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Especial referencia a las catástrofes naturales en ceremonia de la Pasión
El Predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, aseguró hoy durante la Pasión del Señor que los terremotos, huracanes y otros desastres naturales no son un castigo de Dios, pero sí una advertencia: que no basta la ciencia y la técnica para salvarnos.
"Decir que los desastres naturales, que golpean a culpables e inocentes, son un castigo de Dios significa ofender a Dios y a los hombres. Son una advertencia, en este caso para que no nos ilusionemos pensando que basta la ciencia y la técnica para salvarnos. Si no sabemos imponernos límites pueden convertirse, como lo estamos viendo, en las amenazas más graves de todas", afirmó.
Con esas palabras, Catalamessa, según observadores vaticanos, respondió a católicos intransigentes, que consideran un castigo de Dios el terremoto y posterior tsunami que han golpeado a Japón, a cuyos damnificados destinó Benedicto XVI el dinero recogido ayer en la colecta del Jueves Santo en la ceremonia que presidió en la basílica de San Juan de Letrán.
Ante el papa y miles de personas que asistieron hoy en la basílica de San Pedro a los ritos del Viernes Santo, Cantalamessa denunció asimismo la persecución de los cristianos en el mundo actual y afirmó que la resurrección es lo que da sentido a la vida, ya que si acabase aquí millones de seres humanos se desesperarían ante las injusticias sociales.
"Si la vida acabase en este mundo, habría que desesperarse de verdad, ante el hecho de que millones, tal vez miles de millones de seres humanos parten con desventaja, afectados por la pobreza y el subdesarrollo desde el punto de partida, mientras algunos, pocos, se conceden todos los lujos y no saben cómo gastar las sumas desproporcionadas que ganan", dijo el fraile capuchino.
Agregó que la muerte "no solo cancela las diferencias, sino que les da la vuelta" y señaló que el principio "vive y deja vivir jamás debe transformarse en vive y deja morir".
El fraile, que tituló la homilía "El dolor humano tiene respuesta", dijo que la resurrección testimonia la verdad de Cristo y que la injusticia, el mal como realidad, no puede ser ignorado, "sino que debe ser vencido, derrotado".
Cantalamessa manifestó que Cristo murió por todos y dijo que tras el testimonio de Jesús está el de los mártires y denunció que el mundo cristiano ha vuelto "a ser visitado por la prueba del martirio que se creía acabada con la caída de los regímenes comunistas ateos".
"No podemos pasar en silencio el testimonio (de los mártires).
Hoy, Viernes Santo de 2011, en un gran país de Asia, los cristianos han rezado y marchado en silencio por las calles de algunas ciudades para conjurar la amenaza que pesa sobre ellos", subrayó el fraile en referencia a Pakistán, donde los cristianos sufren persecución.
Cantalamessa agregó que el mundo se inclina ante los testimonios modernos de la fe y prueba de ello es el éxito de la película "De dioses y hombres" (Of gods and men), que narra la matanza de siete monjes cistercienses en Tibhirine (Argelia) en 1996.
El Predicador del Papa expresó asimismo su admiración por el católico Shahbaz Bhatti, el ministro paquistaní para las Minorías asesinado el pasado mes de marzo por oponerse a la ley sobre la blasfemia y defender a Asia Bibi, la paquistaní condenada muerte por esa ley.
El capuchino señaló que el silencio de las víctimas no justifica la culpable indiferencia del mundo ante la suerte de éstas y señaló que el efecto positivo que tiene la globalización es que el dolor de un pueblo se convierte en el dolor de todos, suscita la solidaridad de todos.
El religioso se refirió al amor de Dios y se preguntó cómo se puede hablar de ese amor mientras suceden ante nuestros ojos tantas tragedias humanas, como el reciente terremoto en Japón y las tragedias ocurridas en el mar las últimas semanas (en referencia a los naufragios de inmigrantes que pretendían llegar a las costas italianas desde el norte de África).
Según el capuchino, no hablar de ese amor sería traicionar la fe e ignorar el sentido del misterio de la resurrección.
La Liturgia del Viernes Santo es la única del año en la que no hay consagración, pero sí comunión. Durante la misma se leyeron todos los pasos del Evangelio.
Una cruz cubierta con una tela roja, colocada en el altar mayor de la Basílica de San Pedro, presidió la solemne ceremonia, durante la que Benedicto XVI, descalzo, oró durante varios minutos de rodillas ante la Cruz.
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