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LITURGIA

Subsidio para el tiempo de Cuaresma

El sentido de la Cuaresma cristiana se puede resumir así: la Cuaresma nos introduce en la celebración, cada año más intensa, del Misterio Pascual de Cristo.

“Concedes a tus hijos anhelar, año tras año, la celebración de la Pascua, con alegría y conversión de corazón. Para que, dedicados con mayor entrega a la oración y al servicio de los hermanos, lleguemos a ser con mayor plenitud hijos tuyos con la celebración de los sacramentos que nos dan nueva vida.” (Prefacio I de Cuaresma)

El sentido de la Cuaresma cristiana se puede resumir así: la Cuaresma nos introduce en la celebración, cada año más intensa, del Misterio Pascual de Cristo.
Para Cristo, el Misterio Pascual es su PASO triunfal de la muerte a la Vida. El misterio total de la Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión. Es el PASO=PASCUA, el gran suceso de la historia, el acontecimiento salvador por excelencia. Acto vital, dinámico, del Dios poderoso, que nos salva de la muerte por la Muerte de su Hijo, y nos introduce en la vida por la Vida nueva de Cristo.
Para nosotros, el Misterio Pascual es la participación en la muerte, resurrección y ascensión de Cristo. Se trata de que también nosotros pasemos, que nos incorporemos al tránsito pascual de Cristo. Cada año más profundamente.
Este es el eje de toda la historia de la salvación: que lo que se ha cumplido en Cristo-Cabeza se cumpla en todos sus miembros. Cristo dio el gran Paso. Cumplió en Sí la Pascua. Ahora el Cristo total, la Iglesia, prolonga y perfecciona esta Pascua del Cristo físico a lo largo de la Historia, pasando continuamente de la muerte del pecado a la vida nueva y fecunda de la gracia, camino de la salvación total y definitiva.
Todo el Año Litúrgico tiene como finalidad esta asimilación del Misterio de Cristo. Pero con mayor intensidad la Cuaresma y la Pascua. Es un tiempo fuerte de noventa días.
La Cuaresma nos inicia en la Pascua, nos entrena en el paso de la muerte a la vida. El Triduo Pascual (Viernes, Sábado y Domingo de Resurrección) culmina la celebración del Tránsito del Señor (de la muerte y del sepulcro a la Vida) y del nuestro (del pecado, por el Bautismo, a la gracia); y el Tiempo Pascual prolonga la solemnidad a lo largo de cincuenta días –hasta "Pentecostés"- que se celebran como uno solo.
La Cuaresma no es, pues, un fin en si misma, sino que culmina y se perfecciona en la Pascua. El proceso pascual decisivo para cada cristiano se realiza en tres tiempos: morir al pecado y al mundo; morir al egoísmo, que ya es estrenar nueva existencia; celebrar con Cristo el nacimiento a la nueva vida para vivir con nueva energía y entusiasmo como niños recién nacidos. No se trata de "instruirnos" sobre la Pascua, sino de "iniciarnos" en su Misterio.

La Cuaresma comienza…

El tiempo de Cuaresma comienza el miércoles de Ceniza y concluye el Jueves Santo por la Tarde, antes de la Misa Vespertina de la Cena del Señor, con la que se inaugura el Triduo Pascual.
A la hora de dar sentido a este período como preparación a la Pascua, influyó decididamente el simbolismo bíblico del número cuarenta:

 Los episodios de los cuarenta días del Diluvio antes de la Alianza con Noé,
 Moisés y sus cuarenta días en el monte,
 el pueblo de Israel y sus cuarenta años por el desierto mientras se encaminaba hacia la tierra prometida, con todo lo que implicó de fatiga, lucha, hambre, sed y cansancio...pero al fin el pueblo elegido gozó de esa tierra maravillosa, que destilaba miel y frutos suculentos (Éxodo 16 y siguientes).
 Elías que caminó cuarenta días hasta el monte del encuentro con Dios,
 y sobre todo, los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de empezar su misión mesiánica. “La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto”.(Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 40)

Todos estos textos bíblicos tienen en común que hacen referencia a un espacio de tiempo que sirve de prueba, purificación y preparación de un acontecimiento importante y salvador.

