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2015-12-28 | 
Homilía en la festividad de la Sagrada Familia de Jesús, María y José
Corrientes, 27 de diciembre de 2015

   Ya se ha vuelto tradición que nos reunamos todos los años en la festividad de la Sagrada Familia. Lo hacemos ante todo para agradecer el don de la familia, pedir la protección de Dios sobre ella y para reflexionar sobre la importancia que tiene el matrimonio y la familia cristiana para la Iglesia y para la sociedad. Además, en esta misa nos acompañan un gran número de integrantes de los grupos misioneros, los cuales serán enviados en nombre de la Iglesia a llevar la Buena Noticia de Jesús y compartirla con las diversas comunidades en nuestra arquidiócesis y también con otras comunidades cristianas.

De allí el lema que acompaña este momento que estamos viviendo: “Familia y misión, escuela del amor misericordioso del Padre”. En realidad, no puede existir una familia sin misión. La familia es misión. Lo que hemos recibido como don, es para darlo y para darse. La familia es don de Dios. Y como Dios es familia, la familia es Dios mismo dándose a la humanidad. Por eso lo contemplamos nacido y confiado en los brazos de María y de José. También Jesús quiso aprender el amor en el seno de una familia. Por eso lo más parecido que tenemos con Dios es la familia. No es extraño pues que una cultura que ya no se ocupa de cuidar la familia, también se aleje cada vez más de Dios.

Así como decimos que familia es misión, decimos también que Iglesia es misión. Tampoco se entendería para qué se reúne una comunidad cristiana si no se esfuerza por ser fervorosamente misionera. Pareciera que los jóvenes perciben con más claridad que compartir la fe es para comunicarla a otros, y no para guardársela en el bolso. Por eso nos alegra que hoy, en la festividad de la Sagrada Familia de Nazaret, estén con nosotros los jóvenes que saldrán a misionar en las próximas semanas.

No olvidemos: Familia e Iglesia son sinónimos de misión. Miremos a Jesús, a María y a José y veremos en ellos la belleza de una familia misionera: allí cada uno cumple con la misión que Dios le encomendó, pero no uno separado del otro, sino juntos en una verdadera comunión misionera. Así la familia y también el grupo misionero se convierten en escuela del amor misericordioso del Padre, que se derrama como buena noticia para todos aquellos que la escuchan y la acogen.

Es conmovedor ver cómo el amor misericordioso del Padre sostiene a Jesús, María y José en la misión. Los cuida y acompaña, por ejemplo, en los contratiempos que tuvo que pasar José cuando tuvo que huir a Egipto y vivir en el destierro con María y el pequeño Jesús; o la angustia que pasaron los padres cuando el adolescente Jesús se les perdió en la peregrinación a Jerusalén; o los dolores por los que tuvo que atravesar María durante la pasión y muerte de su hijo. El amor misericordioso del Padre los fortalecía la comunión entre ellos y los mantenía fieles en la misión que les había confiado. La confianza en Dios y la comunión con los hermanos nutren la misión y evitan que se convierta en un grupo que se predica a sí mismo, o en una familia que pretende fabricarse de acuerdo con su propio modelo.

A mayor comunión, mayor es el entusiasmo para la misión. Y al revés, cuando se debilita la comunión entre los miembros y comienzan a prevalecer los intereses particulares, sea en la pareja, sea en una comunidad o en un partido político, disminuye el entusiasmo para la misión. Por eso, la familia es el lugar donde aprendemos a vincularnos con los otros y a entusiasmarnos para realizar proyectos juntos. Algo similar sucede con el grupo misionero: la comunidad es el lugar donde aprendemos a compartir y a crecer en la fe, y luego entusiasmarnos para llevar a los demás esa experiencia que no podemos guardarnos para nosotros mismos.

En, cambio, donde no hay unidad, tampoco habrá entusiasmo para la misión. La falta de unidad paraliza cualquier proyecto en común. Pero hay que estar atento para que la unidad no se convierta sólo en un sentirse bien en el grupo, o que consista solo en buscar el placer en la pareja, o que se cierre en un grupo de militantes creyendo que ellos son los únicos que poseen la verdad de todo. Esa unidad es falsa porque se mira únicamente a sí misma. Para que la unidad entre las personas sea auténtica tiene que tener la puerta abierta a la misión. Y la misión nos lleva siempre a compartir y no a imponer, a intercambiar dones y no a conservar los talentos que recibimos de Dios.

La unidad es comunión verdadera cuando está bien fundada en el amor de Dios. Entonces también es fecunda, es misión, jamás se cierra entre cuatro paredes, sino que tiende naturalmente hacia los demás y no conoce límites. Por ello, un matrimonio que tiene clara su misión de convertirse en familia, de comunicar a los hijos la belleza del amor que viven entre ellos, de ser generosos en tenerlos y luego también hacerse cargo de ellos, dedicarles tiempo, cuidarlos y sacrificarse por ellos, superan más rápidamente los inevitables dramas que suceden en toda convivencia humana. Pero si cada uno de ellos está atento a sí mismo y a sus propios antojos, por más que los justifique, retardarán su maduración en el amor y harán sufrir innecesariamente tanto a su pareja como a sus hijos y, en consecuencia, a todos los que tengan trato con ellos.

La familia pierde de vista su misión y se encierra en sí misma cuando olvida que la misión no es algo que ellos se dan a sí mismos, sino por el contrario, es algo que se les otorga, es un llamado, una vocación. Si dejan de escuchar, si pierden el hábito de confrontar su proyecto de amor con Aquel que los llamó a vivir juntos y les dio una misión, inevitablemente se cierran en sí mismos y la convivencia se les hace insostenible, porque en realidad no saben para qué están juntos, por qué sacrificarse, a quién entregar sus vidas. Por eso es tan importante que los esposos recen entre ellos y lo hagan con sus hijos. Ante la presencia de Dios que los ama y que no es indiferente a lo que les sucede, redescubren la misión a la que fueron llamados como esposos y como padres.

Es triste cuando el matrimonio y la familia olvidan que su fundamento está en Dios. Esa ausencia los deja solos y a merced de ellos mismos. No tienen a quien escuchar ni a quien obedecer. En consecuencia no hay envío ni hay misión, solo proyectos que se sostienen sobre la fragilidad y contingencia de acuerdos humanos. Es en cierto modo razonable que se haya avanzado con el divorcio llamado ‘exprés’, porque esa triste figura no hace otra cosa que transparentar la inestabilidad y superficialidad de los vínculos. Si esto no se revierte, si no trabajamos para fortalecer los vínculos de fidelidad y estabilidad en la pareja humana, estamos creando las condiciones para una sociedad sumamente lábil, fácilmente colonizable y preparada para consumir lo que le pongan delante.

¿En qué consiste la misión a la que está llamada la familia? ¡A ser familia! Es decir, a ser el lugar donde los miembros de la familia viven y celebran el amor. Pero qué rápido olvidamos que estamos llamados a convertirnos en don para el otro y con qué facilidad exigimos que el otro responda a nuestros propios caprichos. En lugar de que el otro sea el destinatario de mi servicio, lo someto a las arbitrariedades de mi voluntad. Así se repite y actualiza la vieja historia de Adán y Eva, o la de Caín y Abel, en la que el hombre pretende decidir la vida por su propia cuenta. Cuando se pierde la amistad con Dios, el otro se convierte en un enemigo del que hay que deshacerse.

En el mensaje para la 49º Jornada Mundial de la Paz, el papa Francisco advierte que “la primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él. Por consiguiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pretende tener sólo derechos”. La teoría denominada de género responde a ese falso humanismo del que habla el Santo Padre. La indiferencia, en cualquiera de sus formas, es la contracara de la misión.

El verdadero humanismo se construye a partir de la familia, fundada en el proyecto amoroso y misionero que asumen un varón y una mujer, haciendo de su hogar un verdadero santuario de la vida, cuyas puertas están siempre abiertas para acoger al que llega y para salir a socorrer al que lo necesita. ¡Qué bello es contemplar el ideal de familia en José, María y Jesús, ideal al que Dios llama a todas las familias! Un ideal que se construye paso a paso, transitando en medio de las dificultades propias de la vida, como le sucedió a la Familia de Nazaret, pero con la confianza puesta en Dios, quien no es indiferente a lo que nos sucede, ni nos abandona a nuestra suerte. Por el contrario, el hecho de haberse introducido en nuestra historia eligiéndose para sí una familia y haber cargado sobre sus hombros nuestra humanidad con todas sus consecuencias, menos el pecado, nos habla de su cercanía, ternura y preocupación por cada ser humano.

Confiemos a todas nuestras familias en las más variadas, complejas y diversas realidades en las que se encuentran, a Jesús, María y José. Y que nuestros misioneros, a quienes vamos a enviar hoy, sean testigos alegres, cercanos y abiertos a todos aquellos a quienes la Providencia amorosa de Dios colocará en el camino de nuestra misión. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap

Arzobispo de Corrientes

NOTA: a la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA SAGRADA FAMILIA 2015, en formato de word
 

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