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Homilía del Cardenal Jorge M. Bergoglio (100º Asamblea Plenaria, Pilar, 8-13 de noviembre) 02 Noviembre 2010
1- La palabra de Jesús sobre el escándalo está ligada, en los Sinópticos, a la mención de los pequeños del Reino. En este texto que escuchamos recién la palabra “pequeños” señala al pueblo fiel de Dios; en la versión de San Mateo (Mt. 18: 6-7) también se relaciona con el pueblo de Dios: “los pequeños que creen en mí” (18:6) y se origina en la pregunta de los discípulos acerca de quién es el más grande en el Reino de los Cielos (18:1) y Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les aseguró que si no se hacían como niños no entrarían en el Reino, y “el que se hace pequeño como este niño será el más grande en el Reino de los cielos” (18:4). Marcos, al mencionar la misma palabra de Jesús (9:42) añade un significativo “pequeños que tienen fe”. Sin forzar el sentido podemos entender que Jesús se refiere al trato y al mal trato (el escándalo) que se puede tener para con los creyentes sencillos, como niños, a quienes el Señor pone como modelo de grandeza en el seguimiento. Estas palabras de Jesús me evocan aquella esperanzadora promesa en medio del terrible “dies irae” de Sofonías (1: 14-18): “Yo dejaré en medio de ti a un pueblo pobre y humilde, que se refugiará en el nombre del Señor (3: 12). Ese pueblo, ciertamente pecador pero de corazón arrepentido y humilde, es precisamente el pueblo que forman los pequeños, los que se hacen como niños que claudican de toda pretensión y suficiencia y ponen su fuerza y esperanza en el Señor, y en los que confían en Él y se abandonan “como un niño en brazos de su madre” (Salmo 131: 2). 2. Existe, pues, una fortaleza peculiar en esta pequeñez que nos pide el Señor, la fortaleza de la confianza en el poder de Dios sobre toda otra posibilidad. A veces este abandono persistente y confiado puede parecer ridículo y hasta poco culto. Ana que, angustiada pedía un hijo, fue considerada borracha por el Sacerdote Elí (1Sam. 1:14) pero ella bien sabía en quién se confiaba y la fuerza de su cultura religiosa era precisamente el Señor fiel a su pueblo en el cual se abandonaba. No se trata de personas con una fe aniñada (que el mismo San Pablo condena cfr 1Cor. 3:1-3; 14: 20) sino de niños, es decir conscientes de su debilidad expresada en humildad, que se tornan fuertes en el Señor. Estos son los más grandes del Reino y escandalizarlos abre un camino de muerte: pues a quien lo hace “más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar” (Lc. 17:2) 3. Por pura gracia todos nosotros fuimos introducidos por el bautismo en este pueblo fiel de Dios e invitados por la fe y la continua inspiración del Espíritu Santo a vivir como niños, a caminar en la presencia de Dios y ser irreprochables (cfr. Gen. 17:1) tal como nos lo pide S. Pablo en la primera lectura (Tit. 1:6-7) , a confiar en su fuerza y protección. Pero, además, de alguna manera fuimos separados para servir a ese pueblo, fuimos elegidos para ayudar a nuestros hermanos a que – junto a nosotros- sean un pueblo pobre y humilde que se refugie en el nombre del Señor (cfr. Sofon. 3: 12). En el ejercicio de esta elección del Señor para conducir, santificar y enseñar, se nos pide que tengamos cuidado de no desgajarnos de él, de no escandalizarlo, de no convertirnos en jefes y patrones extraños a ese pueblo fiel, al estilo de los que denuncia el Profeta: “jefes (que) son leones rugientes… jueces (que son) lobos nocturnos que no dejan nada para roer a la mañana; profetas fanfarrones, hombres traicioneros; sacerdotes que han profanado las cosas santas y han violado la ley; injustos que no conocen la vergüenza (Sofon. 3: 3-5). En la medida en que mantengamos nuestra pertenencia a ese pueblo fiel que camina confiado abandonado en Dios, no caeremos en estas actitudes que son, precisamente, las que escandalizan. Pertenecemos al mismo pueblo del que fuimos segregados para ser, luego, enviados a él. 4. Este modo de proceder que se nos pide nos refiere a la virtud de la mansedumbre pastoral. Esa mansedumbre no es una mera actitud psicológica sino un fruto del Espíritu Santo (cfr. Gal. 5: 23) y ha de ser un rasgo propio de los pastores. San Pablo se la recomendaba a Timoteo: el pastor no debe tomar parte en las querellas. Por el contrario… tiene que ser amable con todos, apto para enseñar y paciente con las pruebas. Debe reprender con dulzura…”(2 Tim. 2: 24-25). Los pastores que aman a su pueblo, como buenos cristianos, muestran siempre una serena mansedumbre en su constancia y fortaleza: San Pablo les recomienda a sus discípulos “que no injurien a nadie y sean amantes de la paz, que sean benévolos y muestren una gran humildad con todos los hombres” (Tit. 3:2) y “que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres” (Filip. 4:5) San Ignacio de Antioquía les dice a los fieles de Tralia que “la mansedumbre es una fuerza” y se la propone a sí mismo como arma de lucha contra el Demonio: “Por ello necesito adquirir una gran mansedumbre pues ella desbaratará al príncipe de este mundo” (Cap. 7: 1-8). Este pastor sabía que la suficiencia y el imponerse con mal trato, el verduguear al pueblo de Dios a él confiado dispersaba el rebaño, escandalizaba y los dejaba en las garras del lobo. 5. Con ocasión de esta centésima Asamblea del Episcopado bien podemos pedirle al Señor para cada uno de nosotros crecer y consolidarnos en nuestro servicio al pueblo de Dios con un corazón manso; y pedirla con esa fe capaz de arrancar la morera (cfr. Lc.17,1-6). Pedirle la mansedumbre que no agrede ni menosprecia a ninguno de los pequeños del Reino, la mansedumbre que, como hija de la caridad, es paciente, es servicial… no es envidiosa, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, sino que se regocija con la verdad; todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cfr. 1Cor.13:4-7). Pedirle la mansedumbre de María al pie de la Cruz; la de los ojos de Jesús cuando miraron a Pedro la noche del jueves (cfr. Lc.22:61) o cuando invitaron a Tomás, el incrédulo, a meter su mano cerca del Corazón (cfr. Ju.20:27). Allí, en ese Corazón está la fuente de la mansedumbre pastoral (cfr. Mt.11:29). Pilar, 8 de noviembre de 2010
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