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MENSAJE DE MONSEÑOR DOMINGO CASTAGNA
Es más sabio un niño absorto y orando ante una versión rudimentaria del Pesebre original que los promotores de una fabula tardía que intenta reemplazarlo
Cuando la fe se apaga, los grandes acontecimientos religiosos se vuelven extraños e incomprensibles. Quienes tenemos muchos años, hemos presenciado el deterioro y vaciamiento progresivo de la Navidad. Muchos de quienes la “celebran”, al estímulo de una tradición meramente folclórica, ignoran su verdadero sentido y no pueden explicar sus orígenes. En tiempos de un implacable enjuiciamiento a las tradiciones cristianas se encuentran muchos bautizados desprovistos de los contenidos necesarios de la fe que dicen profesar. Es lo que se observa en la Europa moderna - que insiste en negar sus raíces cristianas – y que se extiende, como una moda ideológicamente perniciosa, en nuestros países latinoamericanos. Ya no es la incongruente indiferencia de numerosos dirigentes políticos y sociales, sino el ataque de la incredulidad ilustrada contra la fe simple del pueblo.
La Iglesia, garante de la fe, es desafiada a cambiar su metodología evangelizadora hasta adecuarla a las exigencias de hombres y mujeres creyentes que se niegan a caer en la trampa moderna de la apostasía. Lamentablemente el estilo comunicacional de muchos medios exhibe una jerarquización de las noticias que privilegia el escándalo, y su prolongada exposición, frente a los grandes y numerosos testimonios de santidad de auténticos creyentes. Para restablecer la salud, a Dios gracias no definitivamente perdida, es preciso volver a los orígenes. Para ello se requiere una honestidad a toda prueba, en base a la humildad. Los niños mantienen esa disposición; se equiparan a ellos los pobres y humildes o “los pequeños”, debidamente identificados por Jesús: “Te doy gracias Padre porque estas cosas las has revelado a los pequeños…” Mientras se intenta eliminar los signos originales, hasta reducir la Natividad de Jesús a una mera fiesta familiar, reaparece la enseñanza del Maestro: únicamente los “humildes” podrán recuperar el sentido de la celebración tradicional. Y con el sentido, el hecho real de la Encarnación del Hijo de Dios.
Es más sabio un niño absorto y orando ante una versión rudimentaria del Pesebre original que los promotores de una fabula tardía que intenta reemplazarlo. En el niño está el alma de la gente pobre, poseedora del Reino, que no entiende por qué se empeñan en borrar la verdad del nacimiento del Niño Dios. La Iglesia tendrá que retomar las armas de la evangelización y salir al encuentro del relativismo agnóstico que pretende armar un mundo sin infancia inocente, ateizada desde la cuna y educada al margen de valores cristianos, con la complicidad de espectáculos infantiles que causan un verdadero vacío del sentido religioso de la vida. En esta simple consideración hubiera preferido eludir el actual estado de la celebración navideña. No es posible. Nos queda como único recurso volvernos a la Palabra inalterable que escuchamos y celebramos en nuestros templos. Este mundo, que es nuestro y nos duele en el alma, necesita un llamado de alerta, con poder suficiente para causar un saludable cambio de rumbo. No se logrará depositando la confianza absoluta en el poder de la técnica y de la ciencia sino en la gracia de Cristo.
El Papa Benedicto XVI, con la clarividencia intelectual y espiritual que lo distingue acaba de decirnos: “Al alba del tercer milenio, no sólo hay todavía muchos pueblos que no han conocido la Buena Nueva, sino también muchos cristianos necesitados de que se les vuelva a anunciar persuasivamente la Palabra de Dios, de manera que puedan experimentar concretamente la fuerza del Evangelio. Tantos hermanos están bautizados, pero no suficientemente evangelizados”. (Verbum Domini Nº 96) El espacio festivo que perdura, a veces como un cascarón vacío, nos ofrece la oportunidad de retomar el curso de la evangelización apostólica. Gracias al Cielo, en Argentina 2010, aún no está prohibido hablar de la Navidad. Es el momento de confiar en el poder del auténtico acontecimiento. Basta recordarlo en silencio y volver a la actitud sabia de quienes no se avergüenzan de orar ante el Divino Niño, junto a su Madre y a José. En estos términos deseo a todos una ¡MUY FELIZ NAVIDAD!
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