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2017-03-06 | 
Homilía en la Misa de la festividad de la Cátedra de San Pedro y recepción de los seminaristas del Camino Neocatecumenal
Iglesia Catedral, 22 de febrero de 2017

    Hoy la Providencia nos regala dos acontecimientos que se entrelazan entre sí. En primer lugar, con toda la Iglesia celebramos la fiesta de la Cátedra de San Pedro. En segundo lugar, y en comunión con Pedro, en la persona y el ministerio del papa Francisco, recibimos a siete seminaristas del Camino Neocatecumenal, que se incorporan a nuestra Iglesia particular para proseguir su formación sacerdotal. Los acompaña el P. Oriel Blanco, quien desempeñará el oficio de formador y, además, muchos hermanos y hermanas que pertenecen al Camino Neocatecumenal, entre ellos los máximos responsables: la Sra. Pilar, el P. Gerardo y el Sr. Javier. Les damos la más cálida bienvenida y los encomendamos a María, Madre de los Sacerdotes, para que los cuide y anime en esta hermosa vocación y misión.

Pero antes de decir algo más sobre este momento, retomemos la Palabra de Dios que hemos escuchado. La primera lectura pertenece a un trozo de la Primera Carta del Apóstol Pedro. En esa carta, Pedro está dando “cátedra”, es decir, está enseñando. De allí la expresión Cátedra de San Pedro, donde hoy está la Santa Sede, cuya cátedra ocupa el papa Francisco, sucesor del Apóstol Pedro. El término cátedra viene originariamente de asiento, silla, que es el lugar desde donde el “catedrático” imparte su enseñanza.

Pero hay una nota esencial que distingue la cátedra de Pedro. Cuando Pedro enseña, es Cristo quien enseña. El Maestro, con mayúscula, en esa cátedra es el Señor. Por eso, desde ese lugar se explica y enseña la Palabra de Dios. De allí que en la carta de Pedro que hoy proclamamos, se nos enseña cómo debemos apacentar el pueblo de Dios que nos está confiado. Debemos hacerlo “según Dios”, es decir, a la manera de Él (cf. 1Pe 5,1-4). Y ese estilo de hacer las cosas se reveló en las palabras y en los gestos de Jesús, el Buen Pastor, por excelencia. Pedro, que caminó con Jesús y realizó un profundo y doloroso camino de conversión, aprendió de Él a ser pastor. Por eso tiene autoridad para decirnos desde la cátedra, que tenemos que cuidar a los fieles, no de mala gana, sino con gusto y generosamente, porque así es como Dios quiere que lo hagamos.

El primado de Pedro, es decir, el primero entre los Doce Apóstoles, fue querido expresamente por Jesús. Él es quien funda la Iglesia sobre la fe de Pedro, como lo hemos escuchado en el Evangelio de hoy. El diálogo entre Jesús y sus discípulos llega a un punto crucial y decisivo: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro contestó: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Jesús le replicó: «Feliz eres, Simón, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo» (Mt 16,16-19).

Unámonos también nosotros a la profesión de fe de Pedro y hagamos nuestra su respuesta valiente y decidida: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Respuesta de fe que se extiende a la Iglesia, fundada por Cristo, y expresamente confiada a la primacía de Pedro en comunión con los Apóstoles, cuya ininterrumpida sucesión se realiza en el Obispo de Roma y los obispos en comunión con él. La Iglesia no es una iniciativa humana, ni se sostiene ni apoya en el poder del hombre. La Iglesia es una iniciativa que procede de Jesucristo, y Él es su Cabeza y Pastor invisible. Y el Sucesor de Pedro es la garantía indefectible de la autenticidad de la Iglesia fundada por Jesucristo.

Que esta brevísima enseñanza sobre el origen de la Iglesia nos ayude a dos cosas, ante todo, a decir desde lo más profundo de nuestro corazón: Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica; luego, que la festividad de hoy renueve en todos nosotros el compromiso de rezar por nuestro querido papa Francisco, a quien expresamos nuestro filial afecto y admiración por la enorme tarea de evangelización y renovación, que impulsa en la Iglesia y en el mundo entero.

Decíamos al comienzo que la festividad de la Cátedra de San Pedro estaba estrechamente vinculada a la recepción de los seminaristas del Camino, a quienes ya desde ahora empezamos a considerar como “nuestros seminaristas”. El seminarista se prepara para la vida y el ministerio sacerdotal, que deberá ejercer en comunión con el Obispo, y aprender a ejercerlo “según Dios”, cosa que no es nada fácil. También a Pedro le costó más de una lágrima aprender este oficio de amor, como lo llama bellamente San Agustín. Sabemos que ese proceso de aprendizaje discipular del primer Apóstol culminó en la cátedra de la Cruz, dando testimonio con su martirio de la profesión de fe que hizo unos años antes en Cesarea de Filipo.

Queridos seminaristas: el oficio de amor para el que se están preparando tiene la promesa de felicidad y de éxito asegurada por el Señor Jesús, que es quien los llamó para este ministerio. Pero al mismo tiempo, les recuerda que el camino para ejercer ese oficio exige la entrega de toda la vida y de todas sus dimensiones. El fuerte acento misionero y la radicalidad de sus exigencias, es una nota distintiva de la formación que reciben los seminaristas del Camino, porque expresa una disponibilidad de dejar todo: su familia, amigos, costumbres, idioma, y aun su propia tierra, para colocarse enteramente en las manos de la Iglesia, como lo hizo Jesús, su Divino Fundador, para ponerse al servicio, no donde a uno la gustaría o donde se sentiría más cómodo, sino donde la Providencia se lo manifieste. Esa es la disponibilidad a la que, por otra parte, estamos llamados todos los que ejercemos algún ministerio en la Iglesia: catequistas, diáconos, presbíteros, obispos. No tengamos miedo. Escuchemos la promesa de Jesús: “Feliz de ti, Simón…”. Y sabemos que Dios no se deja ganar en generosidad y cumple fielmente su promesa.
Nos ponemos confiados en los brazos de María, “tiernísima Madre de Dios y de los hombres” y, muy especialmente, de los sacerdotes, para que nos acompañe, aliente y consuele en este hermosa vida y ministerio que nos ha tocado, y para la que ustedes, seminaristas, se están preparando. Y que el luminoso ejemplo de san José Gabriel del Rosario Brochero entusiasme a muchos jóvenes a responder sin vacilar cuando el Señor los llame y les diga que los necesita para su Iglesia.

 
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispado de Corrientes



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