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2017-08-31 | 
Homilía en la festividad de San Ramón Nonato
San Ramón de la Nueva Orán, 31 de agosto de 2017
Estamos aquí, como todos los años, para honrar al santo que le dio nombre a esta antigua ciudad del Noroeste Argentino, fundada el 31 de agosto de 1794, hace hoy exactamente 223 años. El fundador español, Pizarro, de nombre Ramón y nacido en Orán, un pueblo del norte de África, y a la usanza de la época, bautizó la fundación dándole su propio nombre. Así suelen hacerlo también los padres con sus hijos, cuando deciden que lleve el nombre, por ejemplo, del abuelo, de la mamá o del papá, o de algún otro pariente.

Luego, cuando la persona crece, siente necesidad de conocer sus orígenes y, entre otras cosas, se pregunta por qué le pusieron ese nombre. Como vemos, el nombre lo vincula a sus padres, a su familia, al lugar y a la cultura en la que nació, en fin, como solemos decir, es hijo de esta tierra. ¡A quién se le ocurriría renegar de sus orígenes! Si alguien intentara hacerlo, sería tan temerario como cortar la rama sobre la que está parado, se derrumbaría su vida. Así le puede suceder también a un pueblo, por eso es importante conocer, amar y desarrollar todo el dinamismo vital que hemos recibido como herencia, es decir, hacernos cargo de la propia historia. De no hacerlo, nos veríamos expuestos a ser colonizados y sometidos a otras maneras de vivir y de tratarnos, ajenas a nuestra identidad y a nuestros valores.
La conmemoración que hoy hacemos, nos está diciendo que somos lo que hemos recibido, por lo cual estamos profundamente agradecidos y, a la vez, queremos renovar nuestro compromiso de crecer material y espiritualmente. “Con-memorar” quiere decir hacer memoria juntos, sentirnos pueblo con raíces comunes, con valores que nos identifican, y con una determinada visión que compartimos sobre la dignidad de la persona. Juntos miramos hacia atrás agradecidos a Dios por el camino que hemos recorrido, como le corresponde a todo hijo bien nacido, y alegrarnos por ser hijos de este pueblo; por el don de la vida, el trabajo, la salud, la educación. Pero, al mismo tiempo, necesitamos reconocer con humildad y vergüenza, que no siempre hemos hecho lo que debíamos; que nuestra indolencia e intereses egoístas generaron divisiones y sufrimientos para muchas personas. Son muchos los que todavía quedan al margen de los bienes básicos que se necesitan para vivir una vida digna.

Una conmemoración, para que sea verdadera y realmente beneficie a todos, tiene que contener esa fuerza transformadora que distingue a toda fiesta auténtica, y diferenciarla de esa otra que solo busca renovar la fachada para dejar todo igual o peor. La primera nota que caracteriza la autenticidad de una celebración es la gratitud. Ese agradecimiento va dirigido en primer lugar a Dios, que es el dador de todos los bienes y a Él pertenece todo lo que existe; la segunda nota, la da el reconocimiento sincero de las propias culpas por no haber realizado nada o muy poco de lo que debíamos hacer; y la tercera, consiste en la decisión sincera y valiente de renovar el compromiso de cuidar mejor a los más frágiles y abandonados de nuestra ciudad, como lo debe hacer toda familia que se hace cargo de sus integrantes más débiles y con menores capacidades que otros. Lo más importante de un pueblo es su gente, donde es necesario atender prioritariamente a los más indefensos, como son los niños, los ancianos y los pobres.

Somos realmente afortunados por haber nacido en una ciudad cristiana y en un pueblo que profesa los valores del Evangelio. Por eso, hacemos bien en detenernos un momento en la Palabra que hemos proclamado. La primera lectura nos recuerda que la promesa de bienestar y de felicidad, que todos anhelamos, va estrechamente unida a un mandamiento fundamental: “Amarás al señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,4). Ese mismo mandato lo recuerda Jesús, cuando un doctor de la Ley le preguntó: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» Jesús le respondió: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento». Y a continuación añade el segundo, con la aclaración de que es semejante al primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». La conclusión es simple: si deseamos el verdadero bienestar y la felicidad, de acuerdo con lo que Jesús nos dice: pongamos a Dios en primer lugar, es decir, en el centro de nuestra vida individual, familiar y colectiva, y eso nos abrirá la mente y encenderá el corazón para orientar todos nuestros esfuerzos hacia el prójimo.

El Apóstol Santiago piensa igual que Jesús y lo ha vivido intensamente como discípulo suyo, por eso reflexiona sabiamente, preguntándose: “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: «Vayan en paz, caliéntense y coman», y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta” (St 2,14-17). Un ejemplo extraordinario de la fe expresada en obras de amor al prójimo, hasta el heroísmo, es la vida del santo bajo cuya protección fue fundada esta ciudad.

No es difícil entender que la fe cristiana impacta de lleno no solo en la vida privada de la persona, sino en la familia y en la sociedad entera, tal como sucede en nuestra sociedad, cuyas raíces se hunden profundamente en los valores del Evangelio. El amor a Dios, con la intensidad y amplitud que acabamos de oírlo en la Escritura, se convierte en amor al prójimo y da lugar a los cuatro grandes valores de la enseñanza cristiana, que son parte esencial de la dignidad de la persona humana: la verdad, la libertad, la justicia y el amor. Las obras de misericordia, los materiales y las espirituales, son la expresión concreta de esos valores. La verdad, que luego hace posible la libertad bien entendida, la justicia sin condicionamientos y despojada de cualquier atisbo de venganza, y el amor auténtico, es la que permite reconocer que la vida es un don Dios y no una mera construcción humana. Y que, en todo caso, la construcción humana, como respuesta responsable al don de la vida, está llamada a colaborar en la obra creadora de Dios.

No hay otra visión de la vida humana y de la dignidad de toda persona, independientemente de su origen, religión, cultura, orientación política, o de cualquier otra diversidad, y de la creación entera, más bella y profunda que la cristiana. No hay amor más universal, concreto e inclusivo que el que encontramos en el Evangelio y la enseñanza cristiana. Somos realmente un pueblo bendecido por haber nacido en un hogar cristiano, en un pueblo que profesa los valores del Evangelio, y que está bajo la protección de un gran santo como lo fue San Ramón Nonato.

Encomendemos a nuestro santo Patrono a todo nuestro pueblo, especialmente a los que más necesitan de cuidado y de protección, como son los niños, los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los pobres. Le pedimos que ilumine la inteligencia de los gobernantes y de todos los que tienen alguna responsabilidad en comprometerse más con el bien de todos. Y, finalmente, suplicamos la gracia de colocar a Dios en el centro de nuestra vida, tener la mirada y el corazón de Jesús, para ver y sentir la necesidad del prójimo, atenderlo generosamente, y promover en todas partes el encuentro, la amistad social y la paz que todos anhelamos para nuestras familias y para nuestra patria.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap
Administrador Apostólico
de la Diócesis de San Ramón de la Nueva Orán


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