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2017-06-01 | 
Te Deum
Corrientes, 25 de mayo de 2017

A Ti, oh Dios, te alabamos y te damos gracias
Como lo hemos recordado otras veces, la expresión latina Te Deum laudamus, traducida significa A Ti, oh Dios, te alabamos. Con este verso se inicia el antiguo y bello canto de acción de gracias y alabanza, que se utilizaba ya desde el siglo V para dar gracias por una victoria, por la cesación de una epidemia o por alguna circunstancia extraordinaria que motivaba al pueblo de Dios a darle gracias. Así como lo han hecho los patriotas de la generación de mayo en los albores de nuestra gesta independentista, lo hacemos hoy nosotros.

A Ti, oh Dios, te alabamos por la vida de nuestro pueblo, por esta hermosa tierra en la que nos diste la gracia de nacer, y por la fe en tu insondable Providencia que nos acompaña y protege a lo largo de los siglos. Esa providencia se manifestó en el anuncio de la buena noticia del Evangelio, que oyeron los pobladores de estas orillas paranaenses en los inicios de la gestación de un pueblo nuevo. Se trata del anuncio de una sabiduría nueva, que nos viene de lo alto y es, ante todo, pura; y, además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera, como lo hemos escuchado en la primera lectura (cf. St 13,17).

A Ti, oh Dios, te alabamos, porque esa sabiduría de Dios es apenas un hilvanado de grandes ideas, o una mera doctrina, sin que es Jesucristo, que murió y resucitó para salvarnos a todos, para devolvernos la amistad con Dios, esa amistad que el hombre por su propia negligencia había perdido; y para restaurar la dignidad inviolable de ser sus hijos, dignidad que fundamenta el derecho básico y universal a la vida de todo varón y mujer que vienen a este mundo. Esa sabiduría se anunció en el contexto de los providenciales sucesos que tuvieron lugar en las costas del Tabacué, de Itatí y de Arazatí, a pocos metros de donde nos encontramos ahora nosotros para esta trascendental conmemoración.

A Ti, oh Dios, te alabamos, te damos gracias y te pedimos

A Ti, oh Dios, te alabamos, por aquellas generaciones de hombres y mujeres, cuyas raíces se nutrieron de la sabiduría guaraní, de la culturas hispana y de sucesivas inmigraciones, fundadas en los principales valores cristianos de libertad, verdad, justicia y amor, valores que iluminaron la mente y encendieron los corazones de los hombres que iniciaron la gesta libertaria. Las generaciones sucesivas, en medio de enfrentamientos continuos, que aún hoy condicionan el camino de la unidad y del encuentro, no bajaron los brazos y nos han transmitido esos ideales. También nosotros hoy renovamos nuestra adhesión a esos valores cristianos, que, en Jesucristo, adquieren una magnitud y trascendencia, que no se la puede dar sino Él.

Queremos caminar hacia la madurez de esa libertad que nos haga capaces de integrarnos como pueblo, atentos especialmente a los más vulnerables y alejados de los bienes comunes, renunciando decididamente a todo tipo de violencia, sea en el ámbito familiar, social o en la vida pública. Necesitamos purificar nuestro modo de pensar y de sentir, para comprender que no es posible construir la paz social que todos anhelamos, si no empezamos por cambiar nuestra conducta personal. Si cultivamos pensamientos de paz, pronunciamos palabras de paz y practicamos gestos de paz, nos vamos a encontrar en un clima propicio para tratarnos con más respeto, honestidad y cordialidad. Esto facilita el camino de la verdad, nos dispone mejor para la práctica de la justicia en el reconocimiento de nuestras faltas y ofensas, aun en materia grave, y nos orienta para avanzar juntos hacia el encuentro con todos. Ese es el espíritu de las palabras de cordial felicitación que le envió el papa Francisco al presidente Mauricio Macri y las extendió a todos los hijos de nuestro amado país, en las que pidió al Señor que nos acompañe en nuestro desarrollo material y espiritual, propiciado por un clima de serenidad, paz y respeto mutuo.

El presupuesto indispensable para cualquier encuentro entre personas, sobre todo cuando entre ellas hubo ofensas graves, que provocaron heridas muy profundas, es desear el reencuentro, anhelar la concordia. Sin ese deseo, que debe convertirse en un objetivo social prioritario, es muy difícil garantizar el camino de la verdad, de la justicia, y de la reparación del daño, que ocasionó el desencuentro. Por otra parte, es imprescindible que busquemos afanosamente la concordia entre los argentinos, porque de lo contrario, estaremos irremediablemente en ese funesto círculo que nos impide avanzar en el desarrollo material y espiritual que todos queremos, y nos mantiene sumergidos en unos alarmantes índices de pobreza.

Danos la sabiduría del encuentro y la grandeza de la entrega
La cantidad de agua que ha caído este año ha maltratado a varios pueblos y parajes, donde debieron ser evacuadas muchas personas y familias, entre ellas niños, mujeres embarazadas, ancianos y enfermos. La mayoría de los que tuvieron que abandonar sus casas, además del daño moral que padecieron, perdieron la mayor parte de sus bienes y recursos para vivir. Sin embargo, en medio de esta catástrofe, hubo actuaciones de extraordinaria ejemplaridad de parte de muchas personas, de asociaciones civiles y religiosas, de las fuerzas armadas y de seguridad, de los que trabajan en la función pública y también de los que militan en las diversas corrientes políticas. De pronto, cuando la desgracia nos golpea y nos lleva al límite entre la vida y la muerte, surge lo mejor y lo más noble que hay en nosotros. En esas circunstancias, somos capaces de actuar más allá de las diferencias sociales, políticas y religiosas, y aparece la vida como el valor más importante y el derecho fundamental que es necesario salvar a cualquier precio. Prestemos atención a lo que acabamos de decir: “a cualquier precio”. De hecho, para salvar vidas, hay que gastar vida y estar dispuesto a perder aun la propia. Fue lo que sucedió entre nosotros a causa de las recientes inundaciones: fueron muchas personas que se prodigaron generosamente en socorrer a los inundados, enfrentaron riesgos, entregaron horas de descanso, postergaron su familia y sus trabajos, es decir, dieron de su propia vida para que otros pudieran aliviar sus angustias y sobrellevar sus penas.

Esta emergencia hídrica, que ocasionó mucho quebranto y desventura, misteriosamente, originó un torrente de solidaridad y de amor auténtico, desinteresado y hasta límites extremos por el prójimo. Traslademos esta realidad circunstancial, a la familia humana: el pecado –terrible desgracia que apartó al hombre de Dios, lo enfrentó a muerte con su prójimo, y dañó su vínculo con la creación–, desató en Dios un torrente de amor y de solidaridad llevados hasta el extremo por todos los hombres, salvándolos de la muerte y fortaleciéndolos para el combate contra el mal. Las situaciones extremas de la vida nos ayudan a comprender el misterio de la cruz salvadora de Jesús, que se entregó para darnos vida y para dárnosla en abundancia. Ahora se entiende mejor, porqué el ser humano, independientemente de su origen y de su cultura, se conmueve profundamente ante un acto heroico, en el cual una persona entrega su vida para que otra viva. Esto nos recuerda cuál es la vocación de todo hombre que llega a este mundo: ser feliz buscando que otros sean felices. La perversidad consiste precisamente en lo contrario: buscar su propio bienestar a costa de los otros, lo cual convierte la vida del hombre, de la familia y de los pueblos en un verdadero infierno.

Las situaciones extremas por las que atravesamos, ya sea en la historia personal o en la realidad colectiva, nos enseñan las verdades fundamentales que aprendimos en la familia, en la escuela y en la iglesia: que la vocación del hombre es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo; que esta patria terrena es transitoria, que nos fue confiada por Dios Creador para que la cuidemos entre todos; para que nos preocupemos realmente que todos se alimenten sanamente, todos vayan a la escuela, el servicio de la salud llegue a todos, todos tengan un trabajo digno, y todos gocen de libertad religiosa. Pero para acelerar este proceso de humanización, es imprescindible, como decíamos hace un momento, descubrir que lo único que realmente vale la pena en la vida es gastarla en bien de los otros, porque es por ese camino que la felicidad tan anhelada nos sorprende a cada paso.

Esa sabiduría, que nos viene de lo alto, la explica Jesús en la parábola del rico insensato, cuyas tierras habían producido mucho, y pretendía asegurarse la vida acumulando sus bienes para darse la buena vida. “Insensato”, es la palabra con la que Jesús sintetiza la moraleja. La tentación de la ambición nos acecha siempre, pero suele ser tarde para liberarnos cuando empezamos a dialogar con ella, porque el primer efecto que produce ese diálogo en la mente es la ceguera y la confusión. A ello le sigue la insensibilidad y la indiferencia por la situación de los otros.

Necesitamos la ética de la compasión y la misericordia
Tenemos que estar atentos a no familiarizarnos con la violencia, la corrupción, y enfrentamiento permanente. En la educación para la paz, a la sociabilidad, a la sensibilidad ante el dolor ajeno y a la disponibilidad para socorrer a los más vulnerables, es fundamental la familia. Cuidemos la familia y ayudémosla en la misión insoslayable e irremplazable que tiene como hogar y escuela, en la que se aprende a convivir, a compartir, a dialogar y a descubrir la belleza y el gozo de ser diferentes, de aceptarse y quererse como cada uno es, y de crecer como personas libres, no para hacer lo que a cada uno se le antoja, sino para compartir esa libertad que nos capacita para convivir y desarrollarnos como sociedad. La libertad es siempre una libertad compartida y que, como tal, solo puede crecer en diálogo y solidaridad con los otros, se desarrolla en el vivir juntos; y disminuye para todos en la falta de tolerancia hacia el otro. Lo que es válido para la familia, lo es sustancialmente también para toda la sociedad, que es la familia grande que formamos entre todos.

A Ti, oh Dios, te alabamos, y te pedimos por intercesión de tu Madre Santísima, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Merced, que cuides a nuestro pueblo y a sus gobernantes, y a todos nos alcances la bendición de tu Divino Hijo Jesús, para que sigamos creciendo como un pueblo que reconoce en el otro, por sobre todas las cosas, a un hermano, a una hermana, con quienes estamos llamados a construir la Patria argentina, en esta incomparable y bella región de nuestro país.
 
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


NOTA:
a la dercha de la página, en "Otros archivos", el texto de la homilía como TE DEUM 25-05-2017 en formato de word.

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