. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
.
  solapa guia eclesiastica solapa_prensa plan compartir . . . .
cabezal_prensa .
 
. . . . . .
.
    .
icono_cruz --NOTICIAS .
organismos .
homilias
 
 
 

 

 

 

 

 

.
.
.
.
btn1 btn2 btn3 .
  Imágenes:
 
.
Audios/Mp3:
.
Videos:
.
Otros Archivos :
 

 

 

 

 

 

 

 
2017-04-17 | 
Homilía en la Misa del Jueves Santo
Corrientes, 13 de abril de 2017

  Con esta celebración iniciamos el Triduo Pascual, que conmemora el acontecimiento más importante de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Así lo confesamos todos los domingos en el Credo: “Creo…, en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor; que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilatos; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió al cielo, y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso”. El Triduo comienza con la conmemoración de la Cena del Señor; mañana recordaremos su pasión, muerte y sepultura; y el sábado su resurrección gloriosa.

Toda nuestra vida cristiana gira en torno al Misterio pascual. Confesamos con inmenso gozo que Jesús está resucitado y vivo junto al Padre y en medio de nosotros, y que por la virtud de su pasión, muerte y resurrección nos hizo participar de su misma vida. Esto nos llena de esperanza y nos da la certeza de que nuestra vida se verá colmada de amor, de fraternidad y de paz junto al Padre, por el Hijo y en el Espíritu Santo. Así lo prometió Jesús a todos aquellos que creyeran en Él: “Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna” (Jn 5,24). Por eso, en estos días, acompañamos los momentos cruciales de la vida de Jesús, en los cuales se nos revela el camino por el cual Él nos invita a seguirlo, como discípulos y misioneros suyos.

El discípulo se distingue porque presta atención de buena gana y escucha las palabras del maestro. Para ello, acerquémonos con un amor suave y vivo a la Palabra de Dios que acabamos de proclamar. Las primeras dos lecturas, del libro del Éxodo y de la Primera Carta a los Corintios relatan respectivas comidas rituales. En cambio, el evangelista San Juan, en el Evangelio, describe el gesto del lavatorio de los pies también en el contexto de una comida. Los tres momentos tienen en común la pascua. En el texto del Éxodo, la comida ritual de la comunidad judía conmemora la acción poderosa de Dios, que hizo pasar al pueblo de Israel de la esclavitud a la libertad; la Cena del Señor que se describe en la segunda lectura, conmemora el paso del Señor de la muerte a la vida, invitando a los que participan de esa comida a morir y resucitar con él; y en el Evangelio, se muestra cómo la participación en la Cena del Señor exige llevar a la vida cotidiana la entrega de la propia vida en el servicio, tal como se la celebra en torno a la mesa del Señor.

Repasemos los gestos de Jesús durante la cena, mientras celebraba la Pascua con sus discípulos: “… se levanta de la mesa, se quita el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura” (Jn 13,4-5). Es un gesto de alguien que ha sido revestido de toda autoridad y está dispuesto a ejercer ese poder hasta las últimas consecuencias. Es impresionante la inversión de valores que provoca lo que hizo Jesús durante esa cena y que luego llevó a su máxima expresión en la cruz.

Para acercarnos un poco más y tratar de comprender el alcance de lo que Él hizo, miremos este gesto a la luz de la encarnación: Dios se humilla y desciende hasta el último escalón de la condición humana, para ponerse en las manos de María y de José; luego, lo podemos recordar en la ardua y difícil tarea de formar a un grupo de discípulos para que captaran en qué consiste el verdadero poder que transforma y da vida; lo contemplamos, finalmente, en la misteriosa dinámica de la vida, que radica en entregarla si se la quiere tener, entrega que realiza transitando el humillante camino de la cruz. Como se puede ver, la lógica del poder de Dios no responde a los criterios mundanos, que entienden el poder como extorsión y dominio. Para Dios, el ejercicio del poder debe tomar la forma del servicio y su potencia se manifiesta sobre todo en la misericordia y el perdón, como lo hemos recordado frecuentemente durante el Año jubilar.

A contraluz de la sabiduría de Dios, que se nos revela en el modo de actuar de Jesús, nos encontramos con la necedad compulsiva en la que caemos los seres humanos cuando pretendemos alcanzar algo mediante la difamación, la agresión verbal o la violencia física. Para ello, no es necesario pensar solo en los necios que lucran con la guerra a gran escala y provocan enormes sufrimientos a pueblos enteros; mírese cada uno a sí mismo, y vea cuántas veces cae en ese espiral de violencia con sus familiares, parientes y vecinos; lo comprobamos entre los compañeros de trabajo y entre los adversarios políticos; se nos instala como indiferencia ante las necesidades de la persona o la familia que sufre. Esto alimenta la soberbia que termina por asfixiar los vínculos entre las personas y con Dios.

Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios, que se revela en las suaves y, al mismo tiempo, firmes palabras de Jesús a sus discípulos: “Si yo que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13,14-15). Es tan fácil y aun placentero ponerse en el camino del servicio humilde a los otros, si nos disponemos a realizarlo de la mano de Jesús. Él mismo nos asegura que ese yugo se convierte en una carga liviana si la llevamos con Él: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11,28-30). No es una utopía, un ideal inalcanzable, ni una ingenuidad, pensar que, con Jesús, es posible soñar en una familia humana que se construye mediante el servicio humilde a todos, priorizando realmente el cuidado de los más débiles, los enfermos, y los pobres.

Esto vale no solo para los que se dedican a realizar algún voluntariado al servicio de la comunidad, sino para todo ser humano y en cualquiera de las responsabilidades que le toca asumir: a los esposos entre ellos; a los padres con sus hijos y de éstos con sus padres; y así en todos los espacios de la vida social y de la acción política. El servicio a los otros hace a la dignidad del ser humano, es esencial al modo de tratarse entre personas; es una condición indispensable para la paz y el progreso de una familia y de un pueblo. Lo contrario, lleva al deterioro de las relaciones y al enfrentamiento continuo. Una sociedad así está inevitablemente destinada a aumentar sus defensas, a construir muros y rejas, a colocar alarmas y a caminar por las calles, agarrada a sus pertenencias para no ser víctima de un arrebato. ¡Qué difícil es imaginar un futuro de paz y prosperidad para esa sociedad!

Sin embargo, en medio de estas oscuridades, Dios no abandona a su pueblo. Empeñado en hacernos comprender lo que nos hace bien y lo que dignifica y hace plena la vida del hombre, continúa iluminándonos con su Palabra y animándonos con sus gestos, para que se ablande nuestro corazón y nos convirtamos a una vida nueva. Al finalizar el Año jubilar de la Misericordia, nos hemos propuesto continuar siendo misericordiosos. Cada uno de los que nos encontramos aquí esta noche, podemos hacer algo para mejorar los vínculos con nuestros semejantes. No lo hagamos de un modo voluntarista, sino con la humildad de quien necesita la gracia de Jesús para convertirse y mantenerse en el camino del servicio. Al finalizar esta Eucaristía, nos vamos a dirigir en procesión con el Santísimo Sacramento hacia el lugar donde permanecerá para la adoración de los fieles. Arrodillémonos humildemente ante Él y supliquemos la gracia de la conversión para nosotros y para todo el mundo, a fin de que “la misericordia de nuestro corazón permanezca siempre abierta, de par en par. Hemos aprendido que Dios se inclina hacia nosotros, para que también nosotros podamos imitarlo inclinándonos hacia los hermanos” (Mm 16). Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


NOTA: a la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA JUEVES SANTO 2017, en formato de word.


derechos reservados
guia eclesiastica prensa   organismos calendario links
complot