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Carlos Hermann Güttner
HOY SE NOS FUÉ UN PADRE A LOS HIJOS DE CONCEPCIÓN
La noticia me llegó, súbita e imprevista, mientras terminaba el café de esta fría mañana de Agosto en Buenos Aires. La quebrada voz de un amigo entrañable me anunció conmovida: "Murió el Padre Rodolfo"...
Un silencio que hilvanó las congojas archivadas me cortó la voz y se hizo nudo en la garganta. Me llevó rápidamente hasta los portales de mi infancia pueblerina, allá en Concepción (Ctes.) y se detuvo frente a la imagen del aquel curita que refunfuñaba porque nuestros pelotazos en el patio de la Iglesia le destrozaban, por enésima vez, las plantas...
Amigo de todos, hombre manso y de fuertes convicciones, el Padre Rodolfo marcó una época.
Había llegado a ese recóndito pueblo de provincia, olvidado como pocos, siendo apenas un joven sacerdote recién ordenado.
Era 1.973... A los pocos días yo veía la luz a muchos kilómetros de distancia y mi abuela -felíz por la llegada de su primer nieto- me escribía una carta que aún conservo para que la leyera de grande. En ella me comentaba que el Padre Rodolfo había celebrado el acontecimiento acompañando su alegría y encomendando al Señor al nuevo miembro de su familia, para luego agasajarla con un té con masas y la presencia de sus viejas amigas, invitadas por el curita.
Años después, cuando aprendí a leer y ví su nombre en la carta, yo ya lo conocía porque se ocupaba de hablarme de Dios y alimentar mi fe de niño con meridiana claridad y paciencia.
Su vocación pastoral adscribía a la Teología de la Liberación en una época convulsionada y peligrosa para los hombres comprometidos. Dejó su vida y mil sueños marchitos en pos de lo que creía, acompañó las desdichas y pesares de su gente -como solía llamarnos a todos los concepcionistas- sin musitar jamás una queja o un gesto de desesperanza.
Puedo recordarlas veces en que agazapados en la amplia galería de la vieja parroquia, por las tardes, aguardábamos que saliera con su vieja Renoleta 4L rumbo a algún lugar necesitado de su solidaridad para así poder entrar a jugar al fútbol en el inmenso patio. Puedo recordar también al viejo Virgilio, aquel al que todos llamaban "La Solución" y había sido recogido de la miseria y el abandono por el Padre Rodolfo, cuando quedara lisiado y sin familia.
La última vez que lo vi fue hace 11 años, cuando cumplía su habitual ronda de visitar a los enfermos en un Hospital de la ciudad de Corrientes. Fue tal su alegría cuando me reconoció que nos fundimos en un abrazo y con una lágrima en los ojos me dijo: "Cómo has crecido che... ¿Qué fue de tu vida? ¿En qué andás?"
Momentos después estaba dándole su aliento a mi anciano abuelo en su lecho de enfermo terminal, siempre sonriente y compasivo, con esa mirada buena que llegaba hasta el alma por sincera y limpia. Y yo volvía a esta Buenos Aires inmensa, con el corazón cargado de sueños, dejando atrás un tiempo de muchas alegrías y grandes afectos.
Así era el padre Rodolfo. Décadas de andar arrimando consuelo en cada rancho orillero, de preocuparse por el pan y el trabajo tanto como de la fortaleza espiritual. Pastor de Cristo que predicaba la palabra y la sostenía con sus actos, cumpliendo aquella sentencia bíblica que rezaba: "Muéstrame tus obras sin fe y yo te mostraré mi fe por mis obras"...
Un ejemplo de vida, y de una vida ejemplar. En estos tiempos inicuos de frivolidad y materialismo que enajenan el alma, de corrompidas costumbres y falta de valores, donde el ejemplo no sirve y solo se persigue la satisfacción de los placeres mundanos a cualquier costo, donde el individualismo y el egoísmo borraron la solidaridad y el sacrificio por el prójimo, el Padre Rodolfo nos deja un legado difícil de olvidar. Hasta unas semanas atrás, casi ciego y tratando de sobreponerse a una afección irremediable, se hacía llevar del brazo para dar consuelo a los enfermos. Enterado de la muerte de un concepcionista acudía raudo para acompañar la congoja de sus deudos, emparentado como estaba con ese pueblito que lo había cobijado casi 3 décadas y del que se sentía parte y un hijo más. Se lo extrañaba desde que había dejado de ser el cura caminante de esa comunidad, hacía más de 15 años atrás.
Estas líneas tienen el propósito de recordar a un buen tipo, de esos que pocas veces uno encuentra en la vida y parecen estar hechos de una sola pieza.
En él me permito recordar un tiempo que ya no está: el de mi infancia y adolescencia. Un paisaje memorable que compartí junto a todos mis compoblanos de entonces y a mis amigos de siempre.
Las partidas tienen mucho de tristeza y de nostalgia, sobre todo cuando se trata de seres muy queridos.
Cuando el calendario comienza a desgajarse y el tiempo transcurre, cuando las ausencias empiezan a ser frecuentes e irremplazables, y los recuerdos se amontonan en tropel agitando la cancela del alma, una conmovedora sensación de lágrima nos brota de las retinas.
No es llanto, es un homenaje del alma para todos los que se van.
Nos volveremos a encontrar, si Dios quiere.
Chau Paí Rodolfo, gracias por todo...
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