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2018-07-23 | 
Homilía en la Misa de la Coronación Pontificia de la Virgen de Itatí
Itatí, 16 de julio de 2018
  Todos los años venimos a Itatí para abrirle el corazón a nuestra Madre con esa bellísima invocación: “Tiernísima Madre de Dios y de los hombres”. Ante ella nos sentimos queridos, valorados y seguros. A ella recurrimos confiados, porque sabemos que escucha las súplicas de sus hijos. Con ella tenemos la certeza de que la misericordia de Dios nos abraza, perdona y renueva nuestras fuerzas para perseverar en el camino del bien.

Peregrino de la Virgen: resiste y ama
El Evangelio que acabamos de escuchar nos relata una escena impresionante y sublime a la vez: María está de pie junto a la cruz en la que agoniza su Hijo. No hay odio en su corazón, no hay sentimientos de venganza por lo que le han hecho a su Hijo. Ella resiste y ama aun en medio del dolor. También su Hijo Jesús resiste amorosamente la tremenda embestida del mal que se descargó sobre él. Tanto Él, como su Madre, saben que el amor es más fuerte que el odio y que la muerte. Por eso Jesús nos confía a ella en la persona de su discípulo Juan: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Y a nosotros nos encomienda a ella: “Ahí tienes a tu madre”, para que los que hoy estamos ante ella, nos vayamos con el firme propósito de vivir una vida santa, esa que jamás negocia con la muerte de nadie y está dispuesta siempre a dar la suya para que el otro viva. Eso es santidad. Y no al revés: quitarle la vida al otro para que yo viva.

Aquí estamos sus hijos y sus hijas para renovar el compromiso de vivir como Ella quiere: en santidad y para santificar la vida. Ella nos encamina hacia el encuentro con su Hijo Jesús, para que encontrándonos con Él lo escuchemos y le hagamos caso. Jesús nos invita a ser “peregrinos de las bienaventuranzas”, es decir, caminantes convencidos de que la propuesta que nos hace Él, realmente nos conduce hacia una vida mejor, más humana y más plena, ya en esta vida, y luego nos promete la vida eterna, es decir, la vida colmada de gozo junto a Él. Vivir santamente nuestra jornada es posible y es en realidad lo único que realmente vale la pena. “Sé santo, sé santa”, es es la mejor palabra que Ella desea que resuene en nuestro corazón al retirarnos de esta peregrinación y regresar a la vida cotidiana de nuestros hogares y lugares de trabajo.

Los que participaron de la novena, se enteraron del contenido hermoso y profundo de la carta que escribió el papa Francisco sobre la santidad. El texto se lo puede leer y bajar gratuitamente en Internet. Allí, se nos recuerda que “Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). “La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Entrega de sí, quiere decir dar vida a otros. Todo lo contrario de pretender quitársela, con la ilusión de asegurar la propia. La verdadera felicidad llega sola cuando uno no la busca para sí mismo. La vida aumenta y crece hacia la plenitud, cuando no se la acumula para su propio provecho, sino que se la vive como don. Ese es el camino de santidad, de dicha y felicidad, que nos propone Jesús; es el camino que vivió intensamente la Virgen Madre, y por eso lo desea para cada uno de nosotros y para todos.

Devoto de la Virgen: vale toda vida
Ante esta maravillosa realidad podemos darnos cuenta cuánto “ValeTodaVida” y qué importante es “Salvar las dos vidas”. Un verdadero cristiano, una verdadera cristiana jamás estará de acuerdo en quitarle la vida a nadie, menos a un ser humano inocente, que no puede defenderse por sí mismo. Al contrario, la propuesta cristiana es dar vida, porque “dando es como se recibe” y no quitando. Esto lo decimos con mucha convicción porque lo hemos visto y experimentado en Jesús, que es a quien seguimos y a quien le creemos, como hizo María, su Madre y nuestra Madre. Por eso, los que creemos en Jesús y somos devotos de la Virgen de Itatí nos sumamos a todos aquellos que proponen debatir y aprobar programas que atiendan a la madre vulnerable, sobre todo a las embarazadas adolescentes, y a todas aquellas que padecieron un embarazo no deseado. Y decimos no rotundo a los proyectos que proponen la muerte como si fuera la solución para la vida.

