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2016-12-10 | 
 Homilía en la Misa de Admisión e institución de Lectores y Acólitos
 Iglesia Catedral, 9 de diciembre de 2016

   Entre diversos motivos por los cuales nos hemos reunido para celebrar la eucaristía, hay uno que, de alguna manera, nos implica a todos, porque se refiere a la institución de varios ministerios que recibirán algunas personas de nuestra comunidad eclesial.

Ustedes saben que, para acceder a un ministerio en la Iglesia, es necesario cumplir con un camino de preparación. Así, por ejemplo, para ser catequista, hay que aprender ese oficio y, como todo aprendizaje, lleva tiempo y esfuerzo. Así también, para ser diácono, sacerdote u obispo, es preciso realizar un camino de formación espiritual, que consiste en adquirir la mente de Cristo, como diría san Pablo; y un camino de formación intelectual, que supone profundizar en el conocimiento del Evangelio y de la enseñanza de la Iglesia. Pues bien, hoy están aquí unos hermanos, los cuales, concluyendo alguna de sus respectivas etapas en el camino de preparación hacia su respectivo servicio, recibirán los ministerios del Lectorado y el Acolitado, y dos de ellos será admitido como candidato al Orden Sagrado, cuando concluya su período completo de preparación para el sacerdocio y el obispo lo llame para ser ordenado presbítero.

¿Quiénes son los candidatos de los cuales estamos hablando? Hemos mencionado a dos que serán admitidos y ambos están cursando teología en el Seminario interdiocesano “La Encarnación” de Resistencia, ellos son: Alfredo de Jesús Verón, de la parroquia María Auxiliadora de Bella Vista; y Eduardo Saúl Speranza, de la parroquia de San José de Saladas. Seguimos presentando a los otros seminaristas: Cristian Rafael González, también de la parroquia María Auxiliadora, quien ya había sido admitido oportunamente, recibirá hoy el ministerio del Lectorado; Guillermo Ariel Mesa, de la Parroquia Nuestra Señora de Itatí de esta Ciudad, y Héctor Horacio Amarilla, de la Parroquia de San José Obrero de Bella Vista, ya admitidos e instituidos Lectores, recibirán hoy el ministerio del Acolitado.

Luego están los candidatos al Diaconado permanente. Ramón Evaristo Navarro, de la parroquia de San Pantaleón, y Juan Carlos Cuva, de la parroquia del Niño Jesús, recibirán hoy el ministerio del Lectorado. Por su parte, José Manuel Echavarría de la parroquia de Jesús Misericordioso, y Roberto Luis Berdum, de la parroquia Inmaculada Concepción de Itá Ibaté, recibirán el ministerio del Acolitado. Hasta aquí la presentación de nuestros candidatos, que están dispuestos a servir en algunas funciones específicas de nuestra comunidad diocesana.

Acabamos de decir que están dispuestos a servir. La plenitud de la vocación humana y cristiana es ponerse al servicio de Dios y de los otros. Así lo escuchamos por boca del profeta Isaías en la primera lectura. Allí el profeta se lamenta porque el pueblo elegido de Dios no se dejó conducir por la instrucción provechosa que le marcaba el camino por donde debía ir: “Así dice Yahveh, tu redentor, el Santo de Israel. Yo, Yahveh, tu Dios, te instruyo en lo que es provechoso y te marco el camino por donde debes ir. ¡Si hubieras atendido a mis mandatos, tu dicha habría sido como un río y tu victoria como las olas del mar!” (48,17-18). Como tantas veces, el hombre, engañado, prefiere seguir sus propios caminos, creyendo poder alcanzar una felicidad a corto plazo. El que desea ser discípulo de Jesús debe estar muy atento para no dejarse arrastrar por fantasías que prometen mundos felices sin ningún esfuerzo. La promesa de vida y de plenitud que ofrece Jesús es seguirlo poniéndose al servicio de la comunidad, allí donde se le indique y lo reclama la necesidad de los hermanos, y no donde a uno le gustaría hacerlo y menos aún donde por los méritos se pensé que le correspondería servir.

Las diversas etapas por las que vamos avanzando en la preparación a cumplir un determinado servicio en la Iglesia, sea como diácono, presbítero u obispo, son poderes que se otorgan para servir y no para ser servidos; para dar la propia vida por los demás y no para quitársela a los otros; en pocas palabras, para morir y no para vivir mejor. Esa es la lógica de Jesús, el modo de ser y de actuar de Dios, y es, en consecuencia, el corazón de esta celebración: Eucaristía es Acción de Gracias por la entrega total de Jesús al Padre, a la que Él nos asocia derramando su Espíritu en nosotros, para que también en nuestra vida se produzca ese dinamismo de entrega sin reservas a Dios y a los hermanos.

La gran mayoría de los contemporáneos de Jesús se resistían a la sabiduría de Dios que Él les anunciaba, tratándolo como endemoniado, comilón y borracho. Ante esa ignorancia e insensatez, seguramente con un corazón dolorido, Jesús se preguntaba: “¿Con quien puedo comparar a la gente de hoy? Son como niños sentados en la plaza, que se quejan unos de otros: Les tocamos la flauta y ustedes no han bailado; les cantamos canciones tristes y no han querido llorar. Porque vino Juan, que no comía ni bebía, y dijeron: Está endemoniado. Luego vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: Es un comilón y un borracho, amigo de cobradores de impuestos y de pecadores. Con todo, se comprobará que la Sabiduría de Dios no se equivoca en sus obras” (Mt 16,17-19).

También hoy se extiende cada vez más la resistencia a colocarse en el lugar del servicio, de la entrega humilde y generosa que no busca la recompensa. Aún en nuestras comunidades corremos el peligro de buscar ambiciosamente ser reconocidos, aplaudidos, y convocados a los puestos de mayor visibilidad. Nos cuesta enormemente el lugar invisible y sencillo desde donde servir al prójimo, por el solo hecho de ver en él el rostro de Cristo sufriente y necesitado. El bautismo nos consagró a todos para Dios y para el prójimo. El lugar, desde donde caminar y crecer en ese servicio al que nos capacitó el bautismo, nos lo indica el mismo Señor Jesús, a través del discernimiento que realizan los responsables de la comunidad. Servir es, entonces, sinónimo de obedecer, en el espíritu que lo hizo María en la Anunciación, y que luego continuó fielmente a lo largo de toda la vida pública de su Hijo, hasta la entrega total de esa obediencia al pie de la Cruz.

Y para concluir, a propósito de estos ministerios que a continuación vamos a instituir, me gustaría compartir con ustedes, especialmente con los adolescentes y jóvenes, diciéndoles que hermosa experiencia de la vocación sacerdotal, o a la vida consagrada, o al matrimonio. En cada uno de esos casos, se trata de un verdadero llamado de Jesús a seguirlo como discípulos y misioneros suyos. “Señor, qué quieres de mí, cuál es tu voluntad sobre mi vida”, debería ser la pregunta-oración que acompañe la jornada entera de un niño, adolescente y joven. Tan importante es esto para la felicidad y para una vida plena, que el papa Francisco convocó un sínodo de obispos para profundizar sobre el tema: Jóvenes, fe y discernimiento vocacional. No le tengan miedo a Jesús, él no quita nada de lo bello que tiene la vida, dijo el papa Benedicto XVI.

En el camino del Adviento, nos encomendamos a Nuestra Madre Santísima y acompañamos con nuestra oración a los candidatos quienes, impulsados por el Amor a Cristo y fortalecidos por el Espíritu Santo, van a expresar públicamente su deseo de entregarse al servicio de Dios y de los hombres.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.

Arzobispo de Corrientes
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