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2013-12-26 | 
 Homilía en la Profesión Perpetua de sor María José de la Natividad
 Corrientes, 25 de diciembre de 2013
 
  En estos días festivos, mientras mucha gente corre de acá para allá, carga paquetes y se preocupa de cómo pasarla bien, en este lugar, un grupo de mujeres –libres de cosas materiales– se prepara serenamente para celebrar la llegada del Esposo. No se agitan ni se inquietan. No poseen muchas cosas, sólo las indispensables para vivir dignamente. Aman la pobreza porque las hace sentirse libres; se esfuerzan por entrar cada vez más por el camino de la humildad y el servicio, porque las libera de la asfixia de pensar solo en ellas mismas. En pocas palabras: encontraron a Dios y se enamoraron de él.
A ese camino se suma hoy una joven. Ella sabe que es para siempre y no le aterra pensarlo así. Al contrario, se angustiaría si se distrajera pensando que es solo por un tiempo. Contempla el pesebre y descubre que Dios se manifiesta despojado de todo poder, frágil como un niño, y totalmente confiado en los hombres. Así como él se entrega totalmente a ella para siempre, ella siente que no puede sino responderle de la misma manera.
El amor en serio, el amor auténtico, el que contemplamos con estupor y asombro en Jesús, no admite alianzas negociadas: es todo o nada. Pero, ¿eso es posible? ¿No será una utopía? En realidad, el ser humano por sí mismo no es capaz de ser fiel y de perseverar hasta el final. El amor de Dios, que es fiel e irresistible para el que se deja encontrar por él, realiza ese prodigio. La hermana María Jesús de la Natividad, durante sus años de iniciación, fue gustando cada vez más ese amor, se dejó atraer por él y hoy, enteramente confiada en Jesús, se compromete a vivir para él y con él para siempre.
La mujer consagrada no es una mujer soltera, menos aún solterona. A pesar de que en el documento de identidad conste que es soltera, ante Dios y en la Iglesia es una mujer que celebró una verdadera alianza. O dicho con más precisión: es una mujer a la que Jesús eligió y llamó para establecer con ella una alianza de amor que dura toda la vida. A tal punto, que para ella no cuenta aquella expresión de la ceremonia nupcial que promete fidelidad ‘hasta que la muerte nos separe’. Contrariamente, para ella, la hermana muerte es el paso definitivo a la felicidad y plenitud del amor que el Padre Dios le tiene prometido. El celebrante, durante el rito de la profesión y al final del interrogatorio, le recuerda a la consagrada que “Aquel que comenzó en ti la buena obra, él mismo la lleve a su plenitud en el día de Cristo Jesús”. En cierto modo, la mujer consagrada experimenta anticipadamente y de un modo único la felicidad del cielo.
Esa alianza de amor, que esta hermana sella hoy para toda su vida, no la aísla de los otros, ni tampoco la blinda ante las dificultades y sufrimientos. Es una alianza que lleva impresa la marca de la cruz. La buena obra que Dios Padre comenzó en ella, debe adquirir cada vez más el estilo de Jesús, su esposo, es decir, la marca del don de sí misma. Cualquier intento de regateo al don de sí misma, es una infidelidad, un penoso resbalón hacia la soltería. Dichosas –decía la Madre Santa Clara a sus hijas espirituales– aquellas hermanas a quienes les es dado caminar por la estrecha vía por donde se entra a la vida (1). Cuando la clarisa va por la senda de la contemplación, de la oración y de la penitencia con Jesucristo –les dijo el Papa Francisco a las clarisas en Asís– llega a ser una mujer profundamente humana. Las religiosas de clausura están llamadas a tener una gran humanidad –continuó diciendo el Santo Padre– una humanidad como la de la Madre Iglesia; comprensivas de los problemas humanos. ¿Cuál es el signo de una religiosa profundamente humana y enamorada de Jesús?– se preguntó el Papa–. La alegría, respondió.
Esa alegría nace de la amistad con Jesús. Pero no de un Jesús dulzón y superficial, sino de Jesús pobre y crucificado. Ese Jesús que está en el rostro de cada hermana, en la vida fraterna, en el servicio humilde y cotidiano de los quehaceres de la casa, en los gestos pequeños pero realizados con amor y perseverancia, en el perdón recibido y ofrecido; ese Jesús pobre y humilde que llega al locutorio y necesita ser escuchado, comprendido y tantas veces también socorrido materialmente. Ese Jesús que se manifiesta en la carne real de la Iglesia y las hace generosas y sacrificadas para pasar largos ratos ante el Santísimo Sacramento, orando por los sacerdotes, por el obispo y el papa, y por tantas necesidades que hay en la Iglesia. La alegría de la clarisa –que es alegría cristiana– se nutre del servicio que ella va aprendiendo mientras contempla el misterio que se revela en el pesebre, en la cruz y en la eucaristía.
Esa alegría es contagiosa, inclusiva y desbordante. Nos hace sentir familia: hijos de Dios Padre y hermanos de Jesús en amor del Espíritu Santo; peregrinos en esperanza hasta que el Señor Jesús venga glorioso a coronar su obra de amor. La profesión perpetua de nuestra hermana clarisa nos invita a hacer la ofrenda de nuestra vida para que sea profundamente transformada por la fuerza del amor. Que María, Virgen y Madre de la alegría y de la esperanza, acompañe con su ternura la consagración de sor María José y nos alcance a todos la gracia de vivir alabando a Dios y sirviendo a nuestros hermanos. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

(1)
Cf. Santa Clara, Testamento n. 71-73.



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