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2016-11-14 | 
Homilía en la Misa de Clausura de la Puerta Santa en el Año Extraordinario de la Misericordia
Iglesia Catedral, 12 de noviembre de 2016

  Todo tiene un comienzo y un final, porque así es la vida del hombre sobre la tierra: nace, crece, se desarrolla y, por último, muere. Esta es la ley para todo ser viviente, una ley que alcanza también a los acontecimientos: hay un comienzo de año y un fin de año; se da inicio a una etapa y también se asiste a su término. Así sucede también con el Jubileo que estamos viviendo: hemos inaugurado llenos gozo y expectativas el Año de la Misericordia, abriendo de la Puerta Santa y, luego de trascurrido el tiempo previsto, hoy nos toca realizar la clausura de la Puerta de la Misericordia y, con ese signo, concluimos también este Jubileo Extraordinario, que nos regaló el papa Francisco.

Sin embargo, al devenir histórico del hombre –sujeto a un inicio, a un desarrollo y a un final–, Dios en su infinita misericordia le ha abierto una gran esperanza. A los hombres, que por su desobediencia han perdido toda esperanza, Jesucristo, el Verbo hecho carne, se ha revelado como Camino, Verdad y Vida. Este gran misterio del Amor de Dios, es el que expresamos en la oración a la Virgen y a la Cruz, cuando decimos: “nos miraste con ojos de misericordia por más de cuatro siglos”; a ese testimonio de fe, añadimos con renovada convicción: hoy continúa mirándonos con esos mismos ojos: llenos de ternura y misericordia. Y ante la Cruz de los Milagros nos comprometemos a “compartir con los más pobres”, porque eso nos hace “misioneros de la misericordia”. En la mirada tierna de María contemplamos conmovidos la misericordia que Dios, que renueva profundamente nuestra vida. Y, así, renovados, nos lanzamos a ser testigos y misioneros de la misericordia que nosotros mismos hemos experimentado.

Hoy vamos a clausurar la Puerta de la Misericordia, que fue destino de muchas peregrinaciones durante el Año jubilar. Alguien se preguntaba por qué debemos cerrar esta puerta, dado que fue signo y ocasión de tantas conversiones y profundas experiencias de perdón y de misericordia. Miles de peregrinos atravesaron esa Puerta, se acercaron al sacramento de la Reconciliación, y, además, tuvieron la gracia de obtener la indulgencia para sí mismo y para sus seres queridos ya difuntos. Por qué, entonces, detener este torrente de gracias, clausurando la Puerta Santa. El motivo es más simple de lo que parece. Por lo mismo que decíamos al comienzo, todo tiene un tiempo y un lugar, y precisamente en eso consiste la oportunidad: cuando se presenta la ocasión favorable, es necesario disponerse, darse tiempo y priorizar lo que es esencial. Entonces, el nuevo período que se abre delante de nosotros, una vez clausurado el Año de la Misericordia, es un tiempo para hacer realidad, en lo cotidiano de la vida, aquella profunda renovación que fue para cada uno de nosotros el Año jubilar. Se cierra hoy la Puerta Santa, se clausura el Año Extraordinario de la Misericordia, pero no se cierran las obras de misericordia. El año que hemos vivido, nos sirvió para tomar conciencia de la gran importancia que tiene la misericordia en la vida del creyente.

Durante este tiempo hemos valorado la enorme riqueza que poseen las parábolas de la misericordia, y, sobre todo, nos hemos dado cuenta aún más hasta qué extremo llega la misericordia del Padre, que se nos ha manifestado en Jesucristo, el testigo del perdón y de la ternura de Dios. Si hoy, por un lado, se cierra el signo de la puerta, por otra, hoy se abre de par en par la puerta de la vida real y concreta de todos los días, para que la vivamos bajo el manto de la ternura, el perdón y la misericordia de Dios.

Y en esta travesía terrena, hecha de tiempo y de espacio, de procesos y de etapas que comienzan y concluyen, la palabra de Dios, que hemos escuchado, enciende una luz roja, como advertencia, y, al mismo tiempo, nos señala por dónde va la onda verde que debemos transitar, con tres recomendaciones importantes: no dejarse engañar, dar testimonio y perseverar. Frente a los que anunciaban el fin del mundo, Jesús enseña que la actitud que corresponde al creyente, es la confianza. Aun cuando el mal, en todas sus perversas manifestaciones, parezca llevar ventaja sobre el bien, el discípulo de Jesús confía y persevera hasta el final, no se deja engañar, encuentra en esa confianza la fortaleza para dar testimonio y para ser constante en el bien siempre.

Esas recomendaciones de Jesús: no dejarse engañar, dar testimonio y perseverar, nos iluminan y nos dan ánimo para ser misericordiosos. Es fácil ceder a la venganza y renunciar a la misericordia: el engaño está precisamente en pensar que es más poderoso el que se venga y no el que practica misericordia. Seamos testimonios de la misericordia, porque de ese modo participamos de la omnipotencia de Dios, que se manifiesta precisamente en ser misericordioso. ¡Cuánto bien nos haría si descubriéramos que el perdón y la misericordia son también virtudes cívicas, y que las mismas deberían traducirse en conductas y programas sociales! Debemos convencernos que el ser humano, cualquiera sea su ruina, puede recuperarse solamente mediante la misericordia, que es la que hace humana y eficaz la justicia. Hace poco, el papa Francisco decía que el hombre tiene sed de misericordia y no hay tecnología que pueda apagar esa sed: busca un afecto que vaya más allá de las consolaciones del momento, un puerto seguro donde arrimar su navegar inquieto, un abrazo infinito que perdona y reconcilia.

Como una ayuda para que la gracia del Año Jubilar no se debilite, sino que aumente de aquí en adelante, se nos ha entregado un subsidio con un título provocador y sugerente: “Para continuar siendo misericordiosos”. Allí encontrarán los compromisos que hemos asumido como Comunidad diocesana, y aquellos otros que nos proponemos realizar en nuestras Comunidades parroquiales, en la Catequesis, en el Matrimonio y la Familia, en los Movimientos, en las Escuelas católicas, en la visita a los enfermos, y en el trato pastoral con los encarcelados. Recomiendo vivamente que repasemos con frecuencia esos compromisos individualmente, y también en los diversos grupos eclesiales a los que pertenecemos.

Convenzámonos que hemos sido extraordinariamente bendecidos con el Año de la Misericordia. Somos portadores de una gracia inmensa, que ahora deseamos cultivarla en el matrimonio y la familia, en nuestras comunidades eclesiales, y como misioneros en nuestra sociedad: ¡Cuánta misericordia se necesita en el trato que damos a los que frecuentan nuestras oficinas públicas; a los que concurren a los hospitales y centros de salud! Seamos más misericordiosos en nuestras escuelas, hogares de ancianos, cárceles, en los lugares de trabajo, y aun en nuestras propias comunidades. ¡Gracias Señor por habernos mostrado el rostro misericordioso del Padre! ¡Bendito seas porque, a pesar de nuestros pecados, nunca dejas de perdonarnos! ¡Te alabamos, porque nos has dado a María bajo la hermosa advocación de María de Itatí, tiernísima Madre de Dios y de los hombres! A ella recurrimos, una vez más, para que nos acompañe y sostenga en el compromiso de seguir siendo misericordiosos siempre y con todos.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes
 

NOTA:  a la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA CLAUSURA JUBIELO, en formato de word.

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