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2014-01-03 | 
 Homilía en la Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José
 Corrientes, 29 de diciembre de 2013
 
 El lema que escogieron para celebrar la fiesta de la Sagrada Familia dice así: “En Familia: compartimos, celebramos y transmitimos la fe”. Compartir, celebrar y transmitir, son tres acciones fundamentales que caracterizan la convivencia entre personas que pertenecen a un grupo y tienen un proyecto común. Esas personas comparten, celebran y transmiten. Cuando se debilita una de esas acciones, se resienten también las otras. Eso sucede en el matrimonio y la familia: cuando se deja de compartir ya no se encuentra motivos para celebrar, y se pierde el interés y la capacidad de transmitir. Nosotros hemos centrado esas tres acciones en la fe y es muy oportuno que sea así. La fe nos brinda la luz necesaria para ver el verdadero sentido que tiene compartir la vida, celebrarla y transmitirla a otros.
La Sagrada Familia nos remite a Nazaret, como modelo de escuela donde la familia aprende a compartir, a celebrar y a transmitir. Allí aprendemos a escuchar, a aceptar al otro, a ser solidarios, a valorar el silencio y la oración, y asimilar la lección del trabajo. A propósito del trabajo, decía Pablo VI en una alocución con motivo de su viaje a Nazaret en el año 1964, que era muy necesario comprender la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente, porque restablece la conciencia de dignidad en el ser humano. Esas palabras de Pablo VI son de una dramática actualidad para nosotros, cuando muchos y hace ya demasiado tiempo viven sin trabajar. Eso lleva a un grave deterioro de la dignidad de la persona y de la familia, dañando gravemente la relación entre sus miembros y de éstos con la sociedad.
“En muchas sociedades –escribió el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz– experimentamos una profunda pobreza de vínculos debida a la carencia de sólidas relaciones familiares y comunitarias”. Esa carencia y debilidad relacional se debe principalmente a otra pobreza aún más radical: la ausencia de Dios en la vida de la pareja y de la familia. “Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos, y se apaga la alegría" (1) , dijo el Santo Padre en una reciente homilía. Ese deterioro se percibe en la incapacidad de establecer relaciones estables y profundas en la relación de la pareja y en la familia. Entre las principales causas de la debilitada amistad social que experimentamos está el deterioro de los vínculos primarios que establecemos los seres humanos en el contexto familiar. Y así se pierden los incentivos para trabajar dignamente y para ser solidarios en la comunidad.
Compartir, celebrar y transmitir es posible solo en un clima de gratuidad y de don. En cambio, donde reina el individualismo y los intereses mezquinos, no hay lugar para compartir, no hay qué celebrar y tampoco hay motivación para transmitir nada. La fe y la vida son dones de Dios. Es lo más importante que hemos recibido y lo mejor que podemos dar a los demás. No hay nada que se pueda comparar con el don de la vida y el don de la fe. Sin embargo, comprobamos que en las familias, por diversas razones, ha disminuido notoriamente el tiempo para compartir fe. En muchos lugares se ha reducido a algún gesto religioso esporádico. Esa disminución, es señal de que los esposos han dejado de rezar. Cuando ya no se encuentra tiempo para compartir la fe en familia, poco a poco se va debilitando también el compartir entre los esposos y de éstos con sus hijos. No hay tiempo para el diálogo, se pierden muchas horas frente al televisor o cada uno entretenido con su celular y aislado de los que tiene al lado.
Compartir y celebrar la fe en familia afianza los vínculos entre los miembros que la componen. En primer lugar, los afianza entre los esposos mismos, y luego de éstos con sus hijos y de los hermanos entre sí. Al respecto, el Papa Francisco hizo unas recomendaciones muy prácticas: “para rezar en familia se necesita sencillez. Rezar juntos el “Padrenuestro”, alrededor de la mesa, no es algo extraordinario: es fácil. Y rezar juntos el Rosario, en familia, es muy bello, da mucha fuerza. Y rezar también el uno por el otro: el marido por la esposa, la esposa por el marido, los dos por los hijos, los hijos por los padres, por los abuelos… Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte la familia: la oración” (2). En una cultura en la que se han deteriorado y desnaturalizado los vínculos esenciales entre las personas, empezando por los vínculos de la pareja, la oración de los esposos, es la mejor vitamina para fortalecerlos, porque les ayuda a mirarse el uno al otro desde Dios. El amor de Dios que ellos comparten les permite descubrir una realidad que los sobrepasa y que los sostiene. La fidelidad, la perseverancia, y aun la creatividad en la vida de una pareja, se sostienen en la medida en que ambos se abren al amor de Dios, que al mismo tiempo los envuelve y los trasciende. Esa apertura necesita de un cultivo espiritual diario. Es preciso orar sin desfallecer (Lc 18,1) dice Jesús. Pero hay que estar muy alerta, porque contra esa apertura atenta la rutina, que empieza a instalarse en la vida de la pareja cuando hacen las cosas de todos los días pero sin espíritu. Ése suele ser el principio del fin, si no se pone el remedio a tiempo.
