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2018-02-19 | 
Homilía para el Miércoles de Ceniza
Iglesia Catedral, 14 de febrero de 2018

   Con esta celebración damos comienzo al santo tiempo de Cuaresma, que terminará el Jueves Santo, con el que vamos a iniciar el Triduo Pascual. Este tiempo abarca cuarenta días y de allí le viene el nombre de “cuaresma”. Se trata de un tiempo, en el cual nos preparamos para vivir la alegría de la Pascua de Resurrección. Preparar algo es dedicarse a ello y concentrar la atención en aquellas cosas, que nos ayudarán a vivir mejor ese momento. Como la cuaresma es el tiempo en el que nos preparamos para la Pascua, la atención la debemos poner en Jesús, Él es nuestra Pascua. La Cuaresma es entonces el tiempo en el que los cristianos nos disponemos a convertir nuestro corazón a Dios, con la confianza de que Él será clemente y misericordioso con nosotros.

Al centrar nuestra atención en Jesús, en su persona y su palabra, nos invade la certeza de que realmente somos perdonamos si nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados. En el Evangelio que hemos proclamado, escuchamos cómo Jesús advierte a sus discípulos sobre la devastación que produce la vanidad y la soberbia en el corazón del hombre: “Tengan cuidado de practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre de ustedes que está en el cielo”. Colocarse en el centro de la escena, llamando excéntricamente la atención de los otros, pretendiendo obsesivamente los primeros puestos, es la mayor ruina que el ser humano puede infligirse a sí mismo. Al que procede así, Jesús les asegura que ya tiene su recompensa, que no es otra que el derrumbe en su propio egoísmo. No hay peor cosa que le puede suceder a una persona, que encerrarse en sí misma, creerse que no necesita de nadie, sentirse autosuficiente y exigir que los demás lo miren y lo aplaudan.

Nadie está libre de la seducción que produce colocarse en el centro. Es más, nacemos con esa misteriosa propensión a convertirnos en dioses en el menor tiempo posible. Las primeras páginas bíblicas muestran esa maligna tendencia en Adán y Eva, que los precipitó en la confusión y la pérdida de armonía; la historia se repite luego en las dramáticas consecuencias de Caín y Abel; y, más adelante, vemos la misma confusión entre aquellos que construían la torre de Babel. Es tan fácil y al mismo tiempo tan tremendo el engaño en el que puede caer el ser humano ayer y hoy. Esa tentación acecha a todos, a niños y jóvenes, a hombres y mujeres, a personas creyentes y no creyentes, al rico y al pobre. Pero se ensaña de un modo especial con aquellos a quienes se les ha confiado alguna autoridad, sea en la familia, en la escuela, en la iglesia o en cualquier área de la función pública. Porque la estrategia del maligno es atacar la cabeza, porque es el mejor blanco para debilitar a todo el organismo. Cuando la persona, a la que se le confiere el ejercicio de un poder, que siempre debe orientarse al servicio, pierde el sentido de su función, hace un daño enorme.

La experiencia personal nos enseña que cuando extraviamos el fin para el cual vivimos, se trastornan los vínculos con las personas que están a nuestro lado, perdemos la paz, y la ansiedad nos lleva a buscar satisfacciones que empeoran aún más la situación. Algo similar sucede en el organismo social, desde el momento en que los que tienen responsabilidad de servir al bien de todos, desvían esa finalidad hacia otros intereses. Las consecuencias negativas que eso acarrea se podrían expresar con la advertencia de Jesús: “Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa”. Este tiempo penitencial es una gran oportunidad para responder al llamado del profeta Joel que escuchamos en la primera lectura: “Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor su Dios, porque él es bondadoso y compasivo”.

En la oración al iniciar la misa pedíamos que el Señor nos conceda “iniciar con el santo ayuno cuaresmal un camino de verdadera conversión y de afrontar con la penitencia la lucha contra el espíritu del mal”. Para entablar esa lucha y salir vencedores, Jesús nos propone tres prácticas que ayudan a templar el espíritu para ese combate: el ayuno, la oración y la limosna. Se trata de prácticas muy antiguas, como es antigua la condición humana en su misteriosa y profunda unión de cuerpo y alma. Lo que le sucede al cuerpo influye en el espíritu; y viceversa, lo que sucede en el espíritu impacta también en el cuerpo. La práctica cristiana de ayunar fortalece el espíritu para la oración, la privación del alimento crea espacio interior para escuchar la Palabra y responder a ella con el amor al prójimo. Ahí vemos cómo la limosna, la oración y el ayuno se completan entre sí. La limosna no debe entenderse como lo sobrante que cae en las manos del necesitado. Tampoco el ayuno se reduce a una práctica meramente exterior, que en ese caso serviría solo para inflar el propio ego. Ni la oración puede estrechar los vínculos con Dios si no toca la profundidad del corazón.

El papa Francisco nos convocó una vez más a una jornada especial de oración y ayuno por la paz para el próximo 23 de febrero, viernes de la primera semana de cuaresma. Y, además, en ese contexto, nos exhortó a que cada uno en su propia conciencia, ante Dios, nos preguntemos: ¿Qué puedo hacer yo por la paz? Seguramente podamos rezar, pero no solo: cada uno puede decir concretamente ‘no’ a la violencia por cuanto de él o de ella dependa. “La victoria obtenida con la violencia son falsas victorias, ¡trabajar por la paz hace bien a todos!”, sentenció el Santo Padre.

Con la bendición y la imposición de la ceniza que vamos a realizar a continuación, queremos expresar nuestro reconocimiento de que somos pecadores, que en cuanto tales confiamos en Dios que es infinitamente compasivo y misericordioso con los que se arrepienten de corazón. Y, a la vez, le pedimos que nos conceda la gracia de la vida nueva que nos viene de Jesús, muerto y resucitado. Finalmente, iluminados y fortalecidos por la Palabra de Dios, vayámonos con el compromiso de empezar ya nuestro camino cuaresmal, dedicando más tiempo a la oración, a la visita del Santísimo Sacramento en los lugares y tiempos donde la misma se realiza, a meditar y a orar con algún texto de la Sagrada Escritura, y, por sobre todo, a participar en la Misa dominical y acercarnos al sacramento de la Reconciliación. Expresemos nuestro deseo sincero de conversión a Dios con gestos concretos de paciencia, cercanía y servicio, ante todo, hacia aquellos con quienes compartimos diariamente nuestra vida; y luego, busquemos ser generosos con los que sufren, los pobres, los enfermos, los que están solos, y también con los que nos hacen la vida imposible. No olvidemos que Dios ha sido bueno con nosotros pecadores. Seamos también nosotros pródigos y siempre dispuestos a hacer el bien. Así sea.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


NOTA: A la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA MIERCOLES DE CENIZAS 2018 en formato de word.

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