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2017-03-06 | 
Homilía para el Miércoles de Ceniza
Iglesia Catedral, 1 de marzo de 2017

  Hoy empezamos el tiempo de Cuaresma. La Cuaresma mira hacia la Pascua, por consiguiente, todo lo que hagamos en este tiempo tiene que tener esa orientación. Por otra parte, toda la vida del cristiano se sostiene por la Resurrección del Señor, vive por la fe en ella y espera, finalmente, resucitar con Cristo. Sin la Pascua de Jesús, la vida pierde su verdadero sentido. Por eso decimos que el tiempo de Cuaresma es un tiempo especial, que nos brinda la Iglesia, para que nos preparemos mejor a celebrar la Pascua de Resurrección.

En este tiempo, la Iglesia nos invita a todos, fieles, sacerdotes, diáconos, consagrados y obispos, a practicar más intensamente el ayuno, la oración y la limosna. Esa invitación la toma del Evangelio, tal como lo escuchamos hoy. Se trata de prácticas muy antiguas que nos ayudan a liberar el corazón de los obstáculos que nos alejaron de Dios y de los hermanos. Escuchemos, entonces, con la mejor disposición de ánimo a San Pablo, quien nos exhorta en nombre de Cristo, diciendo: “Déjense reconciliar por Dios” (2Cor,5.20). Y, en seguida, como para que no dejemos escapar esta oportunidad, nos advierte: “Este es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación” (2Cor,6.2).

¿Cuáles son los obstáculos que nos alejan de Dios y de los hermanos? Es una pregunta que nos debemos hacer todos. Una pregunta que exige, ante todo, una respuesta individual. Es necesario preguntarse cuáles son los pecados habituales que me alejan de Dios y me aíslan de mis hermanos. Pero también debemos discernir cuáles son las situaciones de pecado, que sostenemos con nuestra falta de responsabilidad en cumplir con nuestras obligaciones ciudadanas. ¿De dónde proviene ese desorden y quién lo provoca? Encontramos la respuesta a esa pregunta en la enseñanza de Jesús, cuando le decía a la gente: “escúchenme todos y entiéndanlo bien (…) es del interior, del corazón de los hombres, de donde “provienen las malas intenciones: las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre” (Mc 7,21-22). La raíz última de los males sociales que vivimos hay que buscarlos en el corazón de los hombres, porque es allí donde se origina el alejamiento de Dios y de los hermanos.

La otra parte de la pregunta que nos hemos hecho es ¿quién provoca ese desorden?, o, mejor dicho, ¿quién es el autor del pecado? Si el pecado crea confusión, mentira y división, el que lo provoca es el gran mentiroso, el que engaña, el maligno, o el demonio, comoquiera que se lo llame. ¿Cómo se lo descubre? Por las consecuencias que deja en su modo de proceder: seduce con apariencias y falsedades, y termina logrando su cometido cuando el hombre se convierte en vanidoso y soberbio. “Pero la apariencia –como nos advierte el Papa en su Mensaje de Cuaresma– esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia”. En consecuencia, el pecado, sea este personal o social, nos hace vivir en la apariencia, es decir, nos engaña haciéndonos creer que eso es lo mejor.

El peligro que entraña la apariencia adquiere formas culturales propias en las diversas épocas. Por ejemplo, hoy se extiende la ansiedad de exhibirse en las redes sociales subiendo fotos de la vida privada y esperar la mayor cantidad de aprobaciones con el “me gusta”. Esta apariencia de comunicación conduce a mucha gente, especialmente a los más jóvenes, a la nomofobia, una nueva adicción, sumada a otras más conocidas, que somete a las personas a un trastorno asociado al miedo de quedarse sin teléfono móvil. Por eso, en muchas partes se recomienda, como respuesta al ayuno que pide Jesús, abstenerse del celular si éste se ha convertido, de un instrumento para comunicarse entre las personas, a un tirano que somete, esclaviza y termina enfermando a la gente.

Otro modo de caer en las redes engañosas del maligno, es el amor a las riquezas inducida por la codicia. La codicia corrompe el corazón y deteriora los vínculos con los demás. En el Mensaje, el Papa, explica que “para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación”. El apego a las riquezas, con la ilusión de creer que de ese modo se asegura la vida, es otra falsedad que hace vivir en la apariencia y la mentira, haciendo que el ser humano se vuelva insensible e indiferente a los sufrimientos del prójimo.

Por eso, Jesús recomienda, como ejercicio saludable para el espíritu y para el cuerpo, la limosna. La limosna, en su sentido original, es sinónimo de piedad, compasión, misericordia, es decir, todo lo contrario de lo que comúnmente entendemos por limosna. Se trata de una actitud de cercanía, sensibilidad por el que sufre, generosidad en compartir y acompañar para sostenerse mutuamente y ayudar a salir de la situación de penuria. La advertencia de Jesús es, también en estos casos, sobre la enfermiza tendencia de exhibirse al dar limosna, por eso, “tengan cuidado (…) cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como lo hacen los hipócritas (…) para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna queda en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,2-4).

La Cuaresma es un tiempo de volver a Dios, de darle el primer lugar en nuestro corazón, en la propia familia, en la comunidad eclesial que frecuento, y en el corazón de la sociedad en la que nos toca vivir. “Volver a Él”, como nos llama el profeta Joel en la primera lectura; y “dejarse reconciliar con Dios”, como nos exhorta san Pablo en la segunda lectura. Eso quiere decir orar más, dedicarle más tiempo al encuentro personal con Cristo vivo en su palabra, en los sacramentos y en el prójimo, atentos otra vez a la advertencia de Jesús: “Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar (…) para ser vistos por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,5-6).

Queridos hermanos, que este tiempo cuaresmal nos acerque más a Dios, nos renueve interiormente, y nos prepare a vivir la Pascua del Señor, que también es nuestra Pascua. Al mismo tiempo, estemos atentos a las ocasiones que se nos presentan, para que también otros, mediante nuestro testimonio y, tal vez, también con nuestra palabra, se reconcilien con Dios y con los hermanos.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispado de Corrientes


NOTA:
A la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA MIERCOLES DE CENIZAS 2017, en formato de word.


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