. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
.
  solapa guia eclesiastica solapa_prensa plan compartir . . . .
cabezal_prensa .
 
. . . . . .
.
    .
icono_cruz --NOTICIAS .
organismos .
homilias
 
 
 

 

 

 

 

 

.
.
.
.
btn1 btn2 btn3 .
  Imágenes:
 
.
Audios/Mp3:
.
Videos:
.
Otros Archivos :
 

 

 

 

 

 

 

 
2019-04-26 | 
Homilía en la Misa de la Vigilia Pascual
Corrientes, 20 de abril de 2019

  Esta Noche Santa estalla de gozo porque Cristo triunfó sobre la muerte, y sobre todo lo que conduce al hombre y a la creación a la corrupción y a la muerte: el pecado, como negación de Dios ‒así lo expresamos en el momento de las renuncias bautismales‒, el mal, como signo del pecado en el mundo; el error, como negación de la verdad; la violencia, como contraria a la caridad; el egoísmo, como falta de testimonio de amor. Gracias a Cristo muerto y resucitado, tenemos la Vida nueva, la misma que él vive con el Padre y el Espíritu Santo, vida que ya no está sujeta a la corrupción.

Por eso, al bendecir el fuego, signo de Cristo, Luz del Mundo, pedíamos a Dios, nuestro Padre, que por esta celebración seamos de tal manera inflamados con los deseos celestiales, que podamos llegar con un corazón puro a la fiesta de la luz eterna. Los deseos celestiales no son una especie de “deseos volados”. Los deseos celestiales son aquellos que se contraponen a las obras mundanas que son ‒otra vez de acuerdo a las renuncias bautismales‒ la envidia y el odio; la pereza y la indiferencia; la cobardía y las omisiones; el materialismo y la sensualidad; la injusticia y el soborno. Los deseos celestiales nacen en un corazón puro, que fue precisamente lo que suplicábamos al concluir las lecturas del Antiguo Testamento: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro”; o también aquella gracia que le pedimos a la Tiernísima Madre: “concédeme (…) un corazón puro, humilde y prudente”.

“Comprendámoslo bien ‒les decía san Pablo a los cristianos de Roma‒ nuestro hombre viejo (vale decir, el hombre pecador y corrupto) ha sido crucificado con Cristo, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejáramos de ser esclavos del pecado”. Y añade: “Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más porque la muerte ya no tiene poder sobre él. (…) Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”. Ahora bien, qué certeza tenemos de que es verdad todo esto. Con frecuencia escuchamos que estas son creencias que practican los cristianos, y que está bien para ellos, pero dejen que cada uno crea lo que le parece que está bien. También se escucha el reclamo: “no quiero creer, quiero saber”, como si la fe fuera un obstáculo para saber. La Carta a los Hebreos explica que la fe “es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve”. Recordemos, por ejemplo, que Einstein, uno de los más grandes científicos contemporáneos, era un hombre profundamente creyente, para quien su ciencia no fue impedimento para creer. Con este hombre de ciencia, y tantos otros, nos encontramos con alguien que supo profundizar el saber y el creer y descubrir que ambos son caminos necesarios y complementarios para conocer la verdad.

