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2019-06-24 | 
Homilía en la Misa del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Corrientes, 23 de junio de 2019
  Es muy tierna y conmovedora la imagen de una madre amamantando a su criatura. El pequeño se alimenta del cuerpo de aquella que le dio la vida. El niño participa de la misma vida que recibió de sus padres. Esto sucede en todos los organismos vivos. Por eso no es extraño ni tampoco hiere la razón el hecho de que Dios se nos brinde como alimento y que Jesús haya dicho, como lo recuerda el Apóstol Pablo a los cristianos de Corinto: “«Este es mi Cuerpo que se entrega por ustedes, Hagan esto en memoria mía». De la misma manera después de cenar, tomó la copa. Diciendo: «Esta es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangres. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía»” (cf. 1Co 11,23-26).

El bautismo nos hace comensales de la mesa a la que nos convoca Jesús, en la que nos alimenta con su palabra y con su Cuerpo y su Sangre, es decir, con él mismo, así como lo hace la mamá con su hijo. La criatura no se puede alimentar por sí misma, necesita recibir el alimento. No se puede dar la vida a sí misma, como tampoco puede sobrevivir si una ayuda adecuada. Estas realidades tan básicas y simples, nos sirven para comprender mejor el mensaje del Evangelio que escuchamos hoy.

La primera escena que se nos presenta es a Jesús hablando a la multitud y devolviendo la salud a los que tenían necesidad de ser sanados (cf. Jn 9,11-17). Jesús se presenta como el que restaura la salud, devuelve la vida, él es la Vida y por eso puede darla y también remediarla. En cambio, no lo pueden hacer los discípulos porque no les alcanza la capacidad ni para dar vida ni para fortalecerla, por eso le piden a Jesús que despida a la multitud para que vayan en busca de albergue y de comida, porque con los cinco panes y dos pescados no pueden hacer nada. El mensaje de Jesús es muy fuerte: él es el que da la vida, él es quien alimenta, es más, él mismo es el alimento que sacia el hambre de sentido, el deseo de encuentro, de amor y de felicidad que hay en todos los seres humanos.

Es muy bello el mensaje que nos deja el breve texto del Génesis en los símbolos del pan y del vino, que trajo el sacerdote del Dios Altísimo para acompañar la bendición de Abrám (cf. Gén 14,18-20). La vida de Abraham y la vida del pueblo de Israel, que le fue confiada a su conducción, es una bendición de Dios. Él crea, alimenta y defiende a Abraham y a su pueblo de todos los peligros. Abraham tiene conciencia de esto y por eso entrega el diezmo de todo, para expresar con ello que es Dios quien da la vida, a él le reconoce la autoría de todo y a él se lo agradece.

Nosotros, bautizados estamos llamados a participar en la mesa eucarística. Invitados a la Mesa del Señor, sería ofensivo desoír la invitación y un grave riesgo de morir por inanición, es decir, por falta de alimento. Es peor la muerte espiritual que la muerte del cuerpo. Por eso, renovemos hoy el compromiso de concurrir a la asamblea dominical para celebrar la Eucaristía con la comunidad. También es muy saludable para el espíritu aprovechar los lugares y los tiempos donde se nos brinda la posibilidad de adorar al Santísimo Sacramento. Ese momento de adoración aviva en nosotros la fe, enciende la esperanza en nuestro corazón, y nos fortalece en el amor a Dios y al prójimo, disponiéndonos al mismo tiempo para participar más fervorosamente en la Santa Misa.

Bautizados, somos también enviados a anunciar la buena noticia de que Dios es la fuente de vida y de toda vida, y es a él a quien alabamos y bendecimos por habernos llamado a participar de su misma vida. Francisco de Asís, en el comentario al Padrenuestro escribe: “El pan nuestro de cada día: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, dánosle hoy: para que recordemos, comprendamos y veneremos el amor que nos tuvo y cuanto por nosotros dijo, hizo y padeció”. “Cuando se come a Cristo, se come la vida” (Sermón, 132 A,1), afirma San Agustín, es decir, al comerlo nos vamos transformando en la imagen y semejanza que Dios soñó al crearnos.

Bautizados en la vida de Dios, en el Espíritu Santo que recibimos en el bautismo, somos enviados a dar testimonio de esa vida nueva en todas partes, aunque tengamos que sufrir por ello desprecio y persecución, como lo hemos prometido cuando nos confirmaron. Luego de permanecer un tiempo en adoración de Jesús eucarístico, de haber participado en la Eucaristía, escuchado la Palabra de Dios, y de haber comulgado el Pan de Vida, recibimos el envío de vivir de acuerdo con aquello que hemos contemplado, escuchado y recibido.

El bautizado que ha escuchado la Palabra y participado en la Eucaristía se convierte en discípulo testigo con su vida transformada en vivir cristianamente sus vínculos en el matrimonio, en la familia, con sus compañeros y compañeras de trabajo, y sobre todo en las diversas áreas de la función pública, donde es urgente un fuerte y claro testimonio de vida cristiana, sobre todo en fomentar la conciencia de la vida como don de Dios, en el cuidado de la misma principalmente allí donde se manifiesta más frágil e indefensa y, en consecuencia, también más expuesta a ser desatendida y aun violentada, como sucede en el ser humano concebido, en la mujer, en los pobres y en las personas ancianas.

Para que ello sea posible, es indispensable fortalecerse con el alimento adecuado y con la recepción frecuente del mismo, porque el combate que libramos no es contra las personas, sino contra el maligno que siembra confusión y división. Por eso, para “detener «las flechas incendiarias del maligno» (Ef 6,16) ¬-nos recuerda el papa Francisco- tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, y el empeño misionero” (Gaudete et exultate, n. 162).

Que María, tierna Madre de Itatí, plena de vida, de gracia, y de gozo en el Espíritu Santo, junto a la Cruz de su Hijo, nos dé un corazón puro, humilde y prudente, para vivir con renovado fervor nuestra vocación de bautizados y enviados.


†Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes




NOTA: A la derecha de la página, en "Otros Archivos", el texto como HOMILIA CORPUS CHRISTI 2019 en formato de word.

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