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2015-08-14 | 
Homilía en la Misa de Admisión al Diaconado Permanente
XIX Domingo B, Corrientes, 8 de agosto de 2015

  La vida humana está hecha de itinerarios, procesos, etapas, en todos los órdenes: en el físico, por ejemplo, pasamos de la niñez a la adolescencia, luego a la juventud y así por delante; en el aspecto intelectual transitamos la etapa de la escuela primaria, luego la secundaria y así continuamos; así sucede también en el orden espiritual y, más específicamente, en los itinerarios de preparación para el cumplimiento de una misión. Durante estos procesos hay personas que nos acompañan, nos enseñan y nos sostienen, y también confirman que hemos superado una etapa y estamos en condiciones de pasar a la siguiente. Sin embargo y contando con todos esos auxilios en el camino, la acción principal corresponde a la gracia. Jesús es quien elige, llama y envía, por eso todos, candidatos y formadores debemos estar atentos para discernir la voz de Dios que se manifiesta en la vida de los que los que él llama a un servicio especial en su Iglesia.

Hoy nos encontramos con seis candidatos de nuestra comunidad que se están preparando para el Diaconado Permanente. Oportunamente, la Iglesia les propuso un itinerario de formación que ellos cumplieron concurriendo durante cinco años al Instituto Pironio. Como sabemos, este Instituto tiene como finalidad brindar una buena formación cristiana a los agentes de pastoral. Una vez concluida esa etapa, nuestros candidatos fueron acompañados por el Equipo de formación, conformado por Diáconos permanentes y asesorado por el P. Antonio Silva, con el objetivo de discernir y verificar la autenticidad de sus motivaciones vocacionales. En ese período, los que habían sido considerados idóneos, fueron instituidos Lectores y luego Acólitos.

La Iglesia establece que los candidatos deben ejercer esos ministerios al menos durante seis meses. Cumplido ese lapso, pueden solicitar ser admitidos al Sacramento del Orden en el grado del Diaconado. Todos ellos solicitaron la Admisión y también sus esposas manifestaron su personal consentimiento para que se pueda proceder a este acto. ¿Qué es la Admisión? La palabra ya sugiere de qué se trata: se admite a una determinada persona como candidato para el Diaconado Permanente. Hasta el presente, estos hermanos nuestros eran candidatos sometidos a un proceso de discernimiento en vista de comprobarse su idoneidad para un eventual desempeño del ministerio del Diaconado. Cumplido el discernimiento, los candidatos que fueron considerados idóneos, son presentados para ser admitidos, pero ahora ya como firmes candidatos para el Diaconado Permanente. Sin embargo, el hecho de ser admitidos no les da un pase automático al sacramento. Deberá transcurrir otro período de tiempo para que ellos afiancen su llamado.

Hoy, en el acto de Admisión, nuestros candidatos, impulsados por el Amor a Cristo y fortalecidos por el Espíritu Santo, van a expresar públicamente su deseo de entregarse al servicio de Dios y de los hombres. Podemos preguntarnos ahora, ¿ a qué se va a comprometer esta gente?

Entregarse a ese servicio es ponerse en el camino de Jesús y seguirlo a Él, identificarse con Él y, con su gracia, hacerlo presente en medio de los hombres. Por eso, entregarse a ese servicio, no es convertirse en un funcionario que realiza una serie de prestaciones religiosas en determinados tiempos y lugares y que una vez cumplida la tarea cuelga la estola en el perchero de la sacristía y se dedica a otros negocios. Eso sería ‘entristecer al Espíritu’ que es el dador de todos los dones. San Pablo, en la segunda lectura, advierte sobre el comportamiento que corresponde en todo momento al que fue ‘marcado con un sello para el día de la redención’. ¿A quién se dirige el Apóstol? A todo bautizado y, en particular, a aquel bautizado que es elegido y llamado a prestar un servicio especial en la comunidad. A ese le recuerda que evite la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Y continúa aconsejando: sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo. Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos. Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios (cf. Ef 4,30-5,2).

Hace poco, el papa Francisco en su visita a nuestro país hermano del Paraguay, que la lógica del Evangelio no se convence con argumentos, con estrategias, con tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar a hospedar. (...) Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso, con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido. Y, a veces, por culpa nuestra. Hospitalidad con el perseguido, con el desempleado. Hospitalidad con las culturas diferentes. Hospitalidad con el pecador, porque cada uno de nosotros también lo es.

Nosotros hoy podemos añadir a la palabras del Santo Padre, que debemos brindar ‘hospitalidad’, es decir, acogida y perdón también a aquellos hermanos y hermanas nuestros que actúan desde las sombras enviando anónimos a las redes sociales con el fin de ensuciar la fama de personas que ellos eligieron como víctimas de su cobardía. Ellos saben muy bien cuál es el modo de proceder que nos enseña Jesús cuando creemos que un hermano ha pecado (Mt 18,15-17), sin embargo optan por seguir los oscuros dictados del ‘padre de las sombras’. Sepan que la misericordia de Dios es también para ellos, que siempre serán bien acogidos y respetados en la comunidad, con la única condición de que renuncien a las obras a las que los tienta el “príncipe de las tinieblas” (cf. Mt 12,24).

No es una tarea fácil y es imposible llevarla a cabo confiando en las propias fuerzas. Sin embargo, aún con toda la confianza puesta en el Señor, ponerse a su servicio implicará siempre estar dispuesto a seguirlo por el camino de la cruz y de la renuncia sí mismo, para estar disponible a la voluntad de Dios y pronto a socorrer las necesidades de los pobres y los pecadores.
En la primera lectura hemos escuchado el relato sobre un pasaje de la vida del profeta Elías. Elías confiesa su desilusión y agotamiento de la misión que Dios le había confiado, hasta desearse la muerte: “¡Basta ya Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!” Sin embargo, Dios no abandona a su servidor fiel, sino que lo fortalece y anima a seguir en el camino. Hermoso pasaje que nos enseña dos cosas, primero: a poner toda la confianza sólo en Dios; y segundo: que Él responde cuidando y sosteniendo a su servidor. Esa experiencia está bellamente expresada en la antífona del salmo responsorial: “¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!”, siempre, no sólo cuando estoy satisfecho y me va bien, como los que comieron pan hasta saciarse, sino también cuando mi fe pasa por la prueba, esa prueba que no había previsto, que me sorprende y desconcierta, como a aquellos que escucharon la revelación de Jesús cuando les dijo: “Yo soy el Pan bajado del cielo” y murmuraban de Él desconfiando de la verdad de su palabra.

Hay personas que si se les propone que dejen lugar a otra en alguna función que están cumpliendo en la comunidad, ponen el grito en el cielo, como si se las estuviera despojando de todos los derechos y honores que les corresponden en ese servicio. Dejaron de escuchar a Dios y se apropiaron del servicio que les había sido confiado. Esos tales no siguen al Señor y tampoco sirven a la comunidad, por el contrario, se sirven de los otros para alimentarse a sí mismos.

Hay que estar muy atentos para no caer en esa tentación que acecha a todo aquel que accede a alguna función que represente un servicio en la Iglesia. El que fue llamado por Dios no anda buscando que los demás lo reconozcan, lo aplaudan y menos aún se cree que con el servicio que le fue encomendado, subió de categoría. Miremos a Jesús y alegrémonos de descubrir que, cuanto más cerca se está del altar, mayor debe ser la humildad con la que estamos llamados a desempeñar nuestro oficio. Para ello es preciso orar sin desfallecer, vivir de la Palabra de Dios, frecuentar el sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía.
Finalmente, hoy nos alegramos porque estos hermanos nuestros fueron respondiendo con generosidad al llamado vocacional que los orienta hacia la recepción del Sacramento del Orden Sagrado. En ellos vemos cómo la providencia de Dios cuida de su pueblo y lo enriquece con diversos dones y carismas. Los encomendamos a la tierna protección de María de Itatí, fiel discípula y servidora del Señor, para que los acerque cada vez más a su Divino Hijo Jesús y así, dóciles a la acción del Espíritu Santo, lo reflejen en el trato fraterno y servicial en el seno de sus familias y en el servicio a las comunidades a las que cada uno de ellos pertenece. Así sea.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap

Arzobispo de Corrientes

NOTA:
A la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA ADMISION AL DIACONADO, en formato de word


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