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TEXTO DE LA HOMILÍA PRONUNCIADA POR EL NUNCIO APOSTÓLICO DURANTE LA SANTA MISA CENTRAL DE LOS FESTEJOS JUBILARES
Señor Arzobispo,
Señores Obispos,
Queridos Sacerdotes y Seminaristas,
Señor Gobernador y Autoridades Civiles y de Seguridad,
Queridos Religiosos y Religiosas,
Todos ustedes aquí presentes,
Es con inmensa alegría que, desde hace ya un tiempo, he recibido la invitación de Mons. Arzobispo a venir a Corrientes para estar presente en esta solemne Eucaristía, en ocasión de las Celebraciones del primer Centenario de la Diócesis.
Permítanme ahora algunas reflexiones de ocasión, tomando como punto de partida el mandamiento del Amor, escuchado en la Liturgia de la Palabra, en la Carta Pastoral, que su Arzobispo les ha dirigido en la Navidad del año pasado.
En el segundo punto del citado documento se lee: “Hace tres años empezamos a preparar el Centenario de la creación de la Diócesis de Corrientes. Entonces se nos invitó a mirar los “dos amores” que nos acompañaron desde los primeros tiempos de la Evangelización: la Cruz de los Milagros y la tierna Madre de Itatí”
Queridos hermanos, toda obra grande tiene uno o más elementos inspiradores sobre los cuales fundarse y dar entonces vida a grandes realizaciones. Aplicando esto al caso presente, entiendo hablar de la consigna del Mensaje de Cristo y consecuentemente de la vida divina dada a esta Iglesia que peregrina en Corrientes: a sus Padres Evangelizadores y luego a ustedes.
Y aquí debo referirme sobre todo a los Institutos Religiosos que realizaron la Evangelización antes que fuese tomada por el clero diocesano. Pasan ante nuestra consideración Congregaciones Religiosas, en un tiempo particularmente florecientes y beneméritas, como los Padres Franciscanos, los Padres Mercedarios, los Padres Jesuitas, los Padres Dominicanos y otras Congregaciones integradas ya sea por hombres como por mujeres. En todas estaban presentes los dos tesoros, de los que habla la carta pastoral: ¡el profundo amor al Crucifijo y la tierna devoción a la Madre del Cielo, a María! Y todo esto profundamente impreso y luego vivido por los correspondientes fundadores y después en los respectivos Institutos.
Sea de ejemplo, entre todos y para todos, la figura y la vida de San Francisco de Asís y de los Padres Franciscanos contemporáneos del Santo y de cuantos han contribuido tan profundamente al nacimiento y luego al desarrollo de esta Iglesia.
Observando cuanto escribe sobre San Francisco su biógrafo Tommaso da Celano y, más precisamente, acerca de su amor al Crucifijo y luego al sufrimiento, leemos: “…la mano del Señor se posó sobre Francisco y la diestra del Altísimo lo transformó… golpeado por una larga enfermedad, comenzó a cambiar su mundo interior formado por los ideales efímeros del mundo… renuncia a preparativos militares”.
Durante un viaje a la cercana Foligno vende cuanto posee, incluso el caballo. Es su “no” al pasado, si bien todavía no tiene en claro a qué deberá decir su “si”.
Acercándose a Asís, se encuentra con una iglesia muy antigua y en ruinas, dedicada a San Damián. Viéndola en aquellas miserables condiciones sintió que se le estrechaba el corazón. Encontrando a su pobre sacerdote, con gran fe le besa las manos consagradas y le ofrece dinero, quedándose a vivir con él.
El Crucifijo de aquella Iglesia será su gran amor y sobre todo será su guía.
Seguirá la renuncia a todo bien paterno ante el Obispo de Asís, quitándose los vestidos, ofreciéndose “hermano universal”: la renuncia a toda posesión y a todo poder, su ser desnudo e indefenso a la medida de Cristo en la Cruz.
Como bien pueden comprender no se trata de una elección de sobriedad, tan importante y necesaria entonces como hoy, sino de una lógica –derivada del Crucifijo- que parece subversiva ante los arribismos y la avidez de este mundo. No es la popularidad lo que cuenta, ni el éxito o el dinero, ¡sino la desnuda verdad de lo que somos ante Dios y para los otros! Y es precisamente esta libertad de lo esencial lo que acerca Francisco y sus seguidores a todos y lo hace “¡persona inquietante para todos!”
Y es particularmente en San Damián que Francisco recibe del Crucificado la invitación: “¡Ve y repara mi casa!”. Una casa que no era ya la iglesita donde se encontraba, sino toda la Iglesia, la cual atravesaba un período signado de mundanidad y pruebas. Era necesario volverla al auténtico Mensaje Evangélico.
Francisco se entrega por completo a la escuela de Jesús Crucificado y aprende la humildad. Lógicamente la provocación es muy fuerte. Su modo de vivir comenzó a fascinar a los jóvenes de Asís, a tal punto que varios de ellos lo siguieron, provocando la reacción de los poderosos de Asís que veían vaciarse la ciudad.
