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2017-04-10 | 
Homilía para la Misa del Domingo de Ramos
Corrientes, 9 de abril de 2017
Breve homilía para la bendición de Ramos

Con el relato evangélico de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, damos inicio a los días más importantes para nuestra vida cristiana. También nosotros nos unimos al cortejo de los que acompañaban a Jesús, para entrar y vivir con Él los días decisivos de su vida: el jueves convoca a sus discípulos al Cenáculo para la última Cena; al día siguiente, viernes, luego del juicio y la condena, lo empujaron al Gólgota para darle muerte; y el sábado, un día colmado de silencio y expectación, celebraremos el glorioso acontecimiento de su resurrección de entre los muertos.

Dijimos que también nosotros queremos entrar y vivir con Jesús el misterio de su pasión, muerte y resurrección. En realidad, es Jesús quien nos llama hoy a entrar y vivir la pascua con Él. Así como Él se encaminó resueltamente hacia Jerusalén, sabiendo que le había llegado la hora y que debía cumplir la voluntad de su Padre, también nosotros pedimos la gracia de hacerlo decididamente, sabiendo que también a cada uno de nosotros nos ha llegado la hora de dar testimonio de Jesús: en fidelidad al maestro, como le corresponde al discípulo; y entregándose a la tarea, como lo debe realizar el misionero.

¿Cuál es la hora que nos ha llegado hoy a nosotros? Está la hora de cada uno, esa que solamente la conoce uno mismo delante de Dios. Pero está la hora decisiva que nos ha llegado a todos para continuar siendo misericordiosos y marcar un estilo de ser Iglesia. Ese estilo lo contemplamos hoy en Jesús, que entra triunfalmente a Jerusalén, manso y humilde de corazón; resistente a cualquier tentación de exhibición, dominio o venganza; sin embargo, no ingresa a la ciudad santa como un pasivo o un débil, sino como un fuerte testigo de la omnipotencia del Padre, que se manifiesta sobre todo en la misericordia y el perdón. A la entrada triunfal a Jerusalén, va a seguir el relato de la Pasión, que vamos a escuchar luego en la Santa Misa. A lo largo de esa narración, cada paso, gesto y palabra, nos hablarán de cómo entiende y vive Jesús la Misericordia del Padre.

A causa de la lluvia, con los ramos benditos que tenemos en nuestras manos, no vamos a salir por las calles de nuestra ciudad, como acostumbramos a hacerlo todos los años. Pero los llevaremos a nuestras casas, para que nos recuerden cuando estemos en familia o cuando salgamos a la calle, que hemos expresado nuestra adhesión incondicional al camino que nos propone Jesús, y para perseverar fieles a esa adhesión en las buenas y en las malas, optando por ser misericordiosos siempre.


Homilía para la Misa del Domingo de Ramos

En el impresionante relato de la Pasión del Señor que hemos escuchado, pudimos acompañar el camino que realizó Jesús y descubrir en ese camino qué entiende Dios, su Padre, por misericordia. Nosotros, que fuimos llamados a ser discípulos suyos, necesitamos aprender de Él para poder ser verdaderos misioneros de la misericordia. Repasemos algunos momentos cruciales de la pasión, para comprender, con la gracia de Dios, qué nos enseña la pasión de Jesús sobre la misericordia qué Él experimentó de Dios, su Padre.

Jesús no se resiste cuando lo llevan al juicio; no profiere palabras hirientes y no se muestra irritado o enfadado cuando lo ofenden y golpean; no condena a Pedro por haberlo traicionado; carga con infinita paciencia la cruz y no maldice a los que lo azotan; no desconfía de Dios, su Padre, a pesar de sentirse abandonado por Él; no reprocha la ausencia cobarde de los discípulos en las horas más angustiantes que le toca vivir… Cabe preguntarse, ¿de dónde saca tanta fortaleza para soportar todo eso? La respuesta a esa pregunta nos da la clave de nuestra fe, y la luz para comprender que la omnipotencia de Dios se manifiesta sobre todo por su misericordia. En otras palabras, podemos resumirlo en una expresión que nos resulta familiar, pero que no siempre comprendemos todo su alcance: el amor es más fuerte que la muerte. Lo que en otras palabras significa que la misericordia es más fuerte que el odio y la venganza.

María, junto a la Cruz, lo ha comprendido en toda su profundidad. Tampoco en ella hay sombra de resentimiento o reproche por lo que le hicieron a su Hijo. Ella perseveraba confiada en las promesas de Dios: conservaba todas esas cosas y las meditaba en su corazón. Que ella nos enseñe aquello que le pedimos en la oración Tiernísima Madre: “paciencia en la vida y fortaleza en las tentaciones”. No la paciencia de los débiles o de los pusilánimes, sino la paciencia de los fuertes, de los que creen que el amor es más fuerte que el odio y que la muerte; de los que no pactan con el odio y la venganza, sino que se juegan siempre por continuar siendo misericordiosos.

Entremos con Jesús a Jerusalén para vivir con Él la Semana Santa, como decíamos al bendecir los ramos. Démonos tiempo durante estos días para leer la Pasión de Jesús y acompañarla con gestos de misericordia y solidaridad. No nos dejemos encandilar por las luces del consumo y optemos por la sobriedad y el encuentro. Es importante y siempre vale más el otro: tu esposa, tu esposo, tus hijos, tus abuelos, tus nietos, que las cosas; es mucho más valioso que compartas con el indigente o con el que la está pasando mal, que preocuparte porque tu mesa desborde de lo que jamás te traerá la verdadera alegría y paz. Que el Espíritu de Jesús Resucitado nos dé la gracia de entrar y vivir intensamente los días santos que se avecinan. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


NOTA: a la derecha de la página, en "Otros archivos" el texto complto como HOMILIA DOMINGO DE RAMOS 2017, en formato de word.


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