Si los esposos rezan, también rezan los hijos. Hay oración en familia. Es urgente recuperar ese espacio de oración. Los esposos cristianos deben empezar a rezar por sus hijos antes de concebirlos, continuar orando por ellos durante la concepción y luego permanecer en esa oración a lo largo de toda la vida. Antes de concebirlos, para pedir a Dios el don de los hijos y reconocerlos precisamente como donación suya; durante la concepción, como gratitud a Dios por la gracia del hijo, pedirle por un desarrollo sano y, en ese clima para hacerlo participar ya desde la gestación de la oración de sus padres. Hay tantas cosas que la oración ayuda a serenar y a superar en la vida del matrimonio y que, como consecuencia, influye positivamente en la criatura que se está gestando en el vientre de la madre. Si la pareja adquiere el hábito de rezar, luego les resultará muy fácil iniciar a la vida de oración también a sus hijos y hacerlos participar junto a ellos en el hábito de orar. Si los esposos rezan con el bebé en brazos, después será natural que lo hagan con el niño inquieto y bullicioso, y más tarde será menos penoso contar con la adhesión de los hijos adolescentes, con esa dosis de querer ser distintos de los padres y algo rebeldes a sus propuestas. “En la familia, -explicaba el Papa Francisco– la fe está presente en todas las etapas de la vida, comenzando por la infancia: los niños aprenden a fiarse del amor de sus padres. Por eso, es importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que acompañen el crecimiento en la fe de los hijos” (3). La oración vivida en la familia conduce con naturalidad a participar en la oración de la comunidad.
La familia que vive con alegría la fe se siente impulsada a transmitirla a otros. Se convierte en un potentísimo foco de irradiación de fe, de esperanza y de amor. Los miembros de esa familia lo comparten en sus gestos y palabras, en el modo de tratar a sus amigos y aun a aquellos que no comparten su estilo de vida y su pensamiento; comunican la alegría que viven en Jesús, que los sostiene, fortalece y consuela; son, aunque no estén integrados a algún grupo especial, verdaderos misioneros del amor de Jesús. Hace unos días, el Papa Francisco destacó que “las familias cristianas son familias misioneras. Son misioneras también en la vida de cada día, haciendo las cosas de todos los días, poniendo en todo la sal y la levadura de la fe. Conservar la fe en familia y poner la sal y la levadura de la fe en las cosas de todos los días”. Pero también hay matrimonios y familias que se integran generosamente en la acción misionera de la Iglesia. Es hermoso ver cómo los los miembros de una familia viven con entusiasmo y verdadero compromiso su vocación misionera.
Para concluir, dirijamos nuestra mirada a la Sagrada Familia de Jesús, María y José. En ella se nos revela el ser íntimo de Dios. La familia es la realidad humana que más se parece al interior de Dios. Dios es familia y se comunica de modo privilegiado por medio de la familia. Por eso, él quiso venir a compartir nuestra suerte asumiendo la realidad humana de la familia. En Jesús, que superó en la Cruz redentora definitivamente la causa que debilita los vínculos entre los hombres, se fortalece la relación del matrimonio y la familia. La palabra de Dios en la primera y segunda lectura nos recordaba la importancia del respeto que los hijos le deben a los padres, la necesidad de practicar la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia; la disposición para perdonarse mutuamente, porque el Señor los ha perdonado. La luz de la fe nos abre el corazón a la misericordia y al perdón de Dios, para que luego compartamos, celebremos y transmitamos la incontenible alegría del amor de Dios y nos convirtamos en sus fervorosos misioneros. Vayamos con frecuencia a la escuela de Nazaret y permanezcamos allí en silencio, dejando que la sabiduría de la Sagrada Familia penetre profundamente nuestra mente y corazón, y modele a su imagen toda nuestra conducta.
Que Jesús, María y José cuiden muy especialmente a las parejas y familias cristianas que padecen por la falta de amor, de comprensión y de perdón; que bendigan y sostengan a los matrimonios y familias que tienen la gracia de vivir en la presencia de Dios; y que descubramos cada vez más la belleza y profundidad del amor de Dios que se nos revela en la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Amén.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

NOTAS:
(1) 
PAPA FRANCISCO, Homilía, 27 de octubre de 2013.
(2) PAPA FRANCISCO. Homilía…
(3) Lumen fidei, 53


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