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2017-12-27 | 
Homilía para la Misa de Nochebuena
Corrientes, 24 de diciembre de 2017

   La presencia de Dios en nuestra vida trae consigo luz, alegría y paz. Allí donde hay luz, alegría y paz, allí está Dios. Donde hay tinieblas, tristeza y discordia, allí no hay lugar para Dios. Desde tiempos muy remotos, el hombre, abierto a la inspiración de Dios, intuía que la claridad y no las tinieblas, era una manifestación de la presencia de Dios. Así, el profeta Isaías, unos seis siglos antes de Cristo anunciaba que “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz”. Ese pueblo reconocía gozoso que Dios es luz, claridad, y que Él es quien multiplica la alegría y acrecienta el gozo. ¿Cuál era el motivo de esa felicidad? El profeta lo explica: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado”. Él es el Príncipe de la Paz. Los profundos anhelos de paz, de justicia y de fraternidad confluían en Él, no en los hombres poderosos, ni en los medios violentos. El verdadero poder estaría representado en la sencillez y humildad de un niño. Dios nos desconcierta con su modo de proceder y nos recuerda por boca de este profeta que “los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos” (Is 55, 8).

Esa profecía se cumple en el misterio del nacimiento del Hijo de Dios, tal como lo hemos escuchado en la narración del evangelista san Lucas. Jesús nace en una condición tan austera y reservada, como tierna y llena de luz. No hay allí ningún indicio de rencor o de tristeza; allí no hay ninguna nota de violencia o de intimidación; allí reina la confianza, la alegría y la paz. El nacimiento del Hijo de Dios se convierte para nosotros en el método seguro para construir la cultura del encuentro, que tanto necesitamos los argentinos y la humanidad, en general. ¿En qué consiste fundamentalmente esa cultura? En aceptarnos, querernos y caminar juntos. Los desencuentros, enfrentamientos y odios, se alimentan del dramático fenómeno de no aceptarnos, no querernos, lo que hace muy penosa y llena de obstáculos la construcción del bien que llegue a todos, especialmente a los más pobres.

Es muy profundo el simbolismo de la luz, que es también calor y calidez, iluminando la noche de Belén y el amanecer de la Pascua. Las tinieblas del pecado, es decir, toda iniquidad y suciedad de la que es capaz el hombre, fueron borradas de la faz de la tierra por el poder que se manifestó en el Verbo hecho carne en el seno virginal de María, y culminó luego en la muerte y resurrección de Jesucristo. No estamos solos y abandonados a nuestra propia suerte. Jesús unió nuestra condición a su destino de vida y de resurrección. Por eso, Navidad es esperanza, es vida, es encuentro, es familia, es un pueblo que peregrina hacia la plenitud de los Cielos nuevos y la Tierra nueva, donde reina victoriosa la paz, la justicia y el amor.

El profundo misterio que celebramos en la Navidad, es Dios que se reviste de humanidad, y en su condición humana realiza el sorprendente camino del encuentro. Él toma la iniciativa y arriesga todo para llegar hasta nosotros. Si queremos saber quiénes somos, para qué estamos en el mundo y hacia dónde nos dirigimos, asomémonos al pesebre, allí está la respuesta. Allí está la hoja de ruta, el manual de instrucciones, para aprender a aceptarnos, querernos y caminar juntos. La Navidad, junto con la Pascua, constituyen los dos capítulos centrales de ese manual. Para comprender mejor el mensaje del Nacimiento, es necesario contemplarlo desde la Muerte y Resurrección de Jesús, es decir, desde la Pascua.