La historia de la Cuaresma

Inicialmente los cristianos sólo tenían una fiesta: el domingo. Pero no porque aquel día fuera fiesta civil (que no lo era, ya que era un día como cualquier otro en la sociedad), sino porque ellos se reunían para celebrar la Eucaristía. Era la conmemoración –memorial- semanal de la pascua del Señor. No como un simple recuerdo, sino como algo actual que daba sentido y fuerza a su fe.
Pronto, las diversas comunidades cristianas coincidieron en el deseo de celebrar un día al año, con especial solemnidad, la Pascua, más o menos en los días de la muerte y resurrección de Jesús, y también coincidente con la pascua judía. La gran celebración anual de la Pascua, generó ese tiempo de preparación de la cuaresma.
La Cuaresma se organizó a partir del siglo IV. Parece ser que el germen original de este tiempo litúrgico fue el ayuno pascual de dos días, el Viernes y Sábado antes del Domingo de Resurrección, espacio que poco a poco se alargó a una semana, luego a tres, y según las diversas regiones, sobre todo en las de Oriente como Egipto, hasta las seis semanas o cuarenta días. En Roma ya estaba constituida la Cuaresma entre el año 350 y 380. La Cuaresma comenzaba originariamente en domingo. Pero un poco más tarde –siglos VI-VII- se acentuó como característica determinante el ayuno, y cómo los domingos no se ayunaba, se adelantó el inicio al miércoles anterior al primer domingo, el que luego se llamó de cenizas, para que a la Pascua le precedieran cuarenta días de ayuno efectivo.

LA CUARESMA, TIEMPO DE CONVERSIÓN

La Conversión: Es la respuesta… de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en Él por la acción del Espíritu, se decide a ser su amigo e ir tras de Él, cambiando su forma de pensar y de vivir, aceptando la cruz de Cristo, consciente de que morir al pecado es alcanzar la vida. (Documento de Aparecida 278 b)
La incorporación creciente al misterio de la Pascua de Cristo la expresa la liturgia cuaresmal en una palabra: conversión. La palabra griega "metánoia" significa "cambio de mentalidad". La latina "con-versio" viene a indicar lo mismo: "vuelta, cambio de dirección".
La conversión debe llegar al fondo. Este "convertirse", que es "morir con Cristo para resucitar con Él", debe entrar con decisión hasta lo más profundo de nuestro ser. Y reformar. Cortar. Cambiar.
Y nos dolerá. Como cuando el dentista nos toca el nervio enfermo. Si no le hacemos "daño" al hombre viejo en Cuaresma, es que no le hemos puesto el dedo en la llaga. A lo mejor nos hemos contentado con dar una limosna o abstenernos de unos caramelos o cigarrillos. Si no nos hemos abstenido del pecado y del egoísmo, no ha entrado la Cuaresma en la raíz de nuestra personalidad. Y tampoco entrará la Pascua. Si entendemos la "penitencia cuaresmal" como un pequeño ayuno, que no nos cuesta gran cosa, y no nos transforma interiormente, poco habremos conseguido de la Cuaresma.
Es adentro donde tiene que bajar la conversión, y no quedarse en la superficie. Celebrar la Cuaresma es mirarse sin ningún miedo al espejo de Cristo. Convertirse es mirar a Cristo y dejarse salvar por él. Es un tiempo privilegiado para que el discípulo mire al Divino Maestro. Comparar su modo de vida con el nuestro: ¿qué nos falta?, ¿qué nos sobra? Y emprender con decisión la reforma de vida.
Esta conversión se predicaba en un tiempo de modo especial para los catecúmenos, que en Cuaresma se preparaban a su bautismo, y para los penitentes públicos, que recorrían el camino de su reconciliación. Pero entonces y ahora se dirigía y se dirige con mayor fuerza a los ya bautizados. Porque aunque estamos ya incorporados a Cristo, nuestro hombre viejo nos crece cada año. Y de nuestro flamante vestido nuevo ("revestíos de Cristo") nos hemos ido despojando poco a poco por el camino. Por eso cada año somos convocados a un nuevo catecumenado y a una nueva reconciliación. Somos invitados insistentemente a un "paso", a una conversión siempre necesaria.
No tenemos que perder de vista lo siguiente: nosotros no hacemos una Cuaresma nuestra. No estamos solos en la subida a la Pascua. Cristo, que una vez y para siempre subió a la muerte para merecer la Vida, sigue con nosotros y en nosotros el mismo camino. Hoy, con una actualidad misteriosa pero realísima, se nos hace compañero de viaje, para realizar en nosotros su Cuaresma y su Pascua, la obediencia y el triunfo, la muerte y la vida.
Lo importante en Cuaresma es incorporarse a esa carrera del Cristo que muere y se levanta a una existencia nueva de Resucitado. Lo importante es realizar con la ayuda de Dios en lo más hondo de nuestra persona esta "conversión", paso pascual de las sombras en que siempre andamos metidos, a la plena luz.
Los medios exteriores de la "observancia cuaresmal" son útiles, tienen importancia. Pero siempre como expresión de la postura interior, del empeño personal, y sobre todo, como expresión de la acción interior de Dios, que obra con nosotros la gran renovación pascual.
En este sentido se llama la Cuaresma "sacramento": porque es
signo exterior de una realidad interior de conversión y de gracia de Dios que nos renueva para la Pascua.
Siguiendo las enseñanzas de nuestro Pastor Monseñor Andrés Stanovnik, podemos decir que este tiempo de conversión:
“puede ser útil para que las comunidades parroquiales, movimientos e instituciones acompañados de sus párrocos y asesores, identifiquen las periferias-lugares aún no evangelizados- más cercanas y se conviertan en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo, asegurando cálidos espacios de oración comunitaria, que alimente el fuego de un ardor incontenible hacia la misión (cf. DA 362).- Cf. Carta Pastoral, Monseñor Andrés Stanovnik20 de diciembre de 2008.

