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2017-08-18 | Diócesis de Orán, Salta
Homilía para la fiesta de San Roque

La fiesta patronal es una ocasión extraordinaria para celebrar y agradecer, ante todo, el don de la fe. La misma fe que sostuvo la vida de San Roque en medio de grandes dificultades y sufrimientos. ¿Por qué nos alegramos y nos sentimos agradecidos por el don de la fe? Porque la fe nos hace sentir que Dios nos ama, nos perdona y quiere nuestro bien. Y esta experiencia del amor de Dios, que se hace amor al prójimo, nos fortalece y se convierte en la principal fuerza que hace crecer a la persona, a la familia y a la humanidad entera.

Entonces, honramos hoy a San Roque, sobre todo, porque fue un hombre de una fe muy grande. Recordemos, muy brevemente, algunos trazos de su biografía. Nació en un pueblo de Francia, alrededor del año 1300, en el seno de una familia muy rica. Sin embargo, Roque no se quedó con esa herencia para pasarla bien, sino que la vendió y repartió el dinero entre los pobres, para irse como un pobre peregrino hacia Roma a visitar santuarios. En el camino, estalló la peste y la gente moría por montones en todas partes. Roque no siguió de largo hacia el destino que se había fijado, sino que atendió a los apestados, hasta que él mismo se contagió de ese mal.

Así podemos darnos cuenta que la fe de nuestro santo no era una ilusión o un mero sentimiento, sino que traspasaba realmente toda su vida: su amor incondicional a Dios y su fiel seguimiento de Jesús, se hizo carne en el servicio al prójimo, con una atención especialísima a los más pobres y desamparados. Una ilusión desaparece cuando hay que enfrentar los desafíos de dar la vida por los otros. En cambio, San Roque es testigo de que es posible vivir para los otros, y que esa es la mayor felicidad que puede experimentar el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. Dios es así: todo don de sí mismo a la humanidad. Es posible una vida así, por la potencia que le da la fe. Esa fe en Jesús, muerto y resucitado, a quien Roque abrazó y amó en la carne de los apestados.

La fe nos da la verdadera fuerza para afrontar los problemas y superar las dificultades. Roque escucha a Dios, cree en su Palabra, pone toda su atención en practicarla. No es una ilusión creer que Dios realmente es capaz de llenar de sentido y de plenitud la vida entera de una persona y de toda la familia humana. Y el hecho de conocerlo nosotros, nos llena de gozo y de profundo agradecimiento Dios. Es un regalo enorme creer en Jesús y en su Iglesia, como lo vivió San Roque: Jesús y la Iglesia en la carne viva de los más vulnerables y abandonados. No hay verdadero Jesús, sin no hay Iglesia. Y no hay verdadera Iglesia, si no está, como Jesús, entregada a todos, pero amorosamente dedicada a los más débiles y enfermos.

¿Qué significa tener fe? Recuerdo el impresionante ejemplo de una mujer casi ciega, que se acercó a pedir la bendición en el Santuario de Nuestra Señora de Itatí. “Estoy casi ciega, padre, pero deme la bendición, porque no tengo miedo de quedar ciega, sino de perder la fe”. Aquí tenemos un ejemplo de una mujer con una fe muy grande. Una fe fuerte es creer en Dios aun en medio de la oscuridad y del silencio de Dios. En cambio, una fe débil es acordarse de Él cada tanto, pero vivir habitualmente sin darse cuenta de su presencia. No es que no se tenga fe, pero es una fe que no tendrá la fuerza para enfrentar las grandes pruebas de la vida. Una fe profunda es la de aquella persona que conserva una conciencia permanente y estable de la presencia de Dios, esa fe capaz de convertir nuestra vida entera a Dios y a los hermanos.

De San Roque aprendemos a confiar en Dios y a creer en su Palabra. En un mundo donde reina la confusión, donde hay tanto palabrerío, es muy importante saber a quién escuchar y en quién confiar. Hay que estar muy atento para no caer en la trampa de un pensamiento dominante, que pretende apartar a Dios de la vida de las personas y de la sociedad, proponiendo un paraíso sin Él. Pero la experiencia enseña que un mundo sin Dios se convierte en un lugar inhóspito, donde prevalece el individualismo, la soberbia que provoca divisiones y enfrentamientos, y la búsqueda insaciable de placeres que se deben satisfacer de inmediato. Todo esto lleva a la indiferencia de lo que le pasa al otro. Pensemos en los ancianos y la atención que les brindamos; en la gente que vive en la calle, en los niños y jóvenes que se drogan a la vista de todos. Pensemos también, por ejemplo, cómo nos tratamos entre los que pensamos distinto o vivimos de maneras diferentes; veamos cómo cuidamos la casa grande donde vivimos, dónde tiramos la basura. Todo esto y mucho más, también tiene que ver con la fe, porque nunca va separada de la caridad, de la justicia, y de las responsabilidades que tenemos en la vida.

La celebración de la novena y fiesta patronal es una ocasión para renovar nuestra fe y el gozo de conocer a Jesús: él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68), que es como decir, palabras de vida plena y de felicidad. Además de alegrarnos y de agradecer las gracias que recibimos de Dios mediante la intercesión de nuestro santo, debe llevarnos a renovar nuestro compromiso cristiano. Con san Roque, amigo de Dios y amigo de los hombres, sentimos que Dios nos ama y quiere el bien de todos. Le pedimos que nos enseñe a tener una fe grande como la suya, sobre todo cuando los problemas de la vida nos hacen sentir, como le sucedió a nuestro santo, que Dios se olvidó de nosotros. Es precisamente en esos momentos que nuestra fe pasa por la prueba para fortalecerse.

También nosotros, como Iglesia diocesana, estamos atravesando un momento de incertidumbre y de fragilidad por la ausencia del Pastor. Este tiempo tiene que servirnos para fortalecer la fe y la esperanza, y afianzar la caridad, cuya mejor expresión es la oración por la pronta llegada del nuevo obispo, y por los sacerdotes y el administrador apostólico. Para que acompañemos y orientemos al Pueblo de Dios, que peregrina en esta Diócesis de Orán, de acuerdo con lo que Dios, en su infinita bondad y misericordia, tiene preparado para nosotros. Y continuemos trabajando serenamente y confiados en las tareas pastorales, en las que estamos comprometidos.

Con San Roque, poderoso intercesor, pidamos que Dios libre a nuestra Patria de las “pestes”, que nos enfrentan y dividen; para que esta Nación, que tanto amamos, sea un lugar donde todos vivamos como amigos, nos respetemos y ayudemos fraternalmente; y para que juntos peregrinemos, haciéndonos efectivamente cargo de los más desafortunados y olvidados, hacia la Casa que Dios nos tiene preparada en el Cielo. Así sea.
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