Reitero hoy aquella advertencia que hacía en el Te Deum del pasado 9 de julio: no nos dejemos engañar cuando nos proponen que es bueno, saludable y verdadero eliminar a una criatura en el vientre de su madre. A nuestros padres y abuelos jamás se les habría ocurrido legalizar un acto así. Ellos, ante un embarazo inesperado y difícil para la mamá, lo primero que hacían era cuidarla a ella, estar cerca y acompañarla hasta dar a luz a la criatura. Y luego, si la mamá no podía criarlo, lo hacía la abuela, o una tía o algún pariente. Para ellos no había discusión: había que salvar las dos vidas. ¿Por qué hay tanta resistencia a rescatar las dos vidas y tanta obsesión por eliminar una y dañar irremediablemente a la otra?

Resulta tan obvio que es mucho mejor y más saludable hacer todo lo posible para salvar la vida de la madre y de la criatura que gesta en su seno, que preocupa una posible ley que obligue a deshacerse cruelmente de la vida más débil e indefensa, como es la que está en gestación y aun en estados muy avanzados de su desarrollo intrauterino. Hemos oído decir que en democracia cada uno tiene derecho a hacer de su vida lo que quiere. Me pregunto, ¿y para la vida del otro vale el mismo derecho o insalvablemente, por ser más débil, tiene que estar sometido a la voluntad del más fuerte? La mentalidad democrática, a diferencia de la autoritaria, encuentra lugar para la vida y la palabra de todos, especialmente de los más pobres y vulnerables, como sucede en una familia, en la que se cuida y acompaña al que más atenciones precisa por su indefensión y sus límites. Un pueblo, una familia, o cualquier colectivo de personas, tiene futuro si protege la vida de todos sus miembros, sin discriminar a nadie, sobre todo a los más débiles.

Llamados a fomentar la cultura de la vida y del encuentro
La persona que tiene la experiencia de haber sido rescatado, como les sucedió a los jóvenes tailandeses, vive su vida agradecido, se redescubre amado y valorado. Ya no puede vivir para sí mismo, sino para los otros. La experiencia cristiana es precisamente la de haber sido rescatados por Jesús: Él nos devuelve la amistad con Dios y nos abre el camino para reconciliarnos con nuestros hermanos y hermanas. Él nos rescata del aislamiento y nos integra a un pueblo de peregrinos que aman la vida, se cuidan unos a otros, y se esfuerzan por embellecer el lugar donde habitan. Los cristianos aprendimos de Jesús que vivir y amar son inseparables; el encuentro con Él nos hace agradecidos, perseverantes y humildes servidores de la vida, a la que calificamos como sagrada por haberla recibido de Dios, por consiguiente, se trata del primer derecho humano y de un bien indisponible. ¿Qué hubiese sucedido si los chicos, atrapados en la caverna, hubiesen decidido que nadie tiene autoridad sobre ellos para imponerles lo que deben hacer, y que cada uno tiene derecho a decidir de su vida como mejor le parezca? La pregunta puede parecer insensata. Sin embargo, en la “caverna de la vida”, con frecuencia nos fascinamos con propuestas libertarias que no favorecen una cultura de la vida y del encuentro, sino que fomentan la confrontación y así, irresponsablemente, obstaculizan el progreso material y espiritual del pueblo.

Peregrino de la Virgen: atención, porque el camino de la vida está plagado de tentaciones y de trampas, que pueden confundirte y desviarte de la senda del bien. Así como cuidás atentamente la dirección de la ruta que te lleva al Santuario de la Virgen, y no te entretenés en caminos laterales, que pueden aparecer más atrayentes que el penoso y sacrificado camino del peregrino, pero que te llevarían hacia otros rumbos, así también necesitas estar vigilante en el andar cotidiano para mantenerte fiel a tu condición de peregrino de la Virgen. Por eso, hay que andar con los ojos bien abiertos, ch’amigo, para ver dónde está el peligro; y al mismo tiempo, no hay que andar solo ni hacerle caso al que te viene con cuentos, haciéndote creer que podés ser feliz a corto plazo. Ni la mujer del prójimo, ni acabar con un embarazo “molesto”, ni la “plata dulce”, te van a ser feliz. En todo caso, como bien dice San Agustín, “Ustedes únicamente teman al Señor y anden en sus caminos, y no envidien a quienes no andan por los caminos de Dios cuando los vean que son infelizmente felices” (Comentario a los Salmos, 127,5).

Que María, tiernísima Madre de Dios y de los hombres, nos proteja a todos, e ilumine la mente de los legisladores y a los que nos gobiernan, para que sumen vidas y las cuiden a todas, especialmente las más débiles e indefensas, como lo hace todo hombre y toda mujer bien nacidos. Así sea.


Mons. Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes


NOTA: A la derecha de la página en "Otros archivos", el texto como HOMILIA DEL 16 DE JULIO EN ITATI 2018 en formato de word.


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