CARACTERÍSTICAS AMBIENTALES Y CELEBRATIVAS DE LA CUARESMA

Ya desde hace siglos, podemos mencionar las siguientes:
Desde el miércoles de cenizas hasta la vigilia pascual no cantamos el Aleluya, ( del hebreo hallelu-Yah”=alabad a Yahvé, alabad a Dios), incluídas las solemnidades y fiestas, porque ese canto es la expresión del gozo de la resurrección. Son cuarenta días de ayuno de esta “aclamación”, que en la noche de Pascua se vuelve a cantar solemnemente en el momento que se va a proclamar el evangelio más importante del año: el de la Resurrección de Cristo. Es conveniente que un laico efectúe la lectura de la sentencia (versículo antes del Evangelio que traen los Leccionarios) durante este tiempo cuaresmal. El Gloria tampoco se reza ni canta en todo ese tiempo, excepto en la solemnidad de San José (19 de marzo) y en la misa del Jueves Santo. Cómo la Cuaresma es un tiempo que nos permite estar atentos a la Palabra, reflexionar sobre nuestra vida y dar pasos de conversión, los cantos de la eucaristía deberían favorecer la atmósfera de recogimiento y conversión personal y comunitaria que caracterizan este tiempo litúrgico.
La austeridad en la ornamentación: queda prohibido adornar con flores el altar, y se permiten los instrumentos musicales sólo para sostener el canto, cómo corresponde al carácter penitencial de este tiempo. En el cuarto domingo de cuaresma –laetare-, así como en las solemnidades y fiestas, se permiten los instrumentos musicales y el adorno del altar con flores.
El color morado de los vestidos del sacerdote (menos en el domingo cuarto, Laetare, en que puede usarse el color rosa): el morado es un color que apunta a la discreción, a la penitencia y a veces al dolor.
Los escrutinios catecumenales: El Ritual de la iniciación de adultos pone el rito de elección para la última etapa catecumenal en el primer domingo de Cuaresma, y a partir de ahí varias reuniones de escrutinios.
El ejercicio del Vía Crucis: el vía crucis es una forma de devoción o religiosidad popular que tuvo su origen hacia el siglo XIV, sobre todo por obra de los franciscanos. En su origen, era una imitación de las peregrinaciones a Jerusalén, y se realizaba idealmente en colinas o montículos, imitando la subida de Jesús al Calvario. Más adelante se organizaron las diversas estaciones, hasta llegar a las catorce que se han hecho clásicas. En el siglo XVIII se empezaron a poner dentro de las Iglesias las catorce cruces o figuras, y haciendo el ejercicio piadoso de modo que el ministro camine y los fieles puedan seguir el camino de la cruz al menos volviéndose a la estación contemplada. Es una devoción que tuvo y sigue teniendo sentido espiritual y pastoral. La representación dinámica del camino de Cristo a la cruz resulta popular y a veces con un lenguaje más accesible en sus contenidos para la comunidad que el litúrgico.
La celebración de celebraciones penitenciales, del sacramento de la Reconciliación como preparación inmediata a la Pascua: celebrar la reconciliación, la penitencia manifiesta públicamente nuestra voluntad de rehacer nuestro camino cristiano y sobre todo, hace realidad el perdón que Dios nos ofrece, el perdón de la Pascua de Jesucristo.
La imposición de cenizas: al comenzar los cuarenta días de preparación a la Pascua, la Iglesia nos impone la ceniza sobre la cabeza y nos invita a la penitencia. La ceniza, del latín "cinis", es producto de la combustión de algo por el fuego. Muy fácilmente adquirió un sentido simbólico de muerte, caducidad, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia. En Jonás 3,6 sirve, por ejemplo, para describir la conversión de los habitantes de Nínive. Muchas veces se une al "polvo" de la tierra: "en verdad soy polvo y ceniza", dice Abraham en Génesis 18,27. El Miércoles de Ceniza, el anterior al primer domingo de Cuaresma, realizamos el gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente (fruto de la cremación de las palmas-ramos de olivo y otros árboles bendecidos el año pasado en la celebración del Domingo de Ramos-: ello nos recuerda que aquello que fue signo de Gloria pronto se reduce a nada, hace presente que algún día vamos a morir y nuestro cuerpo se va a convertir en polvo, y que al final de nuestras vidas sólo nos llevaremos lo que hayamos hecho por Dios y nuestros hermanos). Se hace como respuesta a la Palabra de Dios que nos invita a la conversión, como inicio y puerta del ayuno cuaresmal y de la marcha de preparación a la Pascua. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.
Mientras el ministro impone la ceniza dice estas dos expresiones, alternativamente: "Arrepiéntete y cree en el Evangelio" (Cf Marcos 1,15) y "Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver" (Cf Génesis 3,19): un signo y unas palabras que expresan muy bien nuestra caducidad, nuestra conversión y aceptación del Evangelio, o sea, la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicarnos en la Pascua.
La bendición e imposición de cenizas puede hacerse también sin misa: debe preceder la celebración de la Palabra (para ello se toma la Misa del día, el canto de entrada, la oración colecta y las lecturas), después de la homilía se bendice e impone las cenizas; la celebración se termina con la Oración Universal o de los fieles. Ante esta posibilidad litúrgica, en el interior de la Arquidiócesis, las cenizas pueden ser bendecidas e impuestas en una celebración de la Palabra por Diáconos. Los Ministros Extraordinarios de la Comunión pueden imponer dentro de una Celebración de la Palabra las cenizas que fueron bendecidas por un ministro sagrado (sacerdote o diácono).

