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SALUDO PASCUAL EN LA SEDE ARZOBISPAL
Monseñor Stanovnik: Quienes quieren retirar los signos religiosos niegan la memoria, es una especie de suicidio cultural
Como todos los años, hoy, los miembros de las distintas parroquias, instituciones y movimientos de la Arquidiócesis, se acercaron hasta la sede arzobispal para saludar a monseñor Andrés Stanovnik, con motivo de la Pascua.
Luego de escuchar las palabras de los laicos, el Arzobispo pronunció una palabras, en las que, no sólo habló de la gracia de Dios, como regalo a cada uno de los bautizados, de su inmensa misericordia, que es mayor que la justicia, sino que se refirió también a la necesidad de la reconciliación y el perdón y a los casos de abuso con los que hoy la prensa del mundo ataca a la Iglesia. Reconoció que son reales y aberrantes, pero pidió no perder de vista la gran mayoría de hombres y mujeres santos que conforman la Iglesia. De manera especial, pidió a los católicos, no permitir que se eliminen los signos religiosos de nuestros espacios públicos.
A continuación, los párrafos textuales de su mensaje:
“Uno, sabiendo de antemano que va a vivir este encuentro, se pregunta qué sería oportuno decir y trata de hilvanar algunas ideas; pero, en realidad, tanta riqueza que hubo en las reflexiones de ustedes, rebasa cualquier esquema previo. Sin embargo, voy a tratar de recoger y compartir lo que pude recordar.
“Me impresionó lo que dijo, hace un momento, el representante de la Policía Federal: “es una gracia que yo esté aquí”. Estas cosas, uno las da por obvias. Sin embargo, si lo pensamos un poco, “gracia” significa que estamos aquí porque Dios quiere y porque fue misericordioso con nosotros. Nosotros experimentamos su misericordia por tantas cosas que Él nos da y, sobre todo, por el don de haberlo conocido, por saber que Él esta vivo, y porque nos dio la posibilidad de abrazarnos a su Cruz, como también se dijo aquí.
Hay una frase que ustedes recordaron de nuestro querido y venerado Juan Pablo II que dice: “el límite impuesto al mal, del que el hombre es artífice y víctima, es en definitiva la divina misericordia”. No es la justicia el límite, es la misericordia. Dios es justo, pero su misericordia es mayor que su justicia. Sin embargo, para poder llegar a la misericordia, hay que pasar necesariamente por la verdad y la justicia, la reconciliación, el perdón. No basta sólo la verdad y la justicia, solas no alcanzan a humanizar las relaciones entre los seres humanos, es más, con frecuencia las dañan aún más. Comprender que la misericordia madura la justicia, que sólo el amor la vivifica, es don de Dios y nosotros lo hemos conocido por Jesucristo. Él es la justicia de Dios y al mismo tiempo su divina misericordia. Esto es gracia genuinamente cristiana, no lo tiene ninguna otra religión, y es impensable para el hombre si Dios no se lo hubiera revelado. En Jesucristo resplandece la entrañable misericordia de Dios, entregándose por amor a nosotros hasta el extremo en la Cruz”.
“Otra cosa que me impactó anoche en la celebración de la Vigilia pascual, fue un verso del canto “Ésta es la luz de Cristo”, mientras hacíamos el ingreso al templo todavía a oscuras con el cirio pascual encendido. Me conmovió el verso “llevo mi luz por la ciudad”. Pensé lo difícil que es hoy llevar esta luz por la ciudad. No es fácil porque buena parte de la ciudad –cuando decimos “ciudad”, podemos colocar allí nuestra comunidad correntina, al pueblo argentino, la familia humana– lucha sistemáticamente por apagarla y deshacerse de ella.
“Hay quienes se asocian, por ejemplo, para reclamar que se retire todo signo religioso de lugares públicos, empezando por la Cruz. Esto es negar la memoria cultural que hace a la identidad de un pueblo, una especie de suicidio cultural, un absurdo que pretende caminar mejor corándose las piernas.
En realidad, no es fácil hoy llevar la luz a la ciudad, porque se trata de llevar el mensaje de Jesucristo muerto y resucitado, como la razón de la propia vida y como programa para construir una verdadera familia humana, donde nadie quede excluido.
