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2018-07-25 | 
Homilía en festividad de San Francisco Solano
Corrientes, 24 de julio de 2018
El lema que eligieron para la Semana Solano, iniciada anoche con una vigilia de oración para recibir el día del Santo, dice: “Sí a toda vida”. Y en la invitación a esta Semana podemos leer que “celebrar un patronazgo, es comulgar con el compromiso evangélico que asumió nuestro patrono: defender y cuidar la vida de los pequeños”. Los privilegiados de Jesús, como lo constatamos por el relato de los evangelistas, son los niños, personas adultas y grupos más indefensos, entre estos últimos estaban los enfermos, los leprosos, los pecadores, y las mujeres. Estos seres humanos no tenían voz ni lugar en la comunidad, por consiguiente, no eran escuchados, ni atendidos, ni valorados. Jesús transgrede los cánones culturales y visibiliza a estas personas, estableciendo con ellos un vínculo personal.

Por medio de ese vínculo personal, Jesús los reconoce como personas, y no solo los incluye en la comunidad, sino que los integra dándoles una misión. En pocas palabras, Jesús hace realidad el lema “Sí a toda vida” mediante su compromiso con los más pequeños, a quienes les estaba impedido vivir con dignidad su vida. Jesús, el Santo, con su palabra y sus gestos, santificó la vida, es decir, la rescató del aislamiento y de la muerte. Santificar la vida es darle la dignidad que le corresponde, especialmente donde esa dignidad está siendo ultrajada. En eso consiste la misión que recibieron los discípulos de Jesús resucitado, tal como lo escuchamos hoy en el evangelio (cf. Mt 28,16-60): “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Francisco Solano fue un ejemplo heroico de esa misión en circunstancias sumamente adversas. Su fe inquebrantable, su obediencia a la Palabra de Dios y a la tarea apostólica que le habían confiado los hermanos de su comunidad, lo condujo a la misión que realizó con los más postergados en la vasta geografía, que va desde el norte del Perú hasta prácticamente el Río de la Plata. Eso sucedía en esa región dos años después de haber sido fundada Corrientes en 1588. Hoy nos resulta difícil imaginar cómo hizo este fraile para recorrer solo esas distancias en apenas cinco años. Durante ese período pasó evangelizando por Salta, Santiago del Estero, Tucumán, Córdoba, llegando hasta Buenos Aires y a tierras del Paraguay. Su estilo de predicación consistió en un vehemente llamado a la conversión y a las buenas costumbres; aparecía impetuoso cuando advertía sobre las consecuencias nefastas a las que conducía una vida de pecado, y hablaba con mucha pasión sobre el destino de vida, de plenitud y felicidad para el cual fue creado el hombre.

San Pablo, en la lectura que hemos escuchado, nos advierte que esa vida la llevamos en recipientes de barro, es decir, poseemos algo sumamente delicado y lo transportamos en una envoltura frágil. ¿Por qué debía llevarse un tesoro tan precioso en vasijas tan quebradizas? El Apóstol se encarga de explicar el motivo: “Para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros mismos, sino de Dios”. La vida nueva, esa que recibimos en el Bautismo y por la cual entramos en una estrechísima comunión con Jesús muerto y resucitado, es un don y no una conquista humana. Por analogía también podemos afirmar que la vida humana es un don que recibimos y no algo que cada uno se fabrica para sí mismo y hace de ello lo que le plazca.

La conciencia de haber recibido la vida como don, nos debe hacer humildes y entusiastas servidores de la vida, de toda vida, porque toda vida vale y, la fe nos dice que vale nada menos que el precio de la muerte de Jesús para que el hombre viva. Aquí está la razón por la que el papa Francisco, en la carta en la que reflexiona sobre la santificación de la vida, afirma rotundamente que “La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación…” (n. 101).

El luminoso ejemplo de Francisco Solano es un fuerte incentivo para que renovemos nuestro deseo de ser santos y, al mismo tiempo, no tengamos vergüenza de animar a otros a cuidar e incrementar ese tesoro de vida santa, que llevamos en esos recipientes frágiles que somos nosotros mismos. Lleven a la misión barrial, que van a realizar en los próximos días, la buena noticia de Jesús, el evangelio de la vida, con la conciencia de que no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo, el Señor, y que nosotros no somos más que servidores por amor de Jesús, a aquellos a los cuales vamos a visitar durante la misión (cf. 2Cor 4,5).

En la carta que hicimos mención, leemos: “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (n. 14).

Que nuestro Santo Patrono, además de animarnos a retomar y progresar en el camino de santidad, interceda ante el Dios de la Vida, para que nuestros legisladores voten leyes con las que podamos decir “Sí a toda vida”, cuidarla, servirla y hacerla crecer en toda su plenitud, especialmente aquella que se encuentra en situación de vulnerabilidad desde la concepción, como la del niño y su mamá; y de los ya nacidos que se debaten en la debilidad y la pobreza, hasta su muerte natural. La fe en Jesús, que es vida y esperanza nuestra, nos consuela y fortalece con su promesa de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20).

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes


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