LOS MEDIOS QUE LA CUARESMA NOS OFRECE
 EL PAN DE LA PALABRA:
“Encontramos a Jesús en la Sagrada Escritura, leída en la Iglesia. La Sagrada Escritura, “Palabra de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo”, es -con la Tradición- fuente de vida para la Iglesia y alma de su acción evangelizadora. Desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y renunciar a anunciarlo… la Palabra de Dios es don del Padre para el encuentro con Jesucristo vivo, camino de “auténtica conversión y de renovada comunión y solidaridad” ”. (Cf. Documento de Aparecida 247-248)
¿Cuáles son estos medios que la Cuaresma nos ofrece? Ante todo, y para subrayar que la iniciativa parte siempre de Dios, la Palabra divina.
La Iglesia se hace catecúmena. Nos sentamos de nuevo en la escuela de la Palabra, para aprender. Para entrar más a fondo en el conocimiento de los planes de Dios y su misterio de salvación. Para conocer mejor el dinamismo del Cristo que nos redime en un nuevo Éxodo Pascual. La verdadera imagen de la Iglesia en Cuaresma no es solamente la de un Pueblo que ayuna y llora, vestido de saco y cilicio, sino sobre todo la de una comunidad que se recoge en escucha orante de la Palabra de su Señor. En las lecturas del tiempo cuaresmal se encuentra una pedagogía estupenda que prepara gradualmente a la Pascua.
Lectura horizontal:
Domingo 1º: el Diluvio y la Alianza con Noé (Génesis 9,8-15). El diluvio, figura del Bautismo (1 Pedro 3,18-22). Jesús tentado y vencedor (Marcos 1,12-15)
Domingo 2º: sacrificio de Isaac y alianza con Abrahán (Génesis 22,1-29ª.15-18). Dios ha sacrificado al Hijo (Romanos 8,31b-34). Jesús transfigurado: el Hijo amado sobre el cual vela el Padre.
Domingo 3º: Ley y lianza con Moisés (Éxodo 20,1-17). Cristo Crucificado, fuerza y sabiduría de Dios para todos (1 Corintios 1, 22-25). Jesús, templo de Dios que anuncia su misterio de Pasión y Resurrección (Juan 2,13-25).
Domingo 4º: Dios no traiciona la Alianza y libera a los prisioneros (2 Crónica 36,14-23). Muertos por el pecados pero resucitados por la gracia (Efesios 2,4-11) El amor de Dios manifestado en Cristo que no juzga, sino que salva (Juan 3, 14-21)
Domingo 5º: promesa de la Nueva Alianza (Jeremías 31,31-34). La oración y la obediencia del Hijo, causa de salvación (Hebreos 5,7-9). El grano de trigo que muere y produce mucho fruto (Juan 12,20-33)
Lectura litúrgica y catequética: El contenido de las lecturas dominicales del ciclo B- que corresponde al presente año-, es esencialmente cristológico y pascual, centrado en la glorificación de Cristo.
En las lecturas progresivas del Antiguo Testamento se va realizando el designio de la historia de salvación como una historia de progresivas alianzas que culminan en la promesa de la nueva alianza que se realiza en Cristo y en el don inefable de su Espíritu. Tras la alianza de la creación, se presentan las sucesivas alianzas históricas con Noé después del diluvio, con Abrahán en la perspectiva de su obediencia en el sacrificio de su hijo; con Moisés en el don de la ley. La transgresión de la Alianza de parte del pueblo merece el exilio, pero Dios permanece fiel y lo libera, haciéndolo retornar a Jerusalén. Finalmente se anuncia en el profeta Jeremías la nueva alianza como perdón de los pecados y el don del Espíritu.