Pero vayamos un momento al Evangelio que hemos proclamado. En el texto que oímos se relatan hechos, hay testimonios, evidencias de primera mano, incredulidad ante la tumba vacía, acusaciones de delirio a las mujeres que fueron con la noticia de lo que vieron o, mejor, de lo que no encontraron y debía estar allí, donde lo dejaron: es decir, en la tumba. En otros textos similares se suman datos que corroboran la verosimilitud de los hechos: desazón de los discípulos luego de la crucifixión, muerte y sepultura de Jesús; miedo a que les suceda a ellos lo mismo que a su maestro; y tantos otros. Igualmente hay una enorme cantidad de testimonios de quienes vieron a Jesús resucitado, comprobaron que no era un fantasma, lo tocaron y comieron con él. Luego, a lo largo de los siglos, la certeza de la fe en la resurrección de Jesús, ha permanecido inconmovible. Es más, una prueba incontestable de que Jesús resucitó, vive para siempre, y está en medio nuestro, es la innumerable multitud de mártires en los primeros siglos hasta hoy, que no dudan en dar la vida por defender la fe. Eso prueba que experimentaron en sus vidas algo tan real y más grande que la propia vida, que no dudaron en entregar la propia a cambio de la que recibieron. Hoy hay más mártires que en los primeros tiempos, las persecuciones no terminaron en los primeros siglos del cristianismo. Hoy hay lugares en donde los cristianos ni siquiera pueden tener una Biblia ‒denunció hace poco el papa Francisco‒, y se mantienen fieles a su fe, es decir, a la certeza que les da la fe, porque saben que, si se apoyan en Jesús resucitado, no serán defraudados.

Nuestra fe no se basa en creencias ni en programas para vivir mejor; la fe que nos sostiene nada tiene que ver con la idea de creer que la fe es una especie de estimulante espiritual para gente poco instruida, las cuales creer les ayudaría a soportar esta vida plagada de padecimientos, en espera de algo mejor en la otra. La fe cristiana se basa, como decíamos, en evidencias y en testimonios valientes y ejemplares de un humanismo que no tiene comparación en la historia humana. Para ello, no contemplemos ideas, sino personas y hechos. El próximo 27 de agosto, en la provincia de La Rioja, serán beatificados cuatro mártires que dieron, voluntariamente su vida por el Evangelio, con la convicción de recuperarla con una abundancia muy superior, a la que obtendrían si intentaran conservarla. Ellos son: Wenseslao, un catequista, casado, con tres hijos, asesinado delante de su esposa e hijos la madrugada del 25 de julio de 1976. Su hija nos comparte que estando Wenceslao baleado en el suelo les decía: “Perdonen, perdonen esto, no guarden rencor”. Tenía, entonces, 40 años. Unos días antes caían bajo las balas los sacerdotes Gabriel Longeville y Carlos de Dios Murias, 45 y 31 años respectivamente. Luego, el cuatro de agosto de ese año, los acompañó en el martirio el obispo Enrique Angelelli.

¿De dónde nace la fuerza para afrontar el martirio? ‒se preguntaba el papa Benedicto XVI‒. De la profunda e íntima unión con Cristo, porque el martirio y la vocación al martirio no son el resultado de un esfuerzo humano, sino la respuesta a una iniciativa y a una llamada de Dios; son un don de su gracia, que nos hace capaces de dar la propia vida por a amor a Cristo y a la Iglesia, y así al mundo. En fin, no es difícil darse cuenta de que nadie da la vida por una creencia, sino por la fe en un Dios personal, vivo con quien, gracias a él, podemos establecer una comunión de vida personal y comunitaria. Blas Pascal dijo: “Creo sólo a las historias, cuyos testigos se dejan matar”. ¡Qué bella, profunda y amorosamente exigente es nuestra fe! Por algo el papa Francisco en la carta postsinodal que escribe a los Jóvenes y a todo el Pueblo de Dios exclama: “Vive Cristo, Esperanza nuestra. Él es la más hermosa juventud de este mundo”.

La Pascua cristiana es la fiesta de la vida, de la vida nueva que no acabará nunca. Por eso, renovemos gozosos nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado. En Él fuimos bautizados y enviados a la misión. Que nuestros sentimientos, palabras y acciones den testimonio alegre y valiente de nuestro bautismo. Y que la bienaventurada Virgen María nos acompañe y proteja siempre.

†Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes


NOTA:
A la derecha de la página, en "Otros archivos" el texto como HOMILIA VIGILIA PASCUAL 2019, en formato de word.


derechos reservados
guia eclesiastica prensa   organismos calendario links
complot