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2018-04-03 | 
Homilía en la Misa de la Vigilia Pascual
Corrientes, 31 de marzo de 2018
  Hoy es la noche más luminosa de la historia humana y de la vida de cada bautizado. Por el bautismo fuimos sumergidos en el misterio de esta noche, iluminados por el fuego nuevo de Cristo resucitado, y bañados en las fuentes purísimas de la vida nueva que saltan hasta la vida eterna. Cristo resucitado es la luz que ilumina toda la historia de la humanidad, hacia el pasado más remoto, el presente que estamos viviendo, y el futuro hasta el final de los tiempos.

A causa de este acontecimiento, el papa Francisco dirá que “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Evangelii gaudium, 1). Y a continuación nos invita “a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso (…) Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (Eg,3).

Les propongo que nos detengamos un momento a ver qué sucedió esa madrugada, cuando varias mujeres fueron al sepulcro con perfumes para embalsamar el cuerpo de Jesús. Numerosos testigos dan cuenta de que no encontraron su cuerpo, pero se encontraron con Él vivo. Ellos mismos afirman que no podían creer lo que veían y dan testimonio de que comieron y bebieron en su compañía, y que luego los envió a anunciar al pueblo la buena noticia de la resurrección y del perdón de los pecados. La presencia del resucitado los colmó de alegría y de paz. Por eso, donde reinan la alegría y la paz, es señal de que está presente Jesús resucitado. El mismo lo prometió: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18,20).

Demos un paso más –ayudados por las reflexiones del papa Benedicto en su libro Jesús de Nazaret, segunda parte–, y preguntémonos qué tipo de encuentro se produce con Jesús resucitado. Aclaremos que Jesús no es alguien que haya regresado a la vida y que luego en algún momento deba morir. Tampoco es un fantasma, o un espíritu que pertenece al mundo de los muertos. El encuentro con Él tampoco es una experiencia mística, una especie de elevación del espíritu. Se trata de un acontecimiento en la historia con una persona viva, pero que a la vez está más allá de los límites del espacio y del tiempo, y nos entreabre una nueva dimensión de la vida, un nuevo modo de ser hombre. Jesús resucitado pertenece a la historia y está a la vez sentado a la derecha del Padre. Nosotros, por el bautismo, fuimos sumergidos en esa nueva realidad, por eso con propiedad decimos que el bautizado es una criatura nueva, llamada a vivir de acuerdo con esa nueva vocación y misión.

No se explica la fuerza del anuncio que produjo la resurrección de Jesús, sino fuera por un encuentro personal real con Él y no solo por especulaciones o por una experiencia interior. Ese anuncio adquiere vida por la fuerza de un acontecimiento que nadie había ideado y que supera cualquier imaginación. Esa es la potencia de la vida nueva que nos trajo Jesucristo resucitado. Es la vida del amor y del perdón que es más fuerte que el odio y la venganza. Es la verdadera fuerza que mueve la historia de la humanidad y de la vida personal de cada creyente, cuando deja que el Espíritu del Resucitado transforme su corazón de piedra en un corazón de carne (Ez 11,19).

Por último, también podríamos preguntarnos, si es tal la potencia de esa vida nueva, por qué no la utilizó Jesús para que sus enemigos no lo llevaran a la cruz; por qué no puso de manifiesto que Él es el Viviente, el Señor de la vida y de la muerte; por qué se hizo ver solo a un pequeño grupo de discípulos, de cuyo testimonio tenemos ahora que fiarnos. Pero podríamos ampliar aún más nuestra pregunta: por qué solo a Abraham; por que no a los poderosos del mundo; por que solo a Israel y no de manera inapelable a todos los pueblos de la tierra. La respuesta la encontramos en el modo discreto de actuar de Dios. Solo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Padece y muere, para solidarizarse con todos y especialmente con los más pobres y los últimos, y como Resucitado quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de ver.

El estilo de Dios nos sorprende. No usa el poder arrollador que aplasta, sino opta por respetar la libertad, ofrecer y suscitar amor. Por comparación, podríamos decir: es la humildad y el poder de la semilla, que solo muriendo a sí misma, florece a la vida; es el pequeño gesto de cercanía sincera; la mano generosa que no aparenta; el servicio sin exhibirse; el progreso solidario y no el que resulta de pisotear a otros. El método de Dios rompe nuestros esquemas mundanos: confía en la humildad y la fuerza de la palabra; permanece velado y disponible en la Eucaristía; se entreteje en el amor de la pareja humana; está presente en el prodigio del embrión humano; en el funcionario público que no consiente el soborno ni la coima aun a riesgo de perder su empleo; el joven que se convierte en adicto de la recuperación; en los que escuchan y valoran la sabiduría del anciano; en el que entrega su tiempo y su amor a estar con un enfermo o con una persona disminuida; en aquel que perdona la ofensa y que renuncia a toda venganza; en aquel que no tiene miedo ni vergüenza en dar testimonio de su fe. El que se encuentra verdaderamente con Él, no lo cambia por nada ni por nadie, porque con Jesús todo en la vida se convierte en algo bello y valioso.

María, la Madre de Jesús, fue la primera en gozar de los bienes de la resurrección de su Hijo. A ella nos acogemos y le pedimos que nos lleve al encuentro de su Hijo Jesús, nos enseñe a abrazarnos a su cruz gloriosa para que, transformados por ese encuentro, no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Él y entregados al servicio generoso y humilde de todos nuestros hermanos sin distinción, pero atentos y sensibles sobre todo hacia los que más sufren. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.

Arzobispo de Corrientes

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