Los textos del Apóstol hacen referencia a estos temas en su continuidad o contraste. Así, el domingo primero se acentúa la tipología bautismal del diluvio, mientras en el segundo se hace presente el contraste entre Isaac que no es sacrificado y el Hijo que el Padre nos ofrece en sacrificio. En el tercero, Pablo propone la imagen de Cristo Crucificado, fuerza y sabiduría de los creyentes frente a los judíos que piden milagros y a los griegos que reclaman sabiduría. En el cuarto se anuncia el misterio de la cruz que salva del pecado y nos da la gracia. El quinto, en conexión con el tema de la oración de Cristo en el evangelio de Juan, el autor de la Carta a los Hebreos nos recuerda la oración y la obediencia del Hijo.
Como en los otros ciclos, el tema de las tentaciones en el desierto y la transfiguración en la montaña, marca la catequesis de los dos primeros domingos, con las características narrativas del evangelista Marcos. Jesús en el desierto, empujado por el Espíritu, tentado por Satanás, vence y proclama la conversión y la acogida del evangelio al principio de su predicación. Jesús transfigurado, resplandeciente de luz, promete la resurrección futura. En los otros tres domingos podemos descubrir con el evangelista Juan una progresiva proclamación litúrgica de la glorificación de Cristo, el Hijo amado del Padre. Jesús camina conscientemente hacia el desenlace final de su hora.
El domingo tercero presenta el episodio de Jesús en Jerusalén, en los días de Pascua. Promete una señal que se refiere a sí mismo como templo verdadero y definitivo que tiene que ser destruido en la Pasión y que será reedificado por el Padre y el Espíritu en la Gloria de la Resurrección.
El cuarto domingo presenta el anuncio del Hijo que desciende del seno del Padre y de la exaltación gloriosa de Jesús, con un simbolismo del AT, el de la serpiente de broce levantada por Moisés en el desierto como signo y causa de salvación (Cf. Números 21,4-9). El Crucificado exaltado será fuente de vida para quien cree en él, juicio de salvación o de condena según la actitud que se tenga ante su Persona. Es luz para los que quieren ver.
El quinto domingo propone un texto de Juan que tiene múltiples referencias a la exaltación de la Pasión y de la gloria. Estamos de nuevo ante la proximidad de la Pascua y los griegos quieren ver a Jesús. El habla de la hora de la glorificación que ilustra a partir del símbolo del grano de trigo que se rompe en la tierra para dar la vida a la espiga nueva. Es la lógica pascual de la muerte para la resurrección. Cristo ese el grano de trigo que muere, la Iglesia la espiga que da frutos.

 ORACIÓN, AYUNO, LIMOSNA
Con frecuencia se dice que lo característico de estas semanas son la limosna, la oración y el ayuno, practicados según nos enseñó Jesús (Mateo 6,1-6.16-18). Y es verdad, pero no es la verdad más honda. Porque estas tres prácticas cuaresmales están en el nivel de los medios, y en la vida cristiana lo más importante no son los medios, sino los fines. Los medios deben ser caminos hacia los fines. Por ello la oración colecta del primer domingo de Cuaresma nos señala el fin, el proyecto y desafío básico de estas semanas: avanzar. ¿Avanzar en qué? En nuestra condición de discípulos anunciadores de Jesucristo, estamos llamados a avanzar en el conocimiento vivencial de nuestro hermano y Señor Jesús, avanzar en nuestro modo de vivir el evangelio de cada día, sobre todo en nuestra relación con los demás. Así, priorizando los fines, hallaremos el sentido de los medios.
Centrándonos ahora en los medios mencionados, podemos decir:
La oración, el ayuno y la limosna constituyen una única y sola cosa. El ayuno es el alma de la oración, y la limosna –caridad- es la vida del ayuno. Las tres dimensiones constituyen, por así decirlo, la vuelta a la completa reconciliación, la restauración que el pecado ha roto. La oración nos devuelve la comunión con Dios; la limosna y la caridad nos reconcilian con los hermanos; el ayuno, en cuanto domino de sí, lucha contra las pasiones y, por la adquisición de la libertad espiritual, nos reconcilia con nosotros mismos. El ayuno tiene una dimensión interna y externa, individual y social. Por eso favorece la fraternidad y se convierte en ayuno que abre el corazón a la comunicación de los bienes.
La Limosna: “Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404)”.(Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2008)
La limosna supone compasión y misericordia; inicialmente indicaba la actitud del hombre misericordioso y, luego, todas las obras de caridad hacia los necesitados. Cuando el Señor Jesús habla de limosna, cuando pide practicarla, lo hace siempre en el sentido de ayudar a quien tiene necesidad de ello, de compartir los propios bienes con los necesitados como expresión de amor al prójimo y como acto salvífico.
La limosna es dar de lo nuestro a quien lo necesite. La limosna es esa disponibilidad a compartir todo, la prontitud a darse a sí mismos. Significa la actitud de apertura y la caridad hacia el otro. Recordemos aquí a san Pablo: “Si repartiese toda mi hacienda...no teniendo caridad, nada me aprovecha” (1 Corintios 13, 3). También san Agustín es muy elocuente cuando escribe: “Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aún cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna”. Nuestra limosna puede ser material, dar bienes (a través de Caritas, de organizaciones de ayuda a necesitados,…); dar tiempo (visitar enfermos, visitar ancianos o personas que viven en soledad, trabajar en servicios de voluntariado, de acción social o eclesial). Y también, tenemos que preguntarnos si no deberíamos actuar solidariamente, dando nuestro talento o carisma en alguna tarea que ayude a construir una sociedad mejor, más justa y fraterna (en una ONG, en actividades políticas, sindicales, vecinales, etc).
“Para configurarse verdaderamente con el Maestro es necesario asumir la centralidad del Mandamiento del amor, que Él quiso llamar suyo y nuevo: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 15, 12). Este amor, con la medida de Jesús, de total don de sí, además de ser el distintivo de cada cristiano no puede dejar de ser la característica de su Iglesia, comunidad discípula de Cristo, cuyo testimonio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio, “reconocerán todos que son discípulos míos” (Jn 13, 35)”. (Documento de Aparecida 138), “… Jesús está presente en medio de una comunidad viva en la fe y en el amor fraterno… También lo encontramos de un modo especial en los pobres, afligidos y enfermos (cf. Mt 25, 37-40), que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo”. (Documento de Aparecida 256.257)
La oración: Si la limosna era apertura al otro, la oración es apertura a Dios. Sin oración, tanto el ayuno como la limosna no se sostendrían; caerían por su propio peso. En la oración, Dios va cambiando nuestro corazón, lo hace más limpio, más comprensivo, más generoso...en una palabra, va transformando nuestras actitudes negativas y creando en nosotros un corazón nuevo y lleno de caridad. La oración es generadora de amor. La oración me induce a conversión interior. La oración es vigorosa promotora de la acción, es decir, me lleva a hacer obras buenas por Dios y por el prójimo. En la oración recobramos la fuerza para salir victoriosos de las asechanzas y tentaciones del mundo y del demonio.
Cuaresma es tiempo fuerte de oración, es un momento para vivir con más intensidad personal y comunitaria (pensemos en la oración comunitaria de la liturgia de las horas, las celebraciones penitenciales que caracterizan a varias comunidades en este tiempo, las celebraciones eucarísticas,…) la relación con Dios. Estamos llamados a buscar momentos cotidianos y también algún día de retiro, que nos permita abrir las puertas al silencio, a la revisión, a la escucha de lo que Dios nos dice y pide. Y siempre no limitándonos a lo que nos sale de dentro, sino estando muy atentos a la Palabra de Dios, siguiendo la pauta que trazan las lecturas bíblicas de este tiempo.
La Iglesia en oración. Sobre todo en Cuaresma. Para que no nos creamos que con el ayuno y la limosna propios de este tiempo, seamos nosotros los que merecemos la nueva vida. La Iglesia, consciente de que la Pascua es obra de Dios, se pone en actitud de oración, pidiendo la salvación pascual para la comunidad entera y para cada uno de sus miembros. Toda la comunidad se reconoce pecadora y se hace penitente, implorando de Dios el perdón y los dones de su gracia para la conversión. Oración personal y oración litúrgica, colectiva. En unión de toda la Iglesia. O de la comunidad a la que pertenecemos.
La Cuaresma es un tiempo litúrgico privilegiado para encontrar a Jesucristo en la oración personal y comunitaria.
“La oración personal y comunitaria es el lugar donde el discípulo, alimentado por la Palabra y la Eucaristía, cultiva una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre. La oración diaria es un signo del primado de la gracia en el itinerario del discípulo misionero. Por eso “es necesario aprender a orar, volviendo siempre de nuevo a aprender este arte de los labios del Maestro”. (Documento de Aparecida 255).
El ayuno: “…En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). )”. (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2009)
A veces se deja de comer por motivos de salud, régimen alimenticio o necesidad, y entonces no tiene una dimensión simbólica, a no ser que uno lo haga para llamar la atención de la sociedad hacia algún ideal o decisión- por ejemplo, una huelga de hambre-. El ayuno que realiza un hombre creyente hace referencia a la privación voluntaria de comida durante algún tiempo por motivos religiosos, como acto de culto a Dios. El ayuno, junto con la oración y la caridad ha sido desde muy antiguo una práctica cuaresmal como signo de conversión interior a los valores fundamentales del evangelio de Cristo y la relativización de otros valores no tan céntricos. El ayuno cuaresmal tiene un contexto mucho más radical que la simple abstinencia de alimento. Es el ayuno del hombre viejo. El ayuno del pecado. La renuncia a los propios caminos para abrazar los de Cristo.
Conforme al mensaje de S.S. Benedicto XVI para esta Cuaresma de 2009, podemos mencionar los siguientes beneficios de la práctica del ayuno y de la abstinencia:
 “…puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40”).
 “La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecentar su intimidad con el Señor. Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su Palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios”.
 “…el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos” (al experimentar el hambre, nos ayuda a tomar conciencia de lo que padecen muchos hermanos y hermanas).
 “…Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño”.
Debemos diferenciar el ayuno de la abstinencia. La abstinencia consiste en no comer carne. Actualmente nos abstenemos de carne todos los viernes de cuaresma que no coincidan con alguna solemnidad. La abstinencia obliga a partir de los catorce años. El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día. Son días de abstinencia y además de ayuno (una sola comida al día) el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. El ayuno obliga desde los dieciocho hasta los cincuenta y nueve años de edad.
"Foméntese la práctica penitencial de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos países y condiciones de los fieles" (Sacrosantum Concilium 110). El ayuno y la abstinencia se pueden cambiar por otro sacrificio, dependiendo de lo que dicten las Conferencias Episcopales de cada país, pues ellas son las que tienen autoridad para determinar las diversas formas de penitencia cristiana. Se puede, pues, adaptar el "ayuno", pero valorando siempre más esta base radical de renuncia a lo que no es Cristo en nosotros para convertirnos a Dios.
Por ese motivo, el ayuno y la abstinencia no es sólo de comida y bebida, sino que comprende también nuestros egoísmos, vanidades, orgullos, odios, perezas, murmuraciones, deseos malos, venganzas, impurezas, iras, envidias, rencores, injusticias, insensibilidad ante las miserias del prójimo. Ayuno y abstinencia, incluso, de cosas buenas y legítimas para reparar nuestros pecados y ofrecerle a Dios un pequeño sacrificio y un acto de amor; por ejemplo, ayuno de televisión, de diversiones, de cine, de bailes durante este tiempo de cuaresma. Ayuno y abstinencia, también, de muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los sentidos; ayuno aquí significará renunciar a todo lo que alimenta nuestra tendencia a la curiosidad, a la sensualidad, a la disipación de los sentidos, a la superficialidad de vida. Este tipo de ayuno es más meritorio a los ojos de Dios y nos requerirá mucho más esfuerzo, más dominio de nosotros mismos, más amor y voluntad de nuestra parte.
El que no quiere renunciar a nada, el que se concede a si mismo todo en la comida, en la diversión, en el placer, es señal de que no se ha puesto en clima de conversión pascual. El privarse de algo es signo de nuestra vuelta a lo esencial en la vida: Dios y sus caminos. Lo demás es todo relativo. El ayuno subraya esta relatividad de las criaturas, mientras rinde homenaje a Dios.
Miremos mucho a Cristo en esta Cuaresma. Antes de comenzar su misión salvadora se retira al desierto cuarenta días y cuarenta noches. Allí vivió su propia Cuaresma, orando a su Padre, ayunando...y después, salió por nuestro mundo repartiendo su amor, su compasión, su ternura, su perdón. Que su ejemplo nos estimule y nos lleve a imitarle en esta cuaresma. Consigna: oración, ayuno y limosna.

 LA EUCARISTÍA, EL PAN PARA EL CAMINO
La oración, sobre todo, de la Eucaristía, donde en torno al nuevo Cordero Pascual, Cristo, e identificados con El, dirigimos al Padre nuestro sacrificio de acción de gracias para nuestra salvación pascual y participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo. Aquí está el centro de nuestra jornada cuaresmal:"concédenos avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en plenitud" (domingo 1º)
La Eucaristía es la fuente de nuestra reforma y el motor de nuestra inserción en el misterio pascual. La Eucaristía acelera en nosotros el proceso de la resurrección a la vida de Cristo: "purifícanos por la acción de este sacrificio" (domingo 5º).
La Eucaristía concentra y actualiza la Entrega (el Paso) de Cristo al Padre en su sacrificio pascual. Participar en ella es participar de la Pascua del Señor.

MATERIAL CONSULTADO
ALDAZÁBAL, José. La Cuaresma, mistagogía de la Pascua. 3ª ed. DOSSIERS CPL 57. Centro de Pastoral Litúrgica. Barcelona. 1997.
ALDAZÁBAL, José. Gestos y Símbolos. 6a ed. DOSSIERS CPL 40. Centro de Pastoral Litúrgica. Barcelona. 2000
ALDAZÁBAL, José. Vocabulario Básico de Liturgia. Centro de Pastoral Litúrgica. Barcelona. 1994
BENEDICTO XVI. Mensaje de Cuaresma 2008. http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20071030_lent-2008_sp.html
BENEDICTO XVI. Mensaje de Cuaresma 2009. http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20081211_lent-2009_sp.html
CASTELLANO, Jesús. El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia. Biblioteca Litúrgica 1. Centro de Pastoral Litúrgica. Barcelona. 1996
CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA. V Conferencia General del Episcopado latinoamericano y del Caribe. Documento Conclusivo de Aparecida. Oficina del Libro. Buenos Aires
GOMIS, Joquím. Descubrir la Cuaresma. Liturgia Básica 4. Centro de Pastoral Litúrgica. Barcelona. 2002

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