Lo que sucede en la Navidad es obra de Dios y no de los hombres, una obra maravillosa de Dios para los hombres. Así lo quiso Él, fue su voluntad y su designio de amor. Él, siendo Dios, se hizo hombre, para que el hombre, alejado de Dios, no se considerase dejado y abandonado en esa lejanía. De nosotros depende si le abrimos las puertas para recibirlo en nuestro corazón, dejarlo que ocupe el lugar central en la vida de pareja, en la familia, en nuestro pueblo. De nosotros depende si se convierte en cultura, como lo han hecho nuestros padres y abuelos, haciendo pesebres con los materiales que tenían a más a mano. Eso fue precisamente lo que Dios hizo: con el pobre barro que somos se “embarró” también él, y así nos abrió un camino de esperanza. A partir de allí, la humanidad y toda la creación está como una esponja, toda empapada de Dios. Sin Dios, la condición humana se convierte en una cosa fría e insensible, confundida en un “barro” sin luz, sin calor y sin sentido.

Tan alta es la dignidad a la que fue elevado el hombre, que Dios lo convocó a construir con Él esos cielos y esa tierra nueva. San Pablo, explica eso diciendo que “sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no solo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo” (Rm 8,22). Asomémonos al misterio que se revela en el pesebre, y descubriremos algo maravilloso: que a pesar de la absurda violencia que provocamos y que padecemos, Dios sigue creyendo en la humanidad, continúa confiando en que vos y yo podemos cambiar. Pero para eso es necesario renunciar al poder que aplasta y a la omnipotencia que aísla. La luz para comprender esto está en el pesebre: es Jesús. Él es el camino para el encuentro con los otros y con Dios. No hay un foco de luz más potente en la historia de la humanidad, para indicarnos el camino hacia dónde tenemos que ir para no equivocarnos y destruirnos, que el Niño acostado en el pesebre, envuelto en pañales y cuidado con inmenso amor y ternura por José y María.

Navidad es escuela de humanidad, allí aprendemos mirando y escuchando. Una visión profunda y crítica, no se deja llevar por personajes desnaturalizados, que nada tienen que ver con el mensaje de Navidad. Coloquemos el pesebre debajo del árbol de navidad, como nos lo transmite la saludable tradición correntina y católica, para que tengamos a la vista algo ante lo cual valga la pena abrir el corazón, sentir que Dios nos ama, y que su amor nos invita a aceptarnos, a querernos y a caminar juntos, cuidando a nuestros hermanos y hermanas más frágiles.

Navidad es Dios con nosotros, despojado de poder y de riquezas, humilde y a las vez sublime, es el fundamento en el que nos apoyamos los obispos de Argentina, para decir en el reciente mensaje de Navidad: “Que nadie se sienta olvidado en esta Patria. Que los pobres, los inmigrantes, los pueblos originarios, los ancianos, los niños, los encarcelados, quienes últimamente perdieron seres queridos, los trabajadores, los que buscan trabajo y los más frágiles del Pueblo, se sientan amados y valorados en su inmensa dignidad (…) La Navidad nos invita a tener algún gesto de cercanía, de consuelo y de generosidad con algún hermano solo o necesitado. Eso nos hará más humanos. Gracias a cada uno por su entrega de cada día para que nuestra querida Argentina sea casa de todos”. Y nosotros añadimos: para que Corrientes –tan solidaria y acogedora– se distinga por privilegiar la atención a los más débiles y necesitados, y se destaque por el compromiso de cuidar el lugar que compartimos.

En ese cuadro tan humano y prodigioso que representamos en el pesebre, dirijamos nuestra mirada a la Virgen Madre. Ella, en medio de la precariedad de recursos, de la indiferencia de los vecinos, y del silencio de la noche, no cedió a la tentación del desaliento. A Ella y a su esposo José, maestros de humanidad, les pedimos que “nos concedan un gran amor a su divino Hijo Jesús”, nos acerquen la ternura de Dios, infundan en nuestros corazones esperanza y fortaleza, para que el nuevo año sea un tiempo de paz y de prosperidad para todos.

+Andrés Stanovnik
Arzobispo de Corrientes


NOTA: a la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA NOCHEBUENA 2017 en formato de word.

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