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2019-05-23 | 
Homilía en la fiesta de Santa Rita
Corrientes, 22 de mayo de 2019

   Comparto un brevísimo resumen de los datos de la vida de Rita de Casia. Nació en el año 1381 en un pueblo cerca de Casia, en la región central de Italia. La casaron muy joven, como era costumbre en esos años: ella tenía 14 años y su marido era de la misma edad. Tuvieron dos hijos y vivieron casados 18 años. Su marido fue asesinado y luego fallecieron también sus hijos se cree que a consecuencia de una peste. Ella tenía entonces alrededor de 30 años. Luego entró al monasterio y vivió como monja 40 años. Nuestra santa fue una mujer casada, madre de dos hijos, luego viuda y, finalmente, monja. De ella podemos decir hoy que fue un modelo ejemplar de mujer, que estuvo siempre a favor de la vida aun en circunstancias que le exigían un sacrificio extremo de sí misma.

Podríamos preguntarnos cuáles fueron los hechos extraordinarios de su vida para que la Iglesia la proclamara santa, ejemplo de mujer cristiana para ser imitada y amiga de Dios a quien poder confiarle nuestras necesidades. Entre los “prodigios” de esta mujer, llamada también “La Santa de lo imposible”, está su capacidad para responder con oración y bondad al trato cruel de su marido, haciendo así realidad el mandato de Jesús: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman” (Lc 6,27-28). Esto significa promover una cultura de la vida, comprometerse en la misión que tenemos como bautizados. Ella no renegó de la suerte que le tocó con un marido violento ni con sus hijos que querían vengar la muerte de su padre. Los amó sufriendo y tratando de aplacar la violencia que dominaba a su esposo y a sus hijos. La violencia y el odio matan siempre, sea al inicio de la vida humana, en el transcurso de la misma, o al término de su existencia.

Para ello recurrió a la fuente del Evangelio en la que encontró la fuerza necesaria para vivir con alegría su vida y su misión, como lo hemos escuchado en la primera lectura: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense (…) El Señor está cerca. No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica” (cf. Flp 4,4-6). En el Evangelio descubrió el amor crucificado, el amor que es capaz de dar vida, no de quitarla. Ella escuchó la misma palabra que proclamamos en las dos lecturas, creyó en esa palabra, y suplicó la gracia de aplicarla con su esposo, con sus hijos y luego con las monjas en el claustro. Fue una mujer, esposa, madre y monja apasionada por la vida; no dominada por la ansiedad de cuidar y defender la propia, sino por entregarse para que su extraviado esposo y sus furiosos hijos no arruinaran sus vidas para siempre. Ella puso por obra el mandato de Jesús: “Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes” (Lc 6,31).

En el extremo opuesto a esa sentencia, que exhorta a todos los seres humanos a trabajar por una cultura de la vida, tenemos el lamentable fallo que condena a un médico neuquino por negarse a practicar el aborto a una mujer violada en un avanzado estado de gestación. Consecuencia de la opción por salvar las dos vidas es hoy una madre sana y un niño vivo de dos años dado en adopción, y, por otra parte, un médico declarado culpable del delito por incumplimiento de los deberes de funcionario público, cuya misión es sanar, cuidar y defender la vida, como de hecho lo practicó salvando a la mujer y a su hijo. Nos solidarizamos con él y nos unimos a la enorme ola de oración que se extiende a lo largo de todo el país para acompañarlo, y para que la ciencia no se instrumente nunca más en contra de la vida de nadie y la sensatez humana prevalezca sobre la necedad de matar para salvar. Ser santo, ser santa, es optar siempre y en cualquier circunstancia a favor de la vida, especialmente donde la misma se presenta vulnerable y amenazada de muerte, conscientes de que el bautismo que recibimos nos envía a la misión de colaborar en la obra creadora del Dios de la Vida y Señor de la Historia.

Por eso, “¡Feliz el que pone en el Señor su confianza!”, como lo hizo nuestra Santa. Al final de su vida terrena, Rita ya monja, y con una misteriosa espina clavada en su frente, oraba: "Oh amado Jesús, aumenta mi paciencia en la medida que aumentan mis sufrimientos". También nosotros rezamos pidiéndole a nuestra Tierna Madre de Itatí, que nos dé “paciencia en la vida y fortaleza en las tentaciones”, paciencia para soportar con un amor fuerte los ataques del maligno, que maliciosamente sugiere lo contrario de Jesús: no dar ni darse para tener y asegurarse, principios fatales del individualismo imperante. Santa Rita continúa esparciendo el buen olor de la vida del bautizado, precisamente porque le creyó a Jesús y se unió a él para convertirse con él en fuente de vida y de inspiración frente a las dificultades. De ella dijo San Juan Pablo II al cumplirse el centenario de su canonización, que fue una “mujer experta en sufrimiento” y como tal aprendió a comprender las penas del corazón humano. “De este modo, Rita se convirtió en abogada de los pobres y los desesperados, obteniendo innumerables gracias de consuelo y fortaleza a quien la ha invocado en las más diversas circunstancias”.

Concluimos recordando el llamado a la santidad sobre el que rezaron y reflexionaron durante la novena. Ese llamado es una convocatoria al combate, dice el papa Francisco. “Nuestro camino hacia la santidad es también una lucha constante. Quien no quiera reconocerlo se verá expuesto al fracaso o a la mediocridad. Para el combate tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero” (Gaudete et exultate, 162). Nadie se siente excluido de esa convocación, porque es “También para vos. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (GE, 14). “No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó”.

Que Santa Rita nos proteja de toda violencia que paraliza, extravía y mata, nos quite los miedos de amar hasta el sacrificio de nosotros mismos, y nos alcance la gracia de que “la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tome bajo su cuidado nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús” (cf. Flp 4,7).

†Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes

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