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2017-10-23 | 
Homilía en la Misa de la conmemoración de los “Mártires del Zenta”
Orán, 21 de octubre de 2017
  Nos reunimos en este lugar donde los hermanos sacerdotes Pedro Ortíz de Zárate y Juan Antonio Solinas, junto con un grupo de 18 hermanos laicos, derramaron su sangre el 27 de octubre de 1683, hace hoy 334 años. Entre los laicos se encontraban dos españoles, un negro, un mulato; dos niñas, una mujer indígena y once indios. A pesar de haber sido advertidos del peligro que corrían, el amor hacia los que no conocían a Jesús era más fuerte que el miedo de perder la vida. Además, ellos tenían ante los ojos la bienaventuranza del Evangelio: “el que pierda su vida por mí, la salvará”. Estamos, entonces, pisando tierra sagrada. Tierra sagrada porque fue regada por la sangre de estos hermanos y hermanas nuestros, a quienes hoy nosotros rendimos un profundo reconocimiento y gratitud.

Pero hemos venido hasta aquí no solo para reconocer y agradecer el gesto heroico de estos testigos extraordinarios, sino para decirle a Jesús que también nosotros queremos vivir hasta las últimas consecuencias nuestra fe. Tal vez no nos toque derramar la sangre por Cristo de un golpe, pero ciertamente estamos llamados a derramarla toda en las vicisitudes cotidianas de nuestra vida, donde gota a gota, se juega nuestro compromiso de ser discípulos y misioneros de Jesús.

Fue una hermosa señal que dimos esta mañana al ponernos en camino, dejando atrás todo lo que nos ata, para dedicarnos exclusivamente a realizar esta piadosa peregrinación. Cuando regresemos a nuestras obligaciones diarias, y retomemos los vínculos fraternos que estamos llamados a construir con paciencia y mucho amor, sobre todo hacia aquellos que más nos hacen sufrir, también queremos dejar atrás todo lo que nos tiene amarrado a nuestros rencores y egoísmos, y abstenernos definitivamente de la perversa lógica del “diente por diente”, o del “me las vas a pagar”.

La Palabra de Dios, que iluminó la mente y encendió el corazón de estos hermanos y hermanos que fueron martirizados en este lugar, es también luz y fortaleza hoy para nosotros. ¡Qué oportuna y consoladora es la exhortación del Apóstol Santiago! Alégrense cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas; feliz el hombre que soporta la prueba, porque la fe probada, produce la paciencia” (cf. 1,2-4.12). Pero, atención, la propuesta que nos hace el Apóstol no consiste en una especie de método para alcanzar el autodominio de sí mismo y sentirse omnipotente ante la adversidad. En realidad, es todo lo contrario, nuestra fortaleza es Jesús, en él ponemos nuestra confianza, él es nuestra promesa de felicidad, como lo acabamos de escuchar: “Feliz el hombre que soporta la prueba, porque, después de haberla superado, recibirá la corona de Vida que el Señor prometió a los que lo aman” (1,12).

En el Evangelio, Jesús utiliza la comparación del grano de trigo. ¡Qué fuerza tiene esta comparación, escuchada en el lugar donde fueron martirizados estos hermanos nuestros! ¡Se hace evidente ante nuestros ojos la fecundidad de esa sangre que regó estas tierras! Gracias a ellos, hoy estamos nosotros celebrando la victoria de Jesús sobre la muerte y el mal. Su testimonio nos impulsa a salir de nosotros mismos, sin miedos ni cobardías, para ser testigos valientes del mensaje de Jesús. Con ellos, también nosotros, confiados totalmente en el poder de Jesús resucitado, estamos dispuestos a ser ese grano de trigo que muere, dando todo de sí para dar frutos de Vida eterna. A ser una Iglesia misionera que no se apega a la comodidad de quedarse en el templo, sino que está dispuesta a salir para compartir la alegría y belleza de la Buena Noticia de Jesús, deseosa de colaborar con todos los que se esfuerzan para que tengamos un mundo más humano, más justo y más fraterno.

La memoria de los hermanos y hermanas que entregaron su vida por Cristo, es una memoria viva, y no un mero recuerdo de algo que sucedió en este lugar hace ya más de tres siglos. La memoria de la sangre que ellos derramaron se une a la única fuente de la que mana la Vida nueva que hemos recibido en el Bautismo. Fuimos sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo, fuente de Vida eterna, por eso celebramos a estos hermanos nuestros llenos de gozo y esperanza. No estamos aquí para llorar la muerte de unos misioneros que fracasaron en su proyecto de evangelizar a aquellos salvajes que acabaron con sus vidas. Hemos venido para celebrar la vida, renovar nuestra fe y fortalecer la esperanza, confiados plenamente en el poder de la palabra que hemos proclamado: “El que tenga apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna” (Jn 12,25).

Finalmente, los que hemos participado de esta peregrinación y nos hemos sumergido en el misterio de la vida entregada hasta la última gota de su sangre, no podemos regresar a nuestras casas y a nuestro trabajo igual que como hemos venido. Ellos nos enseñaron, de un modo dramático y maravilloso a la vez, qué bella es la vida cuando se siembra por amor a Jesús y por amor a su pueblo. En ese espíritu, que es el Espíritu de Jesús resucitado, pedimos la gracia de vivir también nuestra vida en el servicio humilde, paciente y alegre a nuestros hermanos. La paz y el progreso para todos, que tanto anhelamos, no se alcanza con un corazón lleno de ambición, de envidia y de violencia. La paz es fruto de la ofrenda, de la entrega de la propia vida, de una aparente pérdida, que es parte esencial de la dinámica del amor auténtico, de ese amor fuerte y radical del cual nos hace participar Jesús, al reconocernos como amigos suyos, y del cual pedimos la gracia de ser testigos creíbles ante el mundo.

Que nuestros hermanos y hermanas martirizados, con su sangre sembrada en esta tierra en los orígenes de nuestra evangelización, renueve en todos nosotros un profundo amor a Jesús y ese amor nos sostenga y consuele en obras de servicio y misericordia, empezando por nuestras propias familias, y luego con todos aquellos que la Providencia de Dios coloque en nuestro camino.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Administrador Apostólico de Orán



NOTA: A la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA MARTIR ZENTA - ORAN en formato de word

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