“Además, no es fácil llevar esa luz, porque hoy la ciudad le dice a la Iglesia que no que no es digna de llevarla. Se lo dice a toda la comunidad cristiana con un especial acento a los católicos. Se lo dice todos los días, en todos los diarios del mundo, por el escándalo real de los abusos de niños cometidos por algunos sacerdotes, pero no en las proporciones que difunde la prensa. Sin embargo, los hechos son reales y el abuso de un solo niño es un terrible crimen. Hoy la hipocresía de la ciudad se escandaliza y grita “ustedes no son dignos de llevar esa luz”. Tiene razón y nosotros sabemos que no somos dignos. ¿Quién es digno de llevarla? Lo sabemos desde los tiempos de Jesús, sabemos que no somos dignos. Jesús, por su misericordia nos hace dignos. Si fuera por nosotros mismos, podríamos caer en las cosas más aberrantes. Como cayó la humanidad, en su reciente y triste historia, cuando quebró los extremos de la cruz o allí donde quiso arrasar con la dimensión trascendente del ser humano, presentándose como un nuevo modelo de una humanidad, en la que cabían sólo los puros. Los demás fueron eliminados.
“El límite que Dios le puso al mal es su misericordia”. El que es alcanzado por ella tiene la hermosa tarea de llevar esa luz por la ciudad. Es una luz que no excluye la justicia, todo lo contrario, le da sentido, la ilumina y la lleva a su maduración. La verdad, la justicia, la reparación del delito cometido, son pasos absolutamente necesarios, pero si no continúa se maduración en los pasos siguientes, termina abortando la verdad, la justicia y la reparación. Esto lo vemos en la triste realidad de tantos juicios que terminan en una fiesta que da rienda suelta a sentimientos que no pasan de una mera satisfacción, cuando no de venganza y de odio. Asimismo, los lugares de detención, que deberían ser lugares donde se recupera la persona que ha delinquido y se la acompaña para una integración positiva en la comunidad, terminan siendo escuelas para el delito.
“La justicia tiene que pasar por la verdad de los hechos, procurar que la persona que ha cometido un delito lo reconozca, se arrepienta y cumpla con la pena correspondiente; pena que debe buscar la redención y no la venganza, la recuperación y no la aniquilación del culpable. Para eso, la verdadera justicia debe partir de la misericordia y apuntar siempre ella, para llegar a su vértice natural que es el perdón y la reconciliación. Solamente así vamos a poder construir una verdadera familia humana, donde nadie quede afuera, tampoco el reo, por más que haya pecado.
“No podemos dejar de llevar esta la luz por la ciudad, aun cuando hoy se nos haga difícil llevarla. Es tan brillante y tan buena que no la podemos esconder; es tan fuerte que nos trasciende. Sentimos una alegría enorme de pertenecer a esta Iglesia que es santa, porque Dios la hizo santa, porque la unió definitivamente al Cuerpo glorioso de su Hijo. Por Él la Iglesia es santa y en ella hay muchos hijos e hijas que viven santamente su vida, y son la gran mayoría no sólo entre los laicos y laicas, sino también entre los sacerdotes. La historia se repite: de los 12 que fueron elegidos por Jesús, hubo uno que lo traicionó. Esa traición fue terrible. Pero, si nos hubiésemos quedado hablando de Judas, hace rato que se hubiese acabado todo.
No hay que cerrar los ojos a la traición. Nos duele y nos da vergüenza, como a cualquier familia donde alguno de sus hijos comete una aberración. ¿Quién puede decir que está libre de pecado o de caer de nuevo en él? Si la realidad del pecado nos duele y debemos hacer todo lo posible por no pecar, siempre debemos rescatar al pecador. Dios actúa así. ¿Qué sería de los hombres si Dios se hubiera dedicado a eliminar a los pecadores? Sin embargo, cargó sobres sí el pecado y redimió al pecador. Esto es también una maravillosa realidad que se realizó en los 11 fieles que dieron la vida por Jesús, como la dan hoy de muchas maneras en la Iglesia y, en particular, en nuestra Iglesia centenaria y jubilosa, la mayoría de sus hijos e hijas.
“Como lo expresé en el Mensaje de Pascua, comparto con ustedes la dicha de pertenecer a un pueblo que cree en Dios y que experimentó su entrañable misericordia en su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros y por nuestra salvación. Esto se nos hace mucho más en Corrientes cuando contemplamos a Nuestra Señora de Itatí, Tiernísima Madre de Dios y de los hombres. ¡Muy felices Pascuas!
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