarse cuidadosamente de todo. Por eso, empieza ubicando los hechos históricamente: en tiempos del emperador Augusto y el gobernador Quirino, con ocasión de un censo de población, etc. No es un cuento, dijo hace pocos días el Papa Francisco, al referirse al nacimiento del Hijo de Dios. Algo inédito y definitivo sucedió esa noche: la bondad de Dios irrumpió en la historia de los hombres y cambió para siempre su rumbo. Es verdaderamente la Nochebuena.
La bondad de esa noche se manifiesto sobre todo a través del signo de la luz. Como sucede en la Vigilia pascual al encender el fuego nuevo, signo de la Vida nueva que nos trae Jesús resucitado. Él es la Luz que disipa las tinieblas de la noche. Su claridad nos devuelve la confianza y la amistad con él y entre nosotros. La Nochebuena, como la Vigilia pascual, despejan los temores que producen la oscuridad y lo desconocido. A unos pastores, que vigilaban por turno a sus rebaños durante la noche, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Esa nueva claridad que ilumina y da sentido a la existencia humana y a toda la creación se concentra en un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Ahí está la razón principal por la que esa noche es Nochebuena. Ya no estamos solos en el universo. Dios está con nosotros y su presencia ilumina todo el espacio de la creación.
La bondad de Dios, la misericordia y ternura que Él siente por los hombres, se manifestó en la extrema sencillez y humildad de su nacimiento. ¡Cuánta necesidad tenemos hoy de encontrarnos con la fuente de esa bondad! Esa presencia cambió radicalmente las relaciones entre los hombres y de éstos con Dios. La claridad que aporta el nacimiento de Jesús, nos hace ver que ninguna persona, independientemente de su modo de pensar o de actuar, es alguien extraño. En Jesús somos definitivamente hermanos, llamados a la tarea de construir la fraternidad entre todos los hombres. La persona que se deja iluminar por el misterio de la Nochebuena, ya no es la misma de antes, tiene otra visión de la vida. Iluminado, el creyente descubre que ese nacimiento le restableció el vínculo con Dios, vínculo que el ser humano había perdido por la oscuridad del pecado. La bondad sin límites que brilla esta noche en el niño frágil –Dios con nosotros – es la mejor garantía de que Dios nos ama y confía en la humanidad. Entonces, ese nacimiento se convierte en el camino seguro para el encuentro. La prenda, por así decir, de la confianza y amistad entre los hombres es Jesús. Él es la bondad, él es nuestra paz, él la expresión más cabal del amor y de la misericordia de Dios por los hombres.
Como recordé en el Mensaje de Navidad, la Nochebuena no la inventamos los hombres. Dios tomó la iniciativa e impuso su presencia bondadosa, humilde y tierna entre nosotros. La puerta abierta para que Dios pudiera entrar en la historia de los hombres fue María de Nazaret, totalmente libre y disponible para recibirlo. Junto al bueno y justo José, hombre también atento y dispuesto a hacer siempre lo que Dios manda, no se dejaron aturdir por los ruidos del espectáculo pasajero. Ambos se concentraron en lo esencial: contemplaron con asombro y estupor la manifestación de la bondad y la ternura de Dios, envuelta en pañales. Maravilloso y conmovedor a la vez: Dios cercano, humilde, paciente, pobre y tierno. Al mirarlo despacio da ganas de ser bueno. Por algo, un gran pensador escribió: María dio a luz a aquel sin el cual nada sería bueno. ¡Cuánto bien nos haría esta noche un poco de silencio para contemplar la presencia de Dios en la pobreza y humildad de Belén!
La primera señal de la bondad de Dios fue revelarse en el contexto de una familia y asumir con enorme respeto nuestra condición humana y amarla hasta sus últimas consecuencias. ¡Qué claridad proyecta ese itinerario divino sobre nuestra naturaleza humana! ¡Qué distinto es mirarnos y ver a los otros desde esa luz! El misterio de la Nochebuena nos ayuda a recuperar la confianza en nosotros mismos y en los otros. Necesitamos abrir la mente y el corazón para darnos cuenta de que Dios está cerca, que nos busca, como busca solo el que ama y desea acercarse al amado.
El relato de Caín y Abel –escribió el Papa Francisco en su Mensaje para la próxima Jornada Mundial de la Paz– nos enseña que la humanidad lleva inscrita en sí una vocación a la fraternidad, pero también la dramática posibilidad de su traición. Da testimonio de ello el egoísmo cotidiano, que está en el fondo de tantas guerras e injusticias: muchos hombres y mujeres mueren a manos de hermanos y hermanas que no saben reconocerse como tales, es decir, como seres hechos para la reciprocidad, para la comunión y para el don, concluye el Santo Padre.
La contemplación de Jesús en el pesebre –Dios despojado de todo poder y enteramente confiado en nuestras manos– nos marca el rumbo para superar la desconfianza que nos paraliza y el desencuentro que nos divide y enfrenta. Jesús es la hoja de ruta para afianzar los vínculos de amor y fidelidad en la pareja, de amistad entre los vecinos, de confianza y diálogo sincero en los espacios públicos.
Alegrémonos hermanos y hermanas. No estamos solos, Dios Padre, lleno de bondad y misericordia, está definitivamente comprometido con la humanidad. La Nochebuena nos da la garantía de que es posible el reencuentro entre nosotros y de que vale la pena trabajar por ello. Dejemos que la bondad del Niño Dios toque nuestro corazón, lo ablande con su amor, y nos entusiasme a trabajar por una cultura del encuentro y la solidaridad. Que en esta Navidad nadie se sienta solo y abandonado de sus hermanos. Expresemos en el abrazo navideño nuestros sinceros deseos de amor y de paz.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


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