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2016-05-26 | 
Homilía en la festividad de Santa Rita
Corrientes, 22 de mayo de 2016

  Estamos conmemorando a Santa Rita en el Año de la Misericordia, por ese motivo nos propusieron el lema que dice: “Santa Rita, ayúdanos a ser misericordiosos”. Pero nuestra fiesta coincide también con el domingo, en el cual la Iglesia celebra la fiesta de la Santísima Trinidad: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, una maravillosa y perfectísima comunidad de amor, a cuya imagen y semejanza fuimos creados. Por esa razón, todo en el ser humano tiende a la unidad y a la comunión. En cambio, la contracara de Dios y del hombre es todo aquello que divide y confunde. El pedido de ayudarnos a ser misericordiosos que le hacemos hoy a nuestra santa, es una súplica para que ella nos ayude a ser hombres y mujeres, que trabajen por la unidad y la comunión en el matrimonio, en la familia y en todas partes.

La misericordia, la comunión y la unidad van de la mano. No puede haber verdadera fraternidad, sin la práctica de la misericordia entre las personas. Tendríamos que preguntarnos si realmente estamos convencidos de que ser misericordioso es mejor que lo contrario. Tal vez tengamos que superar algunos prejuicios y miedos que nos produce la palabra misericordia. Con frecuencia creemos que si somos misericordiosos, los demás nos van a “pasar por arriba”, como se suele decir; que ser misericordioso es sinónimo de débil, ingenuo o incauto. Para esa manera de pensar, la misericordia sería una nota que caracteriza a las personas débiles, lo cual no tiene nada que ver con la verdadera misericordia. La misericordia es todo lo contrario: es una virtud que distingue a las personas fuertes.

Miremos ahora a nuestra santa. Afortunadamente poseemos una buena cantidad de datos sobre su biografía. Allí la muestran como una mujer fuerte y sin embargo profundamente misericordiosa. Es decir, una mujer fuerte, pero no agresiva; fuerte, pero no soberbia; fuerte, pero no despreciativa. Esto nos hace pensar que hay una fortaleza mayor y distinta de aquella que se construye con la prepotencia, con el desprecio y con la violencia. Y que este modo falso de sentirse poderoso revela una enorme pobreza y debilidad en la persona. La vida de la santa, que hoy conmemoramos, nos enseña que practicar la misericordia hace la vida más plena y más gozosa, aun cuando esté jalonada de muchas adversidades.

Volvamos a la vida de Rita de Casia. Ella fue una mujer casada, madre de dos hijos, luego viuda y, finalmente, monja. Estos datos son suficientes para considerarla una mujer con una experiencia muy amplia de la vida, a pesar de los siglos que la separan de nosotros. Sabemos que le tocó padecer mucho durante los primeros años de su matrimonio por tener que convivir con un hombre golpeador; luego soportó un gran dolor porque su esposo fue asesinado; sufrió y luchó para que sus dos hijos no se dejaran arrastrar por el odio y la venganza hacia los que mataron a su padre. Aun así, ella mantuvo la serenidad, actuó con paciencia y amor, y no renegó de Dios ni de la vida.

Al contemplarla la vida de nuestra santa, nos damos cuenta de que estamos ante una persona con una fortaleza interior extraordinaria. La pregunta que nos debemos hacer es esta: ¿de dónde le viene a Rita esa fortaleza para soportar tanta adversidad? Pero antes de responderla, cabría que esa misma pregunta se la dirigiéramos también a Dios: ¿cómo es posible que Él continúe soportando tanta iniquidad que hay en el mundo y no termine estallando de ira? ¿En qué consiste, entonces, la omnipotencia de Dios y cómo la emplea? ¿No será que nuestra santa, amiga de Dios, comparte con él su misma fortaleza? ¿Y que realiza cosas imposibles precisamente porque creyó en el poder de la misericordia de Dios?

Esto nos abre el horizonte para comprender que la fortaleza de Dios está precisamente en su corazón misericordioso. La verdadera fortaleza, el poder que todo lo puede, está en el amor. Rita comprendió, aceptó y vivió hasta las últimas consecuencias el Amor de Dios: un amor que se manifiesta como misericordia que aniquila el odio; como luz que disipa la oscuridad; como bien que disuelve el mal. Ella experimentó que Dios la ama intensamente y que ese amor la hizo mujer fuerte y la capacitó para hacerlo realidad en “las buenas y en las malas” de la vida que le tocó vivir.

La vida de Santa Rita nos ayuda a entender algo del insondable misterio de Dios, casi podríamos decir que con ella nos asomamos para ver un poco cómo es “Dios por dentro”. Dios es Amor. Es Padre, Hijo y Espíritu Santo, una perfecta comunidad de amor. El poder de Dios está en el amor. Por eso el papa Francisco afirma que el nombre de Dios es Misericordia y proclama un Año Santo, para que durante todo ese tiempo profundicemos en el poder de la misericordia de Dios. Precisamente en ese poder creyó Santa Rita y le fue re bien. Con ese poder venció toda la maldad que se había acumulado en el corazón de su esposo y de sus hijos. Dicho con las palabras del Jubileo, ella practicó obras de misericordia en su propia familia, y así la rescató de la división y la violencia.

Esta gran santa nos enseña que el hombre participa del poder de Dios cuando ama, es misericordioso, justo y fraterno con todos, especialmente con aquellos que le provocan toda clase de contrariedades y sufrimientos. El amor de Dios es más fuerte que todo eso y aún más poderoso que la muerte. En esta maravillosa verdad nos introduce el Espíritu Santo –como escuchamos hoy en el Evangelio– y así nos hacer ver y experimentar que Dios es misericordia y que esa misericordia se reveló plenamente en Jesucristo. Él nos llama a ser misericordiosos como el Padre y “nuestra esperanza no quedará defraudada –nos dice san Pablo en la segunda lectura– porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5).

Alegrémonos por el inmenso don de honrar a santa Rita en el corazón de nuestra ciudad y descubrirla como modelo del extraordinario poder que tiene la misericordia de Dios. Aquí, en este templo, tenemos una providencial ocasión para contemplar esa misericordia y adorarla en el Santísimo Sacramento, que permanece expuesto las 24 horas de la jornada. Querido hermano, querida hermana: Jesús te espera para aliviar la carga de tu vida y fortalecer tus pasos. Te hará mucho bien si te detienes un momento en este templo, para sosegar aquí tu corazón y abrirlo al perdón y la paz.

Para concluir, dirijámonos a nuestra tiernísima Madre de Itatí y pidámosle que mire con sus ojos de misericordia a todos los que humildemente recurrimos a ella; que ella nos ayude a experimentar profundamente el perdón y la misericordia de Dios, para que seamos misioneros de esa misericordia, ante todo, en nuestras familias, y luego en todos los ambientes donde nos desempeñamos, especialmente en aquellas circunstancias adversas que nos desafían a ser testigos pacientes y alegres de Dios rico en misericordia. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.

Arzobispo de Corrientes





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