Será precisamente este meterse en la escuela del Crucificado que –siguiendo siempre a su biógrafo Tommaso da Celano- se transformará él mismo en crucificado, al punto que, encontrándose sobre el monte de la Verna, recibió los sagrados estigmas: “El ardor del deseo lo arrebataba en Dios y un tierno sentimiento de compasión lo transformaba en Aquel que quiere ser crucificado… rezando a un costado del monte vio la figura de un serafín descender de la sumidad de los cielos y lo transformó en el retrato visible de Cristo Jesús Crucificado”.
La misma transformación fue obrada en Francisco por el amor a María, hasta llegar a ser el sostén fundamental de su misión: un amor femenino que había comenzado en la vida disoluta de los primeros años de juventud y que se había concentrado en la figura de la madre, que lo protegía en los momentos de dificultad del padre. Luego se había vuelto religiosamente idealista con la joven Clara. Y finalmente había encontrado en María la plena realización y reposo.
En la imitación de estas grandes figuras los evangelizadores de los primeros y de los últimos siglos han vivido estos dos grandes amores: amor al Crucificado y a María. Y es cuanto desean que hagamos nosotros mismos.
Hoy –y precisamente en ocasión del Centenario- debemos expresar nuestra gratitud. Gracias a Dios y a los operadores de su bondad.
El hombre, beneficiado por Dios, debe abrirse a la alabanza, al agradecimiento y al testimonio. No sólo quien ha recibido un milagro en el sentido estricto de la palabra. Todos nosotros, de distintas maneras, hemos sido tantas veces visitados por Dios y hemos experimentado tangiblemente su presencia y su poder.
Por otra parte nuestra vida es un continuo milagro y manifestación del amor de Dios. Lo creamos o no lo creamos, nosotros somos seres finitos y, como tales, no podemos subsistir sin recibir nuestro ser, continuamente, de un “ser infinito”. Dios hace esto, pensándonos con amor instante a instante. En el momento que no lo hiciese más, ¡nosotros volveríamos a la nada! De aquí podemos comprender con qué amor nos ama.
Debemos “dar gracias”. ¿Cómo? Jesús mismo nos ha indicado la manera. Para El agradecer significa decir “si” al Padre. Y este sentimiento íntimo de Jesús se difunde en todas sus acciones y hace de fondo a cada oración. Antes de cada acción importante Jesús “da gracias al Padre” (Jn. 6,11; 11, 41).
En la vida de Jesús hay un particular rendimiento de Gracias, cuando “Tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Esto es mi cuerpo” (Lc. 22,19). Y piensen: en aquel momento estaba por ser traicionado y matado: ¡“dio gracias”!.
El agradecimiento dado por Jesús al Padre en aquella noche, al cortar el pan, debe ser tan intenso, tan conmovedor y quizá tan sufrido que se imprime de manera indeleble en la memoria de los presentes.
La Iglesia recogiendo esta herencia, llamó a aquel rito y a su memoria “eucaristía”, es decir acción de gracias. De término común “eucaristía” se convierte en término técnico, casi como decir que todo agradecimiento a Dios está contenido en aquel agradecimiento y toma sentido de él. Y es lo que ahora estamos haciendo nosotros como momento central de esta solemne celebración del Centenario.
Queridos fieles, después de haber reflexionado sobre la Eucaristía como “rendimiento de gracias”, nos es ofrecida la posibilidad de vivirla.
También nosotros tomamos el pan y, al celebrar este primer Centenario, damos gracias a Dios: un “gracias” colectivo, coral como una sola y grande familia –la verdadera y auténtica familia que vive su vida en Cristo- reunida alrededor de la mesa, con los ojos vueltos al Padre y que con reconocimiento le dice:
- ¡gracias por el milagro de la vida, nacida de un matrimonio “como tú mandas”!
- gracias por el gran don de una familia y quizá de tantos amigos que nos son cercanos como hermanos;
- gracias por el Mensaje de Cristo que has dado a tu Iglesia que peregrina en Corrientes con la obra de tantos Misioneros del Evangelio;
- gracias por habernos hecho comprender que solamente el amor evangélico puede dar una plena realización tanto a la persona como a la sociedad: una sociedad cimentada sobre el odio y la venganza, sobre todo entre aquellos que deberían dar paz y armonía, terminará destruyéndose;
- gracias por habernos dado a Jesús como hermano y con el todo bien inimaginable;
- gracias por la esperanza y la caridad que has difundido en nuestros corazones mediante el Espíritu que nos has donado;
- gracias por los “dos amores”, que nos has dado: una Madre, en la “tierna Madre de Itatí” y un hermano, que nos ha amado tanto hasta sufrir sobre una cruz para salvarnos y representado en la “Cruz de los Milagros”;
- gracias, por último y simplemente, porque nos permites llamarte “¡Abba, Padre!”
Así sea.
Monseñor Adriano Bernardini
Nuncio Apostólico en la Argentina
FOTOS DEL SALUDO PROTOCOLAR DEL NUNCIO Y EL ARZOBISPO A LAS AUTORIDADES EN EL DESPACHO PARROQUIAL DE LA IGLESIA CATEDRAL, VER EN:
http://picasaweb.google.com/arzctes/FirmaDelActa?authkey=Gv1sRgCKTKkafdhtLBiQE
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FOTOS DE LA CELEBRACIÓN, VER EN:
http://picasaweb.google.com/arzctes/SantaMisaAtrioCatedral?authkey=Gv1sRgCOuigvGvgtaNygE
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