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2016-08-08 | 
Homilía en la Misa de la festividad de San Cayetano y la 31ª Peregrinación de los Trabajadores
San Cayetano, 7 de agosto de 2016
  
    Hoy el calendario nos regala dos fiestas en un solo día: San Cayetano y la 31ª Peregrinación de los Trabajadores. Siempre hemos relacionado a S. Cayetano con esta tradicional peregrinación que realizamos desde la Rotonda de la Virgen hasta este Santuario. Pero es la primera vez que las celebramos en conjunto y, además, esta vez lo hacemos en el Año de la Misericordia. Por eso, el lema que nos acompaña este día dice así: “Que San Cayetano nos ayude a vivir la misericordia”. De este modo, hoy tenemos juntos al Santo del Pan y del Trabajo, la Peregrinación de los Trabajadores, y el Año de la Misericordia. Y el tema central que atraviesa los tres momentos es la Misericordia.

Dirijamos primero nuestra mirada al Santo. Cayetano vivió en Italia durante los años que coincidían con la primera evangelización que se llevaba a cabo, antes de la fundación de la ciudad de Corrientes, en la orilla del Paraná cerca de Itatí. En esas orillas, hace más de cuatrocientos años nacimos a la fe cristiana gracias a la predicación y el testimonio de los misioneros; allí crecimos en la devoción a la Virgen de Itatí; y también allí escuchamos, por primera vez, que Dios es infinitamente misericordioso y dispuesto a perdonar siempre; desde aquel primer anuncio de la Buena Noticia, conocemos que Jesús es la máxima revelación de la misericordia del Padre. En esa misma época vivió San Cayetano, un gran amigo de Jesús, a quien entregó toda su vida. De esa manera, Cayetano se distinguió por ser un hombre de mucha oración y de una práctica heroica de la caridad con el prójimo.

Por eso, no es difícil relacionar a San Cayetano con la misericordia y es fácil darse cuenta porqué fue caritativo con el prójimo y misericordioso con todos: miremos su imagen y grabémosla profundamente en nuestro corazón. ¿Cómo lo representamos? Lo primero que aparece a nuestra vista es un hombre vestido de clérigo y con el Niño Jesús en sus brazos. Y ahora, con esa imagen impregnada en nuestra retina, escuchemos una frase suya: "En el oratorio rendimos a Dios el homenaje de la adoración, en el hospital lo encontramos personalmente". El profundo encuentro que vivió San Cayetano con Jesús, el rostro de la misericordia del Padre, lo transformó de tal manera que lo llevó a ser un hombre misericordioso con los demás, a ejemplo de aquel que él mismo contemplaba en sus brazos.

Ahora podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué nos dice hoy San Cayetano a nosotros? ¿Cuál es el mensaje que les deja a los trabajadores? Pero como no se puede desvincular al trabajador de aquellos que tienen la posibilidad y la responsabilidad de brindar empleo, la pregunta va también para ellos: ¿Qué les dice hoy San Cayetano a los que tienen la capacidad de dar trabajo? A unos y a otros, el Santo nos recuerda que debemos dar cuenta a Dios de nuestra vida y que, por consiguiente, no podemos vivir de cualquier manera. Y dar cuenta a Dios significa, en primer lugar, abrirle nuestro corazón y darle gracias porque nos permite estar a todos juntos delante de Él.

Escuchemos de nuevo lo que San Cayetano le escribe a una amiga suya, que se llamaba Elizabeth: “Ten por cierto que nosotros somos peregrinos y viajeros en este mundo: nuestra patria es el cielo; el que se engríe se desvía del camino y corre hacia la muerte. Mientras vivimos en este mundo, debemos ganarnos la vida eterna, cosa que no podemos hacer por nosotros solos, ya que la perdimos por el pecado, pero Jesucristo nos la recuperó. Por esto, debemos siempre darle gracias, amarlo, obedecerlo y hacer todo cuanto nos sea posible por estar siempre unidos a él”.

El Santo a quien hoy honramos, puso su corazón en los bienes allí donde el ladrón no se acerca ni destruye la polilla, como escuchamos hoy en el Evangelio. Así nos enseña con el testimonio de su vida que allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón. Mis queridos hermanos, San Cayetano nos enseña que somos peregrinos en este mundo y que nuestra patria definitiva es el cielo, donde el amor de Dios reina para siempre. El que tiene presente esto, se esfuerza por cuidar y respetar la dignidad de toda persona, sea trabajador o empresario, peregrinos como él hacia la patria del cielo. En el corazón de esa persona no hay lugar para sentimientos de hostilidad ni para conductas tramposas; allí no cabe la venganza, ni el falaz aprovechamiento de los más débiles.

El Santo del pan y del trabajo, nos está diciendo que pongamos a Dios en el centro de nuestra vida: nos animemos a tomar a Jesús Niño en nuestros brazos, como lo hizo él, y dejemos que su Evangelio transforme profundamente nuestro corazón, para abrirlo a la misericordia y al perdón, y hacerlo más sensible a las necesidades de nuestros hermanos, especialmente los que más sufren. Solamente quien experimenta en su vida a Dios, infinitamente compasivo hacia todas sus creaturas, puede ser misericordioso con los otros. La dureza, la insensibilidad, la crueldad con la frecuentemente nos tratamos entre nosotros, revela una profunda insatisfacción y ausencia de amor y de perdón en nuestros corazones.

La causa más profunda de los males que padece nuestra sociedad es, precisamente, la ausencia de Dios. Esa ausencia provoca un enorme vacío en el corazón del hombre, vacío que pretende llenar con ídolos. Esos ídolos son pequeños y despreciables dioses que se apoderan de las personas y las ponen de rodillas para someterlas al placer, al dinero, al poder, a la droga, al alcohol, al juego de azar, a la diversión compulsiva. Entonces, el que cae en esas redes, no escatima ningún medio para poder satisfacer sus adicciones: roba, extorsiona y mata. De esa manera se reedita a lo largo de la historia la tragedia de Caín. También hoy a nosotros Dios nos interpela: ¿Dónde está tu hermano? El Año de la Misericordia nos propone el camino para responder a esa interpelación poniendo en práctica las obras de misericordia.

San Cayetano nos recuerda que debemos colocar a Dios en primer lugar. Él se mostró a nosotros con el rostro de la misericordia en Jesús. Abrámosle nuestro corazón. Supliquemos al Santo del Pan y del Trabajo que nos alcance la gracia de crecer más en la fe, que reavive en nosotros la esperanza, y que nos sostenga en amor al prójimo, sobre todo allí donde se nos hace más difícil: en la familia, en el trabajo, en la calle, en la función pública. El devoto y peregrino de San Cayetano debe ser un hombre pacífico, trabajador, honesto y buen compañero; solidario especialmente con el que menos tiene y siempre dispuesto a compartir el pan; y, si está dentro de sus posibilidades, dar trabajo o hacer todo lo posible para que el trabajador no lo pierda, especialmente en las difíciles circunstancias que estamos atravesado.

Finalmente, miramos a San Cayetano, y confiados en su intercesión, le pedimos por la paz, la justicia y el encuentro entre todos los argentinos; se lo pedimos especialmente por toda la comunidad correntina, que no falte el pan y el trabajo en ningún hogar de nuestra Provincia y que estemos dispuestos a compartirlos especialmente con los que más sufren. Y que todos descubramos el gozo de poder alimentar nuestra fe con el Pan de Vida, que fortalece nuestro peregrinar hacia la patria del cielo, donde esperamos que Dios nos abrace con su amor y su misericordia para siempre.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

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