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DOMINGO 17: Con el Domingo de Ramos comenzamos a vivir la Semana Santa
El sexto domingo de Cuaresma recibe el nombre especial de Domingo de Ramos o de Pasión, y constituye el pórtico solemne de la Semana Santa, que culminará en la celebración del Triduo Pascual. En su estructura litúrgica, encontramos una a modo de anticipación de lo que celebraremos en el referido Triduo.
Efectivamente, la celebración del misterio pascual contiene los dos aspectos de muerte y vida, fracaso y triunfo. De la misma manera, los ritos del Domingo de Ramos se estructuran alrededor de dos ejes: la procesión aclamatoria en honor de Cristo y la lectura solemne de su Pasión en la misa. Estos dos aspectos no son contemplados independientemente uno de otro, sino íntimamente entrelazados: en el cortejo triunfal aclamamos a Cristo redentor, que se dispone a iniciar el camino que le conducirá a la cruz, y la lectura de la Pasión se inserta en la celebración de la Eucaristía, memorial de la resurrección del Señor. Daremos unas breves indicaciones para hacer resaltar ambos aspectos, tanto en el modo de organizar los ritos como en la predicación (que forzosamente hoy tiene que ser muy breve).
Bendición
La bendición de los ramos continúa siendo para mucha gente el elemento más típico de este domingo, que algunos llaman el "Día de la Palma". Conviene hacer un esfuerzo pedagógico para hacer comprender que la verdadera importancia recae en los gestos comunitarios de aclamación en honor de Cristo Rey, más que en el hecho de la bendición y, menos aún, en los ramos, palmas o palmones en sí mismos.
Sea cual sea la forma que se escoja (procesión, entrada solemne, entrada sencilla), de acuerdo con las posibilidades del lugar de celebración, hay que hacer vivir la actitud de homenaje a Cristo Rey, que se dispone a entrar de una manera decidida y voluntaria en el camino que le llevará, primero, al sufrimiento y a la muerte, y, después, al triunfo y a la vida.
Para conseguir esta finalidad, no hace falta necesariamente atacar con dureza ciertas prácticas que, en estricta pureza litúrgica, deberían considerarse espúreas (como la ornamentación extravagante de palmas y palmones, agitarlos con excesiva vehemencia, golpearlos contra el suelo hasta dejar el extremo inferior convertido en "escoba", etc.). Más bien, se tendría que hallar la manera de reconducir todas estas prácticas a fin de que puedan convertirse en signos alegres de la aclamación popular a Cristo. Personalmente, no me parece mal que, como un elemento más de la aclamación, se invite al pueblo a dirigir un fuerte aplauso a la cruz de Cristo, a modo de rúbrica final de todo el rito conmemorativo de la entrada de Jesús en Jerusalén: así es como acostumbramos a homenajear a los victoriosos .
Domingo de Pasión
La lectura solemne de la Pasión de Cristo -precedida por las otras dos lecturas y el salmo responsorial (que sólo se tendrían que suprimir en casos muy excepcionales)- constituye el otro polo de la celebración de este domingo.
La homilía debe ser muy breve, a fin de inculcar al pueblo que el relato de la Pasión es suficiente por sí mismo para hacernos sintonizar con la actitud profunda de Jesús ante el sufrimiento y la muerte.
Todos los relatos evangélicos de la Pasión -y de manera especial el que leemos este año, de san Marcos- sobrecogen por su sobriedad, sinceridad y emoción contenida. De hecho, constituyen el punto álgido del Evangelio: algunos exegetas dicen que cada uno de los evangelios no es más que un relato de la Pasión precedido de una introducción, más o menos larga. Estos relatos, sin embargo, no son una mera crónica de los hechos ocurridos: forman parte de la Buena Nueva del Evangelio, aunque se distingan -en estilo y contenido- del anuncio pascual propiamente dicho. Como dice Bernardo Sesboué (Les récits du salut, París 1991, p. 187), "hablando con propiedad, la resurrección no es objeto de un relato, sino de un anuncio. Eso no introduce ninguna exterioridad entre las dos caras del acontecimiento pascual. Al contrario, se da una interpenetración entre el relato de la pasión del Resucitado y el anuncio de la resurrección del Crucificado. Efectivamente, la pasión es narrada por unos testigos que creen en la resurrección y que justifican el anuncio que hacen de ella mediante el relato de los sufrimientos de Jesús. Únicamente los testigos de la pasión pueden convertirse en los apóstoles del mensaje de la resurrección". (Joan Llopis, Misa Dominical 1994, 5)
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