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2018-05-04 | 
Homilía en la Misa de la Fiesta de la Cruz de los Milagros
Corrientes, 3 de mayo de 2018
  La conmemoración anual de la Santísima Cruz de los Milagros nos ofrece una providencial ocasión para acercarnos, contemplar y dejarnos transformar por este signo universal del cristianismo: la cruz de Jesús. La cruz es tan amada como odiada, es buscada con ansias y repudiada con asco. Hay gente que la abraza y hay gente que la desprecia; hay quienes sellan su vida con la cruz y los hay quienes la combaten a muerte. Sin embargo, la cruz como símbolo del sufrimiento humano es una realidad que nos acompaña todos los días, desde que amanecemos, durante la vigilia y aun en los sueños. Sobre este signo tenemos miradas muy diversas, algunas sabiamente complementarias y otras totalmente contrapuestas. En ese variado desconcierto de perspectivas, los cristianos tenemos una determinada experiencia de la cruz, que nos da también una mirada propia, la que deseamos compartir con todos aquellos que estén dispuestos a dialogar y a enriquecerse mediante el intercambio de visiones y saberes.

La cruz nos distingue e interpela
Digamos, ante todo, que la cruz es el signo que distingue al cristiano. Somos cristianos porque creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios, nacido de la Virgen María, que padeció, fue crucificado, murió y resucitó. Todos los que nos llamamos cristianos, abrazamos la cruz no porque representa un elemento de tortura, sino porque ella fue el camino que Dios hizo en medio de nosotros: se sometió a la muerte y muerte de cruz, para vencerla y convertirla en fuente de vida, de luz y de sentido. La cruz, que representa el pecado, la muerte y el mal, fue transformada por Jesús en un manantial inagotable de amor y de vida indestructibles. Ella es el escenario en el que triunfó la vida sobre la muerte, el espacio donde se consumó la victoria del amor sobre la venganza y el odio. Hoy, el signo de la cruz, sigue siendo señal de contradicción y un desafío a ser valientes en dar testimonio de nuestra condición de cristianos.

Tan fuerte y determinante es el signo de la cruz, que el pasado mes de enero, un joven copto de la zona del Sinaí en Egipto, ante la pregunta “¿Eres cristiano?” y su respuesta afirmativa, le dispararon a la cabeza y lo mataron. Entre los cristianos coptos hay una tradición centenaria de llevar tatuada la cruz en el brazo. Estamos ante una situación de extrema intolerancia, que llega al punto de organizarse militarmente para destruir todo lo que no concuerda con su modo de ser y de pensar. A ese extremo no se llega de un momento a otro, sino progresivamente mediante una conducta sistemática de desprecio al otro, que finalmente se convierte en odio y en un deseo insaciable de acabar con su vida. Esta tragedia acompaña la condición humana desde sus orígenes.

La Biblia, en la que se nos revela la sabiduría de Dios y la verdad sobre el hombre, nos advierte sobre la trágica consecuencia que acarrea la envidia y el odio en el asesinato que comete Caín contra su hermano Abel. Es impresionante la respuesta de Dios al pecado del hombre: la respuesta es Jesús, quien, con su pasión y muerte, destruye el mal y vence al maligno. La cultura del encuentro y la amistad, no es una edulcorada propuesta hacia un compañerismo de ocasión, sino de un exigente programa que nos interpela a un esfuerzo enorme y continuo de superar divisiones y enfrentamientos, mediante un cambio real de conducta, que nos disponga a colaborar para que, a todos, especialmente a los más pobres y a los más vulnerables les vaya mejor y no para convertirlos en culpables de la pobreza y, por lo tanto, desechables.

Para alcanzar logros en ese sentido y albergar una real esperanza de mejoría para los más afectados, los mayores sacrificios de solidaridad y generosidad corresponden a los que más tienen. La historia ejemplar del Buen Samaritano confirma a quien le corresponde bajarse de la cabalgadura y socorrer al que está caído, y hacerse cargo de él hasta que se recupere. El juicio final, narrado en el evangelio de San Mateo, nos recuerda que se nos juzgará por el bien que hicimos al que tiene hambre, al que no tiene casa, al que está enfermo o en la cárcel. En ellos, dice el texto sagrado, abrazamos a Jesús y colaboramos con amor a superar el sufrimiento que padece mucha gente. Y en verdad es mucha, porque las cifras preocupantes que conocimos en estos días, nos revelan esta dramática realidad: seis de diez niños y adolescentes son pobres. Abrazar la cruz es romper con el egoísmo que ciega para no ver en el otro a un hermano, a una hermana.

La cruz de Jesús nos recrea e incluye a todos
Preguntémonos, queridos cristianos, ¿qué signo podría representar mejor que la cruz aquellos valores que hacen a la dignidad humana y al proceso civilizatorio de la familia humana sobre la tierra? ¿Bajo qué otro signo se preservaron mejor las culturas originarias con sus valores propios, su lengua, sus danzas y su sabiduría ancestral? En medio de luces y sombras, la cruz cristiana fue siempre una señal de alerta, una especie de scanner, que ponía en evidencia los atropellos a la dignidad humana, fueran aquellos cometidos ya sea por las fuerzas seculares o por representantes eclesiásticos. El signo de la cruz fue siempre un faro que indicaba el camino del encuentro, la amistad, la justicia, el perdón y la misericordia. Era la señal de contrapartida a la venganza, a la discriminación y al odio. Por eso, con inmensa gratitud reconocemos que la Cruz de los Milagros, es no solo la señal, sino también la fuente y el camino que nos fueron conformando como pueblo diverso y unido, peregrino y solidario, trabajador y fiestero.

Pensemos, hermanos y hermanas, ¿qué otro signo contiene un mensaje tan amplio, inclusivo e integrador de todas las realidades humanas como es la señal de la cruz? El mensaje de la inclusión real y no declamada nos viene de la cruz de Jesús. En ella descubrimos los fundamentos últimos por los cuales vale toda vida, por eso nos sentimos interpelados a cuidar las dos vidas, la de la madre y la de la criatura que gesta en su vientre, sin sacrificar al más desprotegido. “La defensa del inocente que no ha nacido –nos dijo el papa Francisco en su bellísima carta sobre “El llamado a la santidad en el mundo actual”– debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo”. Y a continuación añade que es “igualmente sagrada la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte. No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (n. 101).

Si nos despojáramos de la cruz de Jesús, produciríamos grietas irreparables en el fundamento mismo de nuestra identidad, y quedaríamos expuestos a la colonización de quienes están empeñados en fabricar un ser humano, que ya no responda a ninguna memoria, sabiduría o legado que haya podido recibir. La cruz, contrariamente a lo que piensan los que la desprecian y consideran exclusivamente como símbolo de maldición, es salvación, redención y el signo que expresa con mayor profundidad la libertad para amar sin exclusiones ni límites de ningún género. Pero siempre a condición de contemplarla como la cruz de Jesús, en la que el amor de Dios se manifestó hasta el extremo de morir, de morir una muerte humillante y escandalosa, de convertirse en maldición solo para rescatarnos de morir como malditos, es decir, apartados definitivamente de Dios. Se hizo pecado para destruirlo, y así darnos la gracia de recuperar la amistad con Él y con los hermanos. La Cruz de Jesús nos hizo Pueblo de Dios, un solo cuerpo que peregrina hacia el encuentro definitivo con la vida y la felicidad, que solo se encuentran plenamente en Dios, nuestro Padre y Creador.

Ni la cruz sin Cristo ni Cristo sin la cruz
Un brevísimo y profundo responsorio resume maravillosamente la teología y la espiritualidad de la cruz: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo”. Sí, es verdad, adoramos la cruz de Jesús, no por el madero en sí, despojado del Cristo, sino porque es imposible comprender la profundidad del amor de Dios sin la cruz de su Divino Hijo Jesús. Ante ese signo milagroso del amor de Dios nos consagramos, cuando rezamos: “Señor Jesucristo, venimos a consagrarnos a Ti, ante la Santísima Cruz de los Milagros, origen de nuestro pueblo correntino y signo de tu inmenso amor por nosotros”. Ni la cruz sin Cristo ni Cristo sin la cruz. Ni el crucificado sin la resurrección, ni la resurrección sin el crucificado. A Jesucristo, vida y esperanza nuestra, le pedimos que nos ilumine con su Espíritu, para conocerlo más y seguir sus pasos, abrazarnos a su cruz y vivir en su amistad, para vencer con Él el pecado, la muerte y el mal. Por eso, en ese abrazo creemos que “el amor todo lo puede”; que compartir con los más pobres nos hace misioneros de esa misericordia por la que nos sentimos profundamente transformados cuando nos abrazamos a la cruz. En ese signo está el secreto del itinerario más humano y más humanizador, que nos hace capaces de caminar juntos, de reconocernos un pueblo de hijos y de hermanos, peregrinos con la esperanza de andar seguros por el camino que nos lleva al cielo.

No hay Cristo ni hay cruz sin una Madre. Ella, tiernísima Madre de Dios y madre nuestra, fue asociada estrechamente al camino de su Hijo Jesús. ¡Qué inmenso e inmerecido es el don que le ha tocado a este pueblo por tener a la Cruz y a la Virgen en las raíces mismas de su creación! ¡Qué grande es al mismo tiempo el reto de continuar extrayendo y recreando tanta riqueza espiritual que está en los orígenes de nuestra historia! El primer obispo de Corrientes, Mons. Luis María Niella, hace exactamente un siglo, al proclamar a Nuestra Señora de Itatí Patrona y Protectora de la Diócesis de Corrientes, recomendaba “encarecidamente que las fiestas de la Cruz, como toda fiesta de la Iglesia, sin perder el brillo exterior, debe principalmente hacérselas consistir en comuniones numerosas, frecuentes predicaciones y catecismo sin descanso. Sin estas tres cosas necesarias, todo culto es deficiente, toda fiesta religiosa pierde su importancia, y la religión decae”.

La señal de la cruz es una profesión de fe, una adhesión a Cristo crucificado, muerto y resucitado. Hacer la señal de la cruz es un sí visible y público a quien me dio la prueba máxima del Amor de Dios, que se da hasta el extremo; a quien no gobierna mediante el poder que destruye y la fuerza que somete, sino a través de la humildad del servicio y del amor, que es más fuerte que toda la potencia del mundo y más sabio que toda la inteligencia calculadora de los hombres. Rehabilitemos este signo irremplazable y fundamental que nos identifica como discípulos misioneros de Jesús. Seamos valientes y humildes en llevarlo puesto, en manifestarlo públicamente cuando se nos presenta la oportunidad, y compartamos con fervor misionero y mucho respeto la experiencia gozosa que vivimos al sentirnos abrazados por el amor misericordioso de Dios que se nos reveló en la Cruz de Jesús. Que María, Tierna Madre de Itatí, nos cuide a todos, especialmente a los que más lo necesitan. Amén.


NOTA:
A la derecha de la página, en "Otros acrhicos", el texto como HOMILIA CRUZ DE LOS MILAGROS 2018 en formato de word.

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