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2015-12-26 | 
 Homilía en la Misa de Apertura del Año de la Misericordia
 Corrientes, 12 de diciembre de 2015
   
   El Año jubilar que hoy iniciamos en nuestra Arquidiócesis, en comunión filial con el Santo Padre Francisco y con toda la Iglesia, nos brinda una ocasión extraordinaria para contemplar el rostro de Jesús que nos revela la misericordia del Padre. Con el Papa Francisco queremos “ir el encuentro de cada hombre allí donde vive: en su ciudad, en su casa, en el trabajo…; dondequiera haya una persona, allí está llamada la Iglesia a ir para llevar la alegría del Evangelio y llevar la misericordia y el perdón de Dios”.

Hemos iniciado nuestra peregrinación en el atrio del santuario de la Cruz de los Milagros para tomar conciencia de que la cruz es el signo por excelencia del perdón de Dios. La cruz es la llave que abre la Puerta Santa, el umbral que estamos llamados a atravesar para experimentar el dolor por nuestros pecados y sentir el perdón y el abrazo consolador de Dios nuestro Padre. Junto a la Cruz, camina con nosotros tierna y cercana la Virgen Peregrina, animando y sosteniendo los pasos de sus devotos para que nadie quede al margen de la copiosa bendición que será el Jubileo de la Misericordia.

La apertura de la Puerta Santa coincide providencialmente con la preparación de la Venida del Señor en este tiempo de Adviento. La primera lectura nos invita a prepararnos en un clima de alegría y de esperanza. Las palabras del profeta Sofonías, que hemos escuchado, son un canto a la vida: “¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti y ha expulsado a tus enemigos.” También la segunda lectura nos invita a la alegría: “Alégrese siempre en el Señor. Vuelvo a insistir –dice san Pablo– alégrense”. Por estas palabras llenas júbilo, el tercer domingo de Adviento se lo conoce como el Domingo de la Alegría. Este gozo espiritual se acrecienta hoy para nosotros con el inicio del Año de la Misericordia y la apertura de la Puerta Santa.

Quién no se alegró alguna vez cuando por fin se le abrió una puerta después de que todas se le habían cerrado. La imagen de la puerta cerrada provoca angustia y miedo, a lo sumo, puede ofrecer una cierta seguridad, pero una seguridad frágil siempre basada en el temor al peligro. En cambio la puerta abierta brinda una sensación de libertad, de acogida y de encuentro. ¡Qué hermosa y atractiva es esa frase en la que Jesús se identifica con la puerta!: “Yo soy la puerta, el que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará alimento”. Jesús es la puerta de la Misericordia que nos espera arrepentidos para hacernos experimentar la gracia de su perdón. ¡Cómo voy a perder esa oportunidad extraordinaria de sacarme el peso de mis pecados! ¡Que nadie se quede sin entrar por esa puerta!

Acabamos de decir que en este Año de la Misericordia se nos brinda una ocasión extraordinaria para liberarnos del peso de los propios pecados. Sabemos que cuando nos arrepentimos sinceramente de nuestras faltas, Dios nos perdona inmediatamente; luego, y ojalá que sea pronto, al confesar nuestros pecados al sacerdote recibimos el perdón sacramental. Sin embargo, todavía no nos liberamos de aquello que llamamos el peso, la pesadumbre o la pena que produce el pecado. Allí es donde actúa la gracia de la indulgencia. El perdón indulgente es como un perdón extraordinario de Dios que se nos ofrece en este tiempo santo de la Misericordia, un perdón que nos libera de esa pesadumbre o pena que acarrea el pecado. Por eso, el papa Francisco establece unas condiciones muy amplias para acogerse al don de la indulgencia, a fin de que nadie quede sin la gracia de experimentar profundamente la presencia de Dios como a un verdadero Padre, cuyas entrañas se estremecen de misericordia y ternura ante el pecador que se arrepiente. Se han distribuido unos trípticos donde se dan a conocer esas condiciones para ganar la indulgencia. Y si alguno aún no lo tiene, por favor, acérquese y solicítelo en su parroquia o capilla. También puede bajarlo de la página Web del Arzobispado.

Vayamos un momento al Evangelio de hoy. La predicación de Juan el Bautista impactaba en sus oyentes a tal punto que muchos no se podían quedar de brazos cruzados y le preguntaban: “¿Qué debemos hacer entonces?”. Que ésa sea hoy nuestra pregunta, para que nadie se vaya de esta celebración sin la inquietud sincera y la voluntad firme de convertirse de su mala conducta. Pueden inspirarnos las recomendaciones de Juan el Bautista para responder a esa pregunta: “El que tenga dos túnicas, dé una la que no tiene; el que tenga qué comer, haga otro tanto”.

También el papa, en la bula de apertura del año jubilar, nos recuerda las obras de misericordia corporales y espirituales, para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos.” ¡Qué diferente sería nuestra vida si nos propusiéramos como programa diario alguna de estas obras! Por ejemplo: perdonar las ofensas y soportar con paciencia las personas molestas.

La Puerta Santa de la Misericordia de Dios está abierta para todos. Entremos y ayudemos a que también otros puedan entrar y experimentar la alegría del perdón. Convirtámonos en misioneros de su misericordia. Que se haga realidad en nuestra vida la oración que rezamos ante la Cruz de los Milagros: “¡Jesucristo, vida y esperanza nuestra! Recuérdanos siempre que el amor todo lo puede; que compartir con los más pobres nos hace misioneros de la misericordia, y nos muestra el camino que nos lleva al cielo”. Qué bueno sería que estuvieras dispuesto a invitar a otro: tal vez a un amigo, o a tu esposo, esposa; a tus hijos o a un pariente; o quizá a un compañero de trabajo, para atravesar juntos el umbral de la Puerta Santa haciendo una buena confesión. Dios nos espera con los brazos abiertos, Jesús es la puerta siempre abierta para que experimentemos su amorosa acogida.

Para concluir, los invito a dirigir nuestra mirada a la imagen de la Virgen Peregrina que hoy nos acompaña y recordar la primera frase de la Oración a la Virgen de Itatí, que tantas veces hemos rezado: “Tiernísima Madre de Dios y de los hombres”. Esas sencillas y profundas palabras que dirigimos a la Virgen nos revelan que Dios será siempre como Aquel que se manifiesta humilde, cercano, lleno de ternura y misericordioso con todos aquellos que le abren su corazón. En este jubileo dejémonos conducir por el Espíritu del Señor, que nos invita a ser Misericordiosos como el Padre, un programa de vida estimulante que nos compromete y al mismo tiempo nos colma de alegría y de paz. Amén.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes

NOTA:
A la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto completo como HOMILIA APERTURA PUERTA SANTA, en formato de word

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