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2017-07-28 | 
Homilía en la festividad de San Pantaleón
Corrientes, 27 de julio de 2017
 
 Nos encontramos aquí para conmemorar a San Pantaleón, laico, médico y mártir, que vivió en el siglo IV, en una época en la que hubo fuertes persecuciones contra los cristianos. Pantaleón no fue sacerdote ni monje, sino un joven laico, que estudió medicina, le fue muy bien y por el prestigio que había adquirido en su profesión, llegó a ser médico en la corte del emperador.
De niño fue educado en la fe por su madre cristiana, pero ella falleció muy pronto, y el niño continuó siendo educado por su padre, que era pagano. Más tarde, ya médico, se encontró con un sacerdote que lo impresionó mucho y al escucharlo hablar sobre Jesucristo y la fe cristiana, quedó muy impactado por la belleza del cristianismo. Seguramente resonó en sus oídos con mucha fuerza invitación que Jesús hizo a sus discípulos y nosotros hemos escuchado hoy: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24).

El joven médico no se quedó pensando en la renuncia y en la cruz, para terminar ensimismado y desanimado con la propuesta de Jesús. La parte fascinante de la invitación está en la persona que invita: “el que quiera seguirme…, me siga”. El que invita es nada menos que Jesús, y lo que promete al que lo sigue es la vida y la felicidad, esa que dura para siempre y que es imposible comprarla ni aun ganando el mundo entero. Sin embargo, nosotros nos engañamos pensando que teniendo esto o aquello, este placer o aquel puesto, vamos a ser felices. San Pantaleón nos dice que no es así y que la verdadera vida y la felicidad se encuentra, en aceptar la invitación que nos hace Jesús de seguirlo a Él, y no “amar con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (Jn 3,18), como escuchamos hoy en la primera lectura.

Nuestro santo, después que aceptó seguir a Jesús y hacerse cristiano, con todo lo que ello implicaba, continuó ejerciendo su profesión, pero con un nuevo y más hondo sentido de servicio a los demás, especialmente a los más pobres y enfermos. La conversión al cristianismo de este joven médico, llegó a oídos del Emperador, quien lo mandó llamar y le exigió que abjurara de su fe. Ni las promesas, ni las torturas a las que fue sometido, hicieron vacilar la fe de Pantaleón, hasta que el emperador lo mandó a decapitar. Estremece el corazón un testimonio de fe tan extremo y valiente. Este joven médico habría tenido una vida asegurada, una excelente fama como profesional, y un futuro promisorio si hubiese renunciado a su fe en Jesús, y se hubiese dedicado, como ya lo venía haciendo, a aliviar y curar a la gente. Sin embargo, sin Jesús, su vida ya no tendría sentido, y prefirió la muerte en lugar de renegar de Él.

La pregunta que cabe hacer a los que nos consideramos devotos de san Pantaleón es esta: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa en mi vida? ¿Qué daría por Él? ¿Me doy cuenta, como san Pantaleón, de la belleza que hay en el cristianismo? ¿Qué tiempo le dedico a conocer y profundizar más en mi fe? El primer mensaje que nos deja nuestro santo es la ejemplaridad de su vida cristiana. Y es ante todo por eso que la Iglesia lo coloca delante de nosotros, para que su ejemplo nos estimule a vivir mejor nuestra fe en Dios y nuestro compromiso con la comunidad.

San Pantaleón fue un ejemplo luminoso de hombre que ejerció obras de misericordia con todos, aun con aquellos que se burlaron de él, lo torturaron y, finalmente, lo mataron. No reaccionó con violencia a la violencia que se abatió sobre él. No devolvió mal por mal, no alimentó sentimientos de odio y de venganza contra los que arruinaron su buena fama. Fue un cristiano cabal, un discípulo de Jesús, en quien creyó y con quien venció a sus enemigos, no por la fuerza bruta de la violencia, sino por la irresistible potencia del amor. A tal extremo llegó su generosidad, que, habiendo muerto su padre, distribuyó su herencia entre los pobres, haciendo caso a la advertencia que escuchamos hoy en la primera Carta de san Juan: “Si alguien vive en la abundancia y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17).
Además de ser un gran ejemplo de vida cristiana, San Pantaleón, como amigo de Dios y unido estrechamente a Él, es también un gran intercesor. Sabemos que él intercede ante Dios por nosotros, por eso recurrimos a él con fe, pidiéndole las gracias que necesitamos. Supliquémosle a este “médico de Dios”, que nos “cure el alma”, que nos alcance la gracia de tener un corazón más blando y sensible hacia los pobres y los que sufren. Tengamos por muy cierto que las obras de misericordia curan el alma de quienes las practican y, como sabemos, hacen un bien enorme a aquellos a quienes van dirigidas.

¡Cuánta misericordia falta en el trato entre los esposos y en la familia! ¡Cuánta sensibilidad y obras de promoción humana precisamos para los pobres de nuestra comunidad! La violencia y la inseguridad que experimentamos en la calle y en el trato con los otros, no son sino alarmantes síntomas de corazones duros e insensibles, impermeables a la misericordia de Dios y, por consiguientes, clausurados a la práctica de las obras de piedad hacia los que sufren.

Con san Pantaleón, pongamos de nuevo en el centro de nuestra vida a Jesús y su invitación a seguirlo sin condiciones. Con Jesús, la vida cambia completamente y todo adquiere un sentido nuevo, luminoso. Demos gracias por los beneficios que hemos recibido por la intercesión de nuestro santo, y alegrémonos con él por la belleza de nuestra fe cristiana; por la gracia de pertenecer a la Iglesia que nos da la posibilidad de sentirnos pueblo de Dios, peregrinos en esperanza que se ayudan unos a otros, y juntos saborean por anticipado la maravillosa meta que les espera al final de la peregrinación.

Entonces, con María, tierna Madre de Itatí, san Pantaleón y todos los santas y santos de Dios, viviremos en plenitud la victoria de Jesús sobre el pecado, la muerte y el mal. Mientras tanto y para concluir, en el año en el que fueron canonizados los pastorcitos Jacinta y Francisco, recordamos la pregunta que les hizo la Virgen en una de las apariciones: “¿Quieren ofrecerse a Dios? Ellos respondieron sin vacilar: «¡Sí, queremos!». ¿Cuál será nuestra respuesta? Dejemos, como lo hizo nuestro santo patrono, que el Espíritu Santo custodie nuestro corazón, y nos dé la perseverancia en el bien hasta el final. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes

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