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2016-05-30 | 
Te Deum
Corrientes, 25 de mayo de 2016
  Estamos aquí para expresar a Dios, fuente de toda razón y justicia, nuestro profundo agradecimiento por darnos esta tierra que nos abraza, y en ella una casa común en la que habitamos; por el precioso legado que nos dejaron nuestros mayores, y por la presencia de la Iglesia en aquellos momentos fundacionales. Dos acontecimientos correlativos, el 25 de mayo de 1810 con el primer grito de libertad, y el 9 de julio de 1816 con la declaración de la independencia nacional, son el motivo de nuestro Bicentenario patrio.

También nosotros hoy, como aquellos hombres y mujeres que nos precedieron en la construcción de la Patria, afirmamos con profunda convicción que queremos ser Nación; que nos comprometemos avanzar continuamente en la búsqueda del bien común, en la reconciliación y la fraternidad, conforme los deseos que expresó el papa Francisco en su nota de felicitaciones al Sr. Presidente, con ocasión de esta festividad.

Reafirmamos, lo que decíamos al comenzar la conmemoración del Bicentenario: desde los inicios de nuestra comunidad, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.

Entonces recordábamos que en nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad social, la tolerancia y convivencia en la pluralidad cultural, religiosa y étnica; el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el aprecio por la familia, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia; el amor a la tierra y la sensibilidad hacia el ambiente. Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina.

Poco a poco nos vamos familiarizando con el diálogo y otros aprendizajes cívicos, como el afianzado camino de las urnas; la definitiva opción por el sistema democrático, republicano y federal; la saludable alternancia en el poder; la conciencia lenta pero creciente de cuidar de los más débiles; y la irrenunciable elección de la no violencia como único camino hacia un futuro promisorio para todos, porque la experiencia histórica nos ha demostrado que por el camino de la controversia se profundizan los conflictos, perjudicando especialmente a los más pobres y excluidos.

La dura realidad económica, por la que está atravesando nuestro pueblo, exige que nadie deje de preguntarse cuál debe ser su contribución para aliviar el sufrimiento y la angustia de aquellos que han perdido el empleo, de los que cayeron en un empleo precarizado, o de aquellas personas que viven bajo la amenaza de quedarse sin trabajo. Preocupa saber que hacia fines del 2015, más de diez millones de trabajadores sufrían problemas de empleo . Ante esta realidad, que se ha agravado en los últimos meses, la Patria nos pide que nos cuidemos unos a otros, que aquellos que tienen más acrecienten su solidaridad con los que tienen menos, porque la paz social es un bien para todos y su ausencia afecta a todos por igual.

En cualquier grupo humano son determinantes los liderazgos, más aún cuando se trata de una comunidad política. No desconocemos las consecuencias que tiene un liderazgo, cuya acción esté orientada claramente al servicio del prójimo y al bien común, de otro cuyas intenciones estás movidas por otros intereses. Y las intenciones están en el orden del ‘corazón’. Las graves consecuencias, que provoca un corazón humano que se corrompe, se pueden verificar dramáticamente en la primera sociedad que construyen el varón y la mujer al unirse en pareja y formar una familia. Cuando el corazón de los cónyuges se extravía, todo el grupo familiar se resiente. De modo análogo sucede con las personas que tienen responsabilidades en la vida pública. Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la permanente disposición al diálogo, la capacidad de escucha, el compromiso concreto por el bien de todos, priorizando siempre a los que más sufren y a los pobres y, sobre todo, la coherencia de vida.

En el ámbito de la vida pública, y en el amplio quehacer de la vida política de un pueblo, se necesitan hombres y mujeres virtuosos, que comprendan que hablar de virtud significa afirmar que la elección del bien compromete todas las dimensiones de la persona, no es una cuestión ‘cosmética’, un embellecimiento exterior, que no daría fruto: se trata de arrancar del corazón los deseos deshonestos y buscar el bien con sinceridad. Para que los buenos proyectos y estrategias lleguen a buen término, es decir, que efectivamente promuevan el bienestar ante todo de los más pobres y desvalidos, y de todos, deben estar sostenidos por hombres y mujeres virtuosos, que no se dejan sobornar por nada y por nadie.

La Sagrada Escritura nos presenta la dinámica del corazón endurecido: cuanto más el corazón está inclinado al egoísmo y al mal, es más difícil cambiar. En esa condición, el hombre no puede actuar en beneficio de los otros y cualquier teoría o proyecto de reformas sociales o políticas se verán contaminadas por los intereses de un corazón endurecido. Sin embargo, Dios puede reformar nuestro corazón con la condición de que lo deseemos sinceramente, se lo supliquemos con humildad y lo dejemos actuar, porque la transformación del corazón del hombre es obra de Dios.

Poseemos una maravillosa herencia de valores que se encarnó no solo en nuestros próceres más preclaros, sino en una multitud de hombres y mujeres que vivieron con rectitud y entrega sus vidas en su propia familia y en la sociedad. Es providencial que en este año del Bicentenario dos hijos de nuestra tierra, la venerable María Antonia de Paz y Figueroa (1730-1779) y el beato José Gabriel del Rosario Brochero (1840-1914), sean proclamados por la Iglesia, beata y santo respectivamente. Un hombre y una mujer que supieron atender las necesidades espirituales y materiales de sus paisanos, llevando una vida pobre y entregada hasta el final de sus días. Que su intercesión nos proteja a todos, pueblo y gobernantes, y su ejemplo nos estimule a una vida más virtuosa que, sin lugar a dudas, redundará en el bienestar de todos.
 
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes



NOTA:  a la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA TE DEUM 25-05-2016, en formato de word.



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