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2015-07-30 | 
Homilía en la fiesta de los santos Joaquín y Ana, padres de la Virgen María
Corrientes, 26 de julio de 2015

    La lógica del amor de Dios no es igual a la que estamos acostumbrados los hombres. Habitualmente preferimos apostar a la lógica de los resultados inmediatos, y asegurarnos con los que podemos ver y tocar. Así actuamos con los bienes materiales, por ejemplo. Creemos que nos aseguran la vida y nos aferramos a ellos, o a la fama, al poder, al éxito, a las apariencias. Y ahí está la contradicción, sabemos que eso no nos sirve para nada, sin embargo, lo practicamos. Al final hacemos un mal negocio, porque una enfermedad, una desgracia familiar y, por último, la muerte, pone al desnudo las falsas seguridades y coloca sobre el tapete la verdad de las palabras de Jesús: ¿para quién será lo que has amontonado?

En el Evangelio de hoy y en la primera lectura escuchamos cuál es el pensamiento de Dios sobre la lógica del amor y del compartir. En el Evangelio se nos aclara que los bienes, aunque sean escasos, si se comparten, alcanzan para todos y aún sobra. El profeta Eliseo ordena que los panes que le fueron traídos en obsequio se distribuyan entre la gente para que coma. Sin embargo, el servidor que trajo los panes objeta esa orden desde una matemática obvia y simple: “¿Cómo voy a servir esto a cien personas?”. “Dáselo a la gente para que coman”, replicó el profeta, porque a diferencia de su servidor, el profeta cree en la promesa de Dios, por eso le asegura: “Así habla el Señor: Comerán y sobrará”.

El milagro de la multiplicación de los panes sigue la lógica del amor de Dios: donde se comparte, sobra. La dinámica interna del amor cristiano siempre desborda, jamás se ajusta a la matemática: si tengo tanto puede alcanzar solo hasta un determinado límite. Así lo pensaba el apóstol Felipe cuando le respondió a Jesús que no le alcanzaba la plata para dar de comer a tanta gente. El mismo pensamiento lo tenía el otro apóstol, Andrés, al señalar a un niño que llevaba cinco panes y dos pescados: “¿qué es esto para tanta gente?”, preguntó desconcertado. En cambio Jesús, como el profeta Eliseo, dio la orden: “Háganlos sentar”. Y mandó que se distribuyeran los panes y los pescados. Alcanzó para todos y aún sobró.

La fiesta patronal nos pone delante de nosotros todos los años la vida de los santos Joaquín y Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Así como la presencia de María pasó casi inadvertida a los ojos de sus contemporáneos, así sucedió con sus antepasados. Sin embargo, la Iglesia nos enseña a alegrarnos con Joaquín y Ana, a quienes por medio de su hija alcanzó la bendición de todos los pueblos. La fe y la disponibilidad de María, nos habla de profunda vida de fe que llevaron sus padres.
Los nombres que llevan los abuelos de Jesús son muy significativos: Joaquín quiere decir “Dios fortalece” y Ana se puede traducir por “misericordiosa” y también por “llena de gracia”. Al pensar en ellos, en su hija María y en su nieto Jesús, descubrimos que lógica de Dios que no coincide con la nuestra. Todos ellos no fueron personajes que buscaron hacerse notar, no se preocuparon para que la gente los viera y aplaudiera, y no se acercaron a los centros del poder y de la fama. Al contrario, su presencia pasó casi inadvertida, aún la de Jesús, que murió en la cruz abandonado por casi todos.

Si miramos bien, nos vamos a dar cuenta que Dios sigue la dinámica del grano de trigo, que si cae en tierra y muere, da mucho fruto. A la vista humana, el grano se destruye, sin embargo, sólo si entrega su vida se multiplica, podríamos decir, milagrosamente. Esa es la dinámica del amor de Dios, que vivieron los santos Joaquín y Ana. Contemplándolos hoy, también nosotros quisiéramos entrar en ese maravilloso misterio del amor y del servicio, morir a nosotros mismos y vivir para Dios y para los otros.

Así lo hicieron hombres y mujeres que evangelizaron estas tierras. Lo han hecho porque creyeron en la lógica del amor de Dios: entregaron sus vidas para plantar la semilla de la Buena Noticia hace más de cuatro siglos. No buscaron su propia felicidad, ni aseguraron sus vidas alambrando tierra y dedicándose ávidamente a los negocios para acumular riqueza. Lo han hecho otros de los cuales ya no hay ninguna memoria. Nosotros queremos recordar a los que nos entregaron vida y vida de Dios en su Palabra y nos enseñaron a vivir el valor de la familia, de la patria y del bien común que tiene que estar al beneficio de todos, especialmente de los más pobres y necesitados.

Recordemos, por ejemplo, que la presencia y actividad evangelizadora de los frailes franciscanos se remonta al año 1607 –pocos años después de que se fundara la ciudad de Corrientes–. Esa presencia de la comunidad franciscana mantuvo de manera ininterrumpida hasta nuestros días. Esto nos habla de una extraordinaria potencia misionera que poseían los hombres y mujeres de la primera evangelización.

Podríamos decir, utilizando los términos del Papa Francisco, que estamos evocando la memoria de una verdadera “Iglesia en salida”. Los frailes y quienes han colaborado con ellos en la obra evangelizadora de principios del siglo XVII, no se quedaron encerrados en el convento, sino que salieron a los caminos para atender a las poblaciones de los alrededores, llegando con su palabra y su acción misionera hasta los pobladores de Santa Lucía de los Astos, Garzas y Guácaros, en lo que es actualmente este pueblo de Santa Ana.

Ese impulso misionero de los primeros tiempos, necesita hoy un nuevo vigor para hacer frente a un estilo de vida que simplemente prescinde de Dios y es indiferente a cualquier propuesta religiosa. Esto impacta especialmente en las generaciones jóvenes, que son las más sensibles y vulnerables. Un mundo sin Dios, es un mundo que se vuelve contra el hombre. Los santos Joaquín y Ana nos recuerdan que Dios hace más plena y feliz la vida del matrimonio, de la familia y de la sociedad.

Además, nuestros santos nos hablan del valor y de la misión insustituible que tienen los abuelos en la familia y las personas mayores y ancianas en la sociedad. Ellos son la memoria y la sabiduría para que las nuevas generaciones escuchen una palabra de experiencia y de orientación para sus vidas. Si no lo hacen ellos, ¿quiénes lo van a hacer? El vacío que ellos dejan con su silencio lo llenan los mercaderes que lucran con propuestas fáciles y seductoras, como son la droga; el sexo sin responsabilidad; la diversión sin control; la pornografía en la palma de la mano; el juego de azar a la vuelta de la esquina; y el dinero sin trabajo. Hoy hay que estar muy atento para no quedar atrapado y sin salida en cualquiera de esas propuestas engañosas.

Pidamos a los santos Joaquín y Ana que nos libren de los peligros que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen insensibles a las necesidades de nuestros semejantes, y nos alcancen la gracia de renovar profundamente nuestra vida en la lógica del amor de Dios. Al mismo tiempo, nos comprometemos a ser alegres misioneros del perdón y de la misericordia de Dios, empezando por sanar los vínculos en el seno de nuestras familias, entre los esposos, de los padres con sus hijos y de estos con sus padres, hoy de un modo especial con los abuelos. Que esta fiesta sea una ocasión para una profunda renovación espiritual y una ocasión para agradecer a Dios el maravilloso don de la fe, la esperanza